lunes, mayo 25, 2009

Capítulo dos

(Des)Infecciones


El gordo alejaba un poco la hoja, como pintor concentrado, para ver mejor la agenda del día. Hacía años que necesitaba lentes pero por pereza y terquedad nunca iba al oculista. Así manejaba, así trabajaba, veía tele, silbaba a las mujeres en la calle y elegía la peor verdura.
Primera parada: nueve y cuarto. Lo del viejo Omar. Quería lo de siempre, el veneno para las hormigas y, obviamente, por precaución, fumigar los alrededores para matar a ese bendito mosquito portador de dengue.
Revisó todo el equipo, cargó todo en el baúl del R18 y lo cerró con un alambre. Desde la puerta del local Manuel contemplaba todo concentradísimo en el chicle que estaba comiendo. Miraba para cualquier lado, a las hojas de los árboles, el agua servida que corría por la calle.
- ¡Eu, Manuel! –llamó el gordo.
- ¿Ah?
- Vuelvo tipo diez y media ¿me entendiste?
- ...
- Teneme listo los tres bidones azules, la mochila y el rociador grande, y no te olvides de… ¡Mirame cuando te hablo por favor que después hacés todo mal! No te olvides de agitar un poco la botella con la pócima –así le llamaba a los venenos caseros.
- Sí, sí –respondió Manuel mirando hacia donde estaba el gordo, pero sin mirarlo.
“Pendejo boludo”, pensó en voz baja Claudio y se subió al auto. Cerró con un portazo y se acomodó en el desvencijado asiento. Arrancó, el motor y Trula. “Se quemó ya nuestro amor, se quemó nuestra ilusión, buscamos tanto el fuego que nos quemamos”.
- ¡Temazo! –gritó el gordo agitando la cabeza y golpeando el volante.

En el camino le tocó bocina a casi todas las minas con las que se cruzó, saludó a los de la gomería de la esquina, paró a comprar una pritty y se comió un par de puteadas porque no le andaba el guiño izquierdo. Llegó casi puntual.
El viejo ya lo estaba esperando afuera. Sentado en el banco del jardín, tomando mate, sonriendo a la nada. Claudio estacionó al frente, regalándole al ambiente el placer de no escuchar por un rato el ruido insoportable del motor del R18. Mientras bajaba las cosas del baúl charlaba a los gritos con Omar.
- Ta lindo el día ¿eh? –decía mirando al cielo-
El viejo, mirando al cielo también, asintió.
- Si todo sigue como está esta noche podría estar muy linda para pescar. Ayer le faltaba un poco a la luna, pero hoy…, hoy va a estar especial.
- ¿Hace mucho que no pesca Don Omar? –preguntó el gordo cerrando el baúl.
- Años –respondió con un gesto entre triste y resignado- Che, llegaste casi puntual –exclamó mirando el reloj.
- Gajes del oficio, Don, gajes del oficio.
Omar le abrió la puertita de reja del jardín, de esas que dan a la altura de la rodilla. El gordo ya conocía la rutina, se desplazaba con total confianza por el lugar. Caminaron juntos para el fondo, por el pasillo de la derecha de la casa. Don Omar le mostraba las plantas y el viejo nogal que ya no daba más.
- No lo quiero tirar abajo, Claudio –decía con una tristeza profunda.
- Tranquilo, Don, que ahora vemo’ qué le ponemo’. Este es un árbol bueno, tiene como para diez años más.
Claudio le aplicó la dosis con el rociador mientras el viejo miraba.
Don Omar había hecho de su jardín su vida. Había empezado una vez que lo jubilaron pero la cosa se puso más seria, intensa y única cuando murió su esposa. Los nietos intentaron regalarle un perro, pero el viejo estaba convencido de que ya no valía la pena encariñarse con la vida, que seguramente ese animal se moriría antes que él, que ya no estaba para seguir enterrando felicidades. Entonces se dedicó de lleno a las plantas, sabiendo que allí no habría tanto peligro de muerte.
Intercambiaron, nuevamente, rutinarias charlas sobre el clima, la pesca, el fútbol y sobre el escándalo de la semana pasada cuando cayó la policía a lo del Jorge: “Parece que se le fue la mano fajándola a la mujer”, confió con seguridad Omar. Todos los vecinos sabían que cuando el Jorge tomaba, generalmente se las agarraba con la pobre Estela.
- Cada familia es un loquero, Omar.
- Y sí…
El gordo le hizo el servicio de siempre: curar los tres árboles, el nogal, el ciruelo y el pino de enfrente; mantener sin bichos y hongos las flores; matar a las hormigas, cucarachas y alguno que otro alacrán y, por supuesto, liquidar a ese glorioso mosquito portador del dengue.
Omar le ayudó a cargar las cosas más livianas hasta el auto:
- ¿Cuándo volvés Claudio?
- En un mes.
- ¿Un mes? ¿Estás seguro que el dengue ese no me va a matar?
- Quédese tranquilo, maestro; usted está protegido contra todo. Con eso que le puse tiene como para toda la temporada. Igual, en unas semanas vuelvo para ver cómo anda el nogal.
El viejo pagó. Claudio guardó la palta en el bolsillo del mameluco sin contarla. Se dieron la mano. El R18 dejó la cuadra con una sinfonía ejecutada conjuntamente entre el caño de escape y la correa de distribución.

p.d: para los desprevenidos, el capítulo uno

7 comentarios:

Lucas José dijo...

Bien negro...dos capitulos
esto pinta para bueno...

Gringo dijo...

Má vale! Tengo buena expectativa de terminarlo!
Un abrazo:

gringo

maxipe dijo...

Gringo, sé que no es el lugar para esto y no me molestaría que borres este comentario, pero necesito tu mail. Soy el amigo de Martín Fogliacco que una vez te ganó un par de partidos de metegol en Influencias (je).

El mío es maxipe@gmail.com, escribime y te explico el pedido.

Gracias, un abrazo.

Sergio Muzzio dijo...

Bien por el número dos, culiao.

fulano/martínvillarroel dijo...

Está re bueno bo. Un abrazo grande.

Anónimo dijo...

¿¿¿¿¿y????????? ¿Nos quedamos en el 2? ¿No más?

Luciana dijo...

Che estoy el capitulo 3!!!!
TQM Lu