
La discusión surgió en un ambiente bastante particular: tres o cuatro de nosotros parados al lado del asador; la carne cocinándose; el ruido de la grasa al hacer contacto con las brasas (uff, por Dios, eso es impagable. Tanto lo es que me retracto: no es ruido, es sonido, es música de asado); la luna alumbrando las siluetas; el vino tinto (algunos con hielo y soda, otros así como viene); algo de humo extra al del asado; la noche ni muy fría ni muy cálida. Y a mí se me viene por tirar una de esas máximas, que en esos momentos uno las siente como impecables, importantes, con una carga emotiva inigualable:
- ¿Vieron que es como una gran cosa abrir la heladera en casa ajena? Es todo un tabú. Uno se acerca, abre la puerta, y el momento se suspende, se “congela” (esto lo acabo de agregar ahora…, y si, está malísimo). No tendría que ser la gran cosa, ¿no les parece?
Y la charla, que empezó en buenos términos, fue cambiando su tono. Los fundamentalistas del “respeto”, “los códigos”, y no sé cuántas cosas más no podían (no querían) entender que para mí no significara gran cosa abrir la heladera en casa ajena. *
Cuando la discusión avanzaba yo pensaba “esto es tema de blog”.
Yo tiraba los siguientes argumentos: una vez que uno cruza un nivel de confianza, no tendría por qué haber problema en abrir la heladera. Ese era mi argumento principal, el de la confianza. Si alguien en mi casa quiere algo para tomar o para comer, no tiene que pedirme permiso para abrir la heladera. Ahora bien, uno sabe muy bien cuándo se puede comer algo y cuando no. Muchas veces esos códigos se van al carajo cuando pinta la gula. Ahí también interviene la confianza para mandar a la puta que lo parió al que se comió el almuerzo de mañana, la torta de cumpleaños, o las empanadas que me regaló mi vieja. Un buen golpe también sirve a los efectos de dejar bien en claro las conductas intolerables.
Lo que pasó con la discusión esa noche fue que yo quería plantear cómo es a veces esta cultura. No sólo con la cuestión de abrir ese mastodonte blanco, sino con otras cosas como usar el teléfono, prender la tele, poner música, tomar del mismo vaso, o picar algo del plato ajeno. Mi compañero Juan Cruz estuvo muy preciso al indicar: “si vos prendés la tele, o ponés música estás cambiando el ambiente del lugar. Le das otra forma al momento y al espacio. Es distinto a abrir la heladera. Tenés que pedir permiso sí o sí.” Tiene razón, parcialmente, obvio. Las variables casa de familia y casa de amigos (o casa de iguales entre sí) son de importancia fundamental para el análisis.
El tema nunca pudo ser cerrado. Juan Cruz llevó la discusión al plano personal al acusarme de voraz, desubicado, y de “a vos cuando te pega el bajón sos un culiado que abre la heladera para ver qué se puede comer.” Terrible error el de mi compañero al plantear la discusión en términos particulares, ya que yo quería llevar el tema al plano general, al del análisis un tanto más abarcativo. Nico Levy también me apoyó en la cuestión del “umbral de confianza” (y también se hizo cargo de las acusaciones de Juan Cruz vertidas hacia mi persona) Paco aclaró que en su casa hay que pedir permiso para abrir la heladera, pero que a él no le importa una mierda si alguien lo hace, ya que esas son “boludeces de mis hermanos.” No recuerdo las palabras de Maxi. Y creo que Rocío apoyaba mis sentencias pero conciliaba con Juan Cruz en otras cosas (qué raro…)
En fin, un tema que merece ser tratado con toda la seriedad del caso. Me pregunto qué opinará la comunidad blogera (aunque el Word no me acepte el término) (Ey, Word: ¡no me importa el subrayado rojo!)
Un abrazo a todos los perdedores de tiempo.
Palabras claves: Heladera - Umbral de confianza - Cultura - Cristina Fernández - Gula - Tabú. Y otras tantas más...
* Reconozco que mi reconstrucción de aquel momento es muy subjetiva, caprichosa, y recortada.