jueves, julio 07, 2016

"Fútbol". El hombre que quería escribir 14° entrega.

Fútbol

Podés saltar de un trampolín, batir un record en patín, 
podés hacer un gol y podés llevar tu nombre al cielo, 
o puedes ser un gran campeón, jugar en la selección…

Hay momentos en la vida de un hombre en el que las cosas suceden de una manera única, casi diríamos, mágica. Cuántas tardes soñando con un partido perfecto, con una gambeta endiablada, con un movimiento veloz de mis piernas. Todas esas jugadas han sido imaginadas una y otra vez, una y otra vez; engancho, lo hago pasar de largo al defensor, se la pico al arquero, o si no le pego con el empeine derecho y la clavo al ángulo, probablemente en el último minuto de un partido clave, para ganar el campeonato o para salvarnos del descenso; el árbitro nos estuvo bombeando todo el tiempo, hemos perdido dos o tres hombres por expulsión, el equipo confía en mí, cualquiera que la agarra se da vuelta y me busca a mí, al capitán, al referente, tomá gordo, salvanos las papas, sos el único que puede ponerse el equipo al hombro; me han cagado a patadas pero siempre me he levantado, tengo sangre en las rodillas y en la cara también, producto de un codazo, vamos 1 a 1 o mejor aún: 2 a 2, no queda nada, hay tribuna, sí, y está repleta, claro, la gente confía en su equipo y en su capitán; están las banderas con mi nombre, con mi rostro, con una letra de Los Redondos, esa grande, la que más me gusta: fue mi único héroe en este lío; el equipo está en un lío, definitivamente estamos peleando abajo, hundidos en el barro, falta casi nada para mi gol, para el estallido, para que corra hacia el alambrado a fundirme en un abrazo con la hinchada, con la querida hinchada que siempre me bancó, en las buenas y en las malas, se escucha el griterío, los cantos que se confunden, apilados unos arriba de otros, gritos, puteadas, festejos, más gritos, insultos, ¡dale, pelotudo! ¡Largala ya! ¡Gordo, gordo! Las voces suenan conocidas, las palabras también: ¡Gordo! 

- ¡Gordo! ¡La concha de tu madre! –grita el Máquina. 

Estoy en el medio de la cancha por sacar. Creo que vamos 1 a 1. Van diez minutos del partido. El gol de ellos fue por moco mío. Clásico: quise salir jugando, quise acercar mis sueños a la realidad, y esas fotografías nunca suelen coincidir. 

Toqué cortito con el Máquina, un cuarentón que parece haber sido bastante mejor jugador de lo que es ahora, pasa que el escabio, las lesiones en la rodilla y la vida… 

El partido fue desarrollándose bastante parejo; nos cagamos a goles un rato largo pero sin sacarnos ventajas. Yo seguía atrás, condenado a destruir el juego antes que a crearlo. ¿Fui alguna vez mejor que esto? Cuando podía correr más rápido zafaba, ahora me la patean para adelante y me pasan. La concha de su madre. Cualquier muerto me pasa. Estoy podrido de estar siempre acá abajo, aburrido, sin tocar la pelota, reventándola a cualquier parte por miedo a que me la roben. Yo tendría que jugar como el Negro Jefe, que juega abajo o de cinco, pero que siempre pasa al ataque. Qué huevos que tiene el Negro. Ahí va el máquina, toca para Ernesto, hacen la pared, devolución para el Máquina, remata al arco, sale un tirito y la pelota se le escurre por entre las piernas al arquero poeta. Gol. Cierto que ataja el flaco este. Cuando haya un tiro libre lo voy a patear yo. 

Sacan ellos. Carrizo patea al arco desde mitad de cancha para tratar de sorprender. La pelota pasa cerca. Pablo me la da a mí. Cada vez que recibo la pelota todos se ponen un poco nerviosos. Nacho, que juega para el otro equipo, se me viene al humo. No sé muy bien qué pasa en ese momento porque apoyo mi suela derecha en la pelota, la acaricio para mi izquierda y lo hago pasar de largo. En ese momento en vez de escuchar palabras de aliento sólo escucho un ¡largala! No pienso largarla manga de culiados. La gloria es mía. Corro hacia la mitad de la cancha. Carrizo me cubre el pase porque yo siempre intento despojarme de la pelota. Todo mi cuerpo siente la energía de los mejores: del Diego, del Bocha, hasta del Charro Moreno. Amago largarla hacia la izquierda y paso por la derecha, y arranca el Gordo, genio del fútbol mundial y va tocar para Burruchaga, pero no, en vez de eso, vuelvo a patearla para adelante para pasar al muerto del Primo, la pelota va dando saltitos, estoy cerca del área, del arco, del arquero, me queda para mi pierna derecha, preparo el cañonazo, que salga adonde salga, que explote y que mueran los que tengan que morir, he salido desde mi área hacia el otro continente, he demostrado que la tierra es redonda, que hay vida más allá del horizonte, que la cancha no es cuadrada y que no está sostenida por cuatro elefantes, hundo mi pierna y le pego con toda, la pelota sale a toda velocidad, el arquero pone las manos casi como cubriéndose, pero la pelota viene con tanta fuerza que lo tira al piso, así y todo la saca, y queda boyando ahí cerca, viene el Negro Jefe corriendo y la empuja a la red. 

Gol.

Gol del Negro Jefe. 

Se escuchan dos o tres puteadas: bajen, culiados / no estamos marcando nada / callate si vos te erraste dos goles solos. Y así. 

Nunca puedo concretar nada. El arquero poeta, se levanta sacudiéndose la tierra, me mira, lo miro y me asiente  con la cabeza en un lenguaje universal: buena, loco, jugadón. Le devuelvo la mirada: gracias, buena atajada la tuya. Vuelvo al trotecito a mi lado del campo pensando que los sueños me convienen mucho más. 

No he salvado a nadie del descenso. Es de noche y nadie mira nuestro partido. 

jueves, mayo 19, 2016

El hombre que quería escribir. "Arquero poeta" 13° entrega.


La mano, la salvación, vino, como tantas otras veces, del fútbol. Nacho, es un compañero de facultad de Sergio. Una vez al mes aparece por el fútbol de los miércoles. Juega en cualquier lugar de la cancha y lo hace bastante mal en todos lados. Pero es un chango pasado de piola y siempre es recibido con una sonrisa, se queda a los asados, nunca hace problemas cuando algún desubicado se va de mano con las compras y hay que poner dos Roca o Evita sobre la mesa, mira fútbol, algunos partidos de primera, con lo cual sus opiniones tienen, al menos, un  mínimo fundamento, un respaldo: a ese partido lo vi en casa y ese Mancuello es horrible, por ejemplo. No como el mentiroso de Maxi que opina sobre todo y no ve nada, simplemente le pone su sello personal a cualquier tema que se esté hablando, sea de fútbol, política, mujeres, autos, asado o drogas. Juega mal al fútbol, no sabe nada de política, sus novias son unas idiotas, tiene un auto caro al que no sabe cómo cambiarle una cubierta, hace feos asados y no se droga. Pero es del grupo y lo seguirá siendo. Nacho no es el del grupo pero le pasa el trapo al otro salame. 

- ¿Viste el flaquito aquel que está estirando? –me dijo Nacho mientras nos hacíamos los que sabíamos elongar en el medio de la cancha. 
- ¿Cuál, aquel? –señalé con el mentón a un petisito escuálido que estaba jugando en la cancha de al lado. 
- No, boludo, al nuestro, el arquerito.
- ¿Y ese quién es? –pregunté. 
- Creo que es un amigo de Carrizo. Como hoy faltan varios él se encargó de invitar a algunas caras para tratar de ser por lo menos seis contra seis. 
- Vos lo conocés entonces –siempre pongo reparos con traer gente nueva, que nadie conoce, que te puede arruinar los miércoles ancestrales por calentón o canchero o llorón o muertazo. 
- Lo vi un par de veces, sé quién es, nos tenemos de vista. 
- Pará, pará, pará: ¿lo que me estás queriendo decir es que te gusta el arquerito? –dije imitando la voz de Fantino. 
- No, boludo –dijo Nacho riéndose e iniciando la segunda etapa de nuestro frío precalentamiento. 

Comenzamos a trotar como dos pendejas ojotas de 15 años a las que las obligaban a hacer gimnasia en el secundario y no tenían ni siquiera la mínima destreza física para correr. Así corremos hoy. Así corren los que pasaron los 30 y tienen un cuerpo como el mío. Ahora bien, cuando la jugada pide ataque, tenemos la gracilidad de un animal de presa, somos veloces, intrépidos y temerarios. Si alguien frenara todo en ese instante tendríamos la delicadeza de una estatua de un dios griego. O por lo menos eso creo y por eso sigo yendo al ataque cuando la jugada no lo pide, dejando el fondo de mi defensa desprotegido, sabiendo que tengo casi todos los números comprados para que me la roben y nos calven un gol. 

- Ese arquerito, así como lo ves, es poeta –dijo Nacho tratando de cambiar el aire. 
- ¿Poeta? 
- Así es. 
- Es la primera vez que me cruzo con un escritor que juegue al fútbol. Pensé que era el único –dije mirando hacia el arquerito. 
- ¿Vos, escritor? ¡Déjate de hinchar los huevos, gordo!
- Eh, en serio, posta, estoy empezando a escribir. 
- ¡¿Qué has escrito che gordo caradura?! –dijo haciendo montoncito con la mano. 
- Todavía nada. Pero me estoy moviendo, recolectando información, escuchando historias de la gente. 
- ¿Y por qué no charlás después en el asado con el arquero? Capaz que tenga algo para decirte –aventuró. 
- ¿Qué va a tener para decir aquel otro? Es arquero, nacho, ar-que-ro. 
- Sí, pero un arquero poeta –dijo y metió un pique corto que a mí me dejó fuera de carrera.

Ya estaban casi todos en la cancha. Dos rezagados hijos de puta se cambiaban con lentitud al costado de la cancha. No les importa nada. Ni la hora, ni el resto de los boludos que estamos corriendo hace media hora para no acalambrarnos en la primera jugada, ni nada. Ellos se cagan de risa, se ponen los botines, se fuman un pucho. El arquerito pelotea con Maxi. Casi todas van afuera; las que no, al medio. Se suma el Negro Jefe, agarra una de aire y le mete un balinazo que le da vuelta las manos, pero alcanza a sacarle el tiro, se va por arriba. El diminuto arquero se levanta lleno de tierra, trota hasta el alambre, busca la pelota y la lanza desde atrás del arco hacia mi lugar; pica defectuosamente; me lleva tres movimientos pararla y acomodarme; la adelanto un poco, estoy lejos, le doy otro toquecito más y estoy unos metros afuera del área grande, por el costado derecho; le pego con toda, e inexplicablemente va hacia al arco, hacia el ángulo, hacia esa red hecha mierda que no contiene nada. Golazo. No vale nada pero empecé ganando. Sonrío. Señalo hacia arriba, imito festejo. 
Lo voy a entrevistar, sólo que él todavía no lo sabe y voy uno a cero desde el vestuario. Vuelvo a sonreír con mis manos en jarra sobre mi camiseta de Las Flores ajustada sobre los rollos. 

- ¡Bien, boludo! –grita el arquerito y todos se ríen. 

Este recién llega y ya me agarra para la cagada.  
Uno a uno. Soy horrible. No aguanto ningún resultado. La concha de su madre. 

viernes, abril 22, 2016

Los Lanzallamas. 12° entrega


Para el guaso que me lo pidió en un asado memorable en Belgrano. 

Los lanzallamas

La frase me había quedado rebotando en la cabeza. Llegué al call y lo segundo que hice fue poner la frase en google. Lo primero: el mate. Hace como 8 años que trabajo en la misma multinacional de mierda y soy una especie de inimputable. No es que hago lo que se me da la gana pero casi. Se puede tomar café, gaseosas, energizantes y, como tantos, merca en el baño, pero mate: ah, eso sí que no. El mate está asociado a la vagancia. Por culpa de un par de gordas que a las diez de la mañana deciden hacer su descansito en su siempre estatal trabajo la liga el mate, y de paso los criollitos. Nadie puede tomar mate en el call, salvo yo.
  • -          ¡Por prepotencia de trabajo! –exclamé mientras cargaba agua caliente del dispenser.


Armé mi pequeño guetto: mate, termo, bombilla, un paquete de Porteñitas. Inicié sesión, como todos los iguales días de mi vida. Mientras esperaba miraba mi pequeño mundo a los que los genios le llaman Box. Box es caja. Somos un montón de cajitas en una gran caja. Un par de recortes pegados, cronogramas de trabajo, números, internos, un escudo de Las Flores y una foto de un viaje a las sierras que hicimos con la banda hace ya muchos años.
Resulta que los Lanzallamas es una novela de un tal Roberto Arlt. Que apellido raro: Arlt. Ni siquiera se puede pronunciar: arrrlllllltttt. Resulta que la frase que da vueltas por mi cabeza corresponde al prólogo de los Lanzallamas. No sé si entiendo todo pero de algún modo me vuela la cabeza leer lo que dice.
Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.
Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Este tipo me habla directamente a mí.  A mí que soy un principiante en la vocación, un joven escritor al que le está costando tanto escribir.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.
¿Cómo escribiré yo? Seguramente mal porque todavía no he escrito ni una hoja de literatura. ¿Le gustará a mi familia, a mis amigos las cosas que voy a escribir? Roberto parece haber sufrido las mismas cosas que yo. No lo conozco pero ya lo quiero.
El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.
Quedé tildado mirando la pantalla, el mate a mi lado, el murmullo del call center, el ruido de las máquinas, los pequeños universos en cada box. ¿Quién es este tipo? ¿Tendrá el Perro algún libro de él?
  • -        -   ¡No se puede tomar mate che! –sentí a mis espaldas.


El pelotudo de Reynoso. Me di vuelta, lo miré, no dije nada y volví a mirar la pantalla.
  • -          - ¿Vinimos de mala onda hoy? Es una broma, che –volvió a decir en tono bromista.


No entiendo, la verdad no entiendo. Jamás le he dado una señal a Reynoso como para que él crea que me cae bien. Jamás. Pero él insiste. Pobre estúpido. Igual, Reynoso es uno más. Sé que le molesta que tome mate por eso siempre trata de hacer notar mi indisciplina. Le molesta saber que ahí son todos iguales, todos robots con auriculares, y yo, el crónico del call, el mala onda que casi no habla con nadie pueda tomar mate.
  • Necesitás algo Reynoso? –dije sin sacar la mirada de la pantalla.
  • Son las ocho y media y no has hecho una sola llamada. Así no vamos a llegar al objetivo y no nos van a pagar el premio por productividad.


Detesto a la gente metida.
El premio por productividad. Esos son los inventos de los cráneos que visten camisa salmón, pantalón de vestir ajustado, zapatos con puntas ridículas, peinado cuidado, sin barba o con barba cuidada, reloj cuidado, celular grande, ego gigante, pito chico. A los genios les piden motivación para la tropa, una zanahoria en una caña de pescar y que todos los conejitos corramos tras ella, corramos hasta morir, hasta morir de hambre o de cansancio. Cada tanto sueltan la zanahoria para que nos matemos entre todos por algo de alimento. Hemos corrido tanto, tanto que la cabeza ya no piensa y acá ya nadie ve al de lado, al que está en el otro box; es un conejo, como vos, como yo. El premio por productividad. Qué tipo pelotudo que es Reynoso. Se ponen la camiseta de la manera más detestable.
  • -      Hacé como quieras, flaco –dice con un tono que intenta ser agresivo y se queda en eso, porque no tiene huevos ni para mandarme a la mierda, que es lo que merezco hace años. Y me dice flaco, a mí, que soy todo lo contrario a flaco. ¿Será irónico? La ironía es para los inteligentes.
  • -        ¡Fuerza, Reynoso, que este año lo ganamos! –digo, riendo.


Arlt seguía ahí, esperando en mi pantalla. El mate se había puesto tibio y amargo. Di un primer sorbo que costó tragar. No hay nada más amargo que el mate muy amargo.
Hay una foto de Arlt. Tiene cara de culiado. Pero de los culiados que me agradan. ¿Le habrá gustado su trabajo a Roberto? ¿Escribir es un trabajo? ¿Se puede vivir de escribir? ¿A quién mierda le pagan por escribir? ¿Si empiezo a escribir alguien va a venir a darme plata, un sueldo y me va a decir “tomá, quiero una novela para noviembre, son tres meses, te doy tanto ahora y el resto cuando me la entregues”? No creo que haya nadie acá al que le pueda preguntar. Preguntarle al Perro será la cuestión.
Lo mejor era llamarlo y lo llamé. Sonó dos veces y atendió.
  • -          ¡Perritoooo!
  • -          Gordaaaaaa.
  • -          ¿Cómo andás?
  • -          Bien, acá ando. ¿Vos? ¿Haciendo de cuenta que laburás?
  • -          Para mayor seguridad su llamada puede estar siendo grabada.
  • -          Cierto, cierto. ¿Qué necesitás?
  • -          Cuchame, ¿conocés a un tal Roberto Arlt?
  • -          Sí, claro, jugó de 5 en Rosario Central en los noventas.
  • -          ¿En serio? Hay un escritor que se llama igual.
  • -          Sos muy idiota, Gordo. No hay ningún jugador con ese apellido, de hecho no hay nadie con ese apellido salvo él. 
  • -          Siempre tuviste una ilimitada capacidad para hacerme sentir un boludo.
  • -          Gracias.
  • -          De nada. ¿Entonces lo tenés al tipo?
  • -          Más vale que sé quién es. De hecho nos hicieron leer Los Siete locos en el secundario. Sólo que vos no  lo leíste y me copiaste el trabajo.
  • -          Ah. Qué lástima… Debería haber hecho mejor las cosas y hoy quizás sería un mejor escritor.
  • -          Y sí, macho. Pero no es tarde todavía. Deberías leer algún libro. Empezá por las Aguasfuertes Porteñas. Son relatos cortos, periodísticos que el tipo escribió por los años treinta.
  • -          ¡Viejazos!
  • -          Sí, viejazos pero vigentes. Haceme caso.
  • -          Bueno, te dejo porque lo veo al pelotudo de Reynoso hablando con Conci. Y me está mirando. Y creo que vienen para acá.
  • -          Hacelo cagar al boludo ese  de Reyn…


Y corté cuando el Perro empezaba a ladrar. Abrí un par de planillas al azar, como para fingir trabajo. Conci lo palmeó en el hombro al botonazo y vino para acá.
  • -          Pibe –dijo a modo de saludo, Conci.
  • -          Eduardo, cómo va –Conci se llama Eduardo, y es como una especie de jefe.
  • -          Bien, che.
  • -          Perfecto –dije como por decir algo.
  • -          Acaba de venir Reynoso a botonearte. Dice que no has hecho una sola llamada desde que iniciaste sesión.
  • -          Eso no es cierto. Acabo de colgar con alguien.
  • -          Bueno. Tratá de que no te vean al pedo. Vos sabés que con vos está todo bien, que sos de los que más tiene antigüedad. A Reynoso no me lo banco pero es tan botón que puede llegar a generar quilombos en la tropa –dijo y estiró el brazo abarcando a todo el ejército de orejas con auriculares.


Conci me cae bien. Entramos casi en la misma época. Sólo que él hizo muy bien su tarea y comenzó a ascender hasta ser encargado de un grupito de personas y luego de un grupo ya más grande hasta ser el encargado de todo un batallón de soldados de la multinacional. Es de los pocos que siguió siendo una buena persona. El día que al pelotudo de Reynoso lo asciendan se me van a terminar los privilegios, estoy seguro. Va a ir por mí. Va a empezar la cacería de brujas, van a poner un cartelito: se busca, vivo o muerto. Van a proscribir mi nombre, mis ideas, mi rostro, el mate.
Por el momento yo sigo acá y Reynoso allá.
Voy a ser escritor. El porvenir es triunfalmente mío.  Y que el futuro diga.



viernes, octubre 02, 2015

El ritmo del lunes. (El hombre que quería escribir 11 entrega)



En la mesa los de barba se confiesan porque están de la cabeza, karatekas que a las siete siguen golpeando y buscando ese gran significado que la vida ha programado, desterrado.

Los otros días fuimos a tomar una cerveza con el Perro al barcito que está en la esquina de Cañada y Montevideo. Un barcito muy lindo de la zona más infectada de barcitos. Barcito ahí, barcito allá, barcito a la vuelta, el barcito de la otra cuadra y el barcito de la esquina, ese larguito, que ocupa un espacio muy chiquitito de la vereda. A ese barcito fuimos. Es un barcito que tiene cierta identidad, los dueños son piolas y la cerveza no es ni cara ni barata. 
La noche se hacía cada vez más de noche. La juventud se movía apurada por la ciudad buscando un encuentro. Se ríen los pibes, se sacan fotos las niñas haciendo trompita. Todo es una joda. Ese radio de 20 cuadras de Córdoba no duerme, no para. El Perro y yo tomamos la tercera cerveza. Hace como diez minutos que ninguno de los dos parece querer meter más birra al estómago. Hablamos poco. Le pregunto por el laburo. Responde con una mueca y dice algo que no alcanzo a escuchar. Ni le pregunto, tampoco me interesa tanto y él lo sabe. Miramos las minas, las mesas que nos rodean. Siempre hay alguien riéndose a los gritos, golpeando la mesa. Alguno tira un vaso al piso. Una parejita chapa como nunca y otra como siempre. A mi derecha, un grupo de universitarios hablan a lo loco. A los universitarios, y especialmente a los que estudian carreras sociales, se los reconoce al instante. Los escuchamos. Sé que el Perro también lo hace porque intercambiamos una mirada veloz. Son cuatro, dos chicas y dos chicos. Hablan uno arriba del otro, las palabras se montan una a la otra, tiran una, devuelven otra, ping pong, tenis, squash. Hablan de política, de que la discusión no es esa, sino esta otra. Que el capitalismo, que De la Sota, que el campo, el kirchnerismo, la agrupación, los troskos, la carrera, el plan de estudios, Estados Unidos, que vos siempre fuiste peronista, que qué decís si vos votaste a La Bisagra en las elecciones de Consejo, que compañeros no se peleen, que tenés razón, que disculpame, que sí, que dale, que otra birra. Y luego ya no se pelean más. Ahora planifican. Quieren hacer una radio comunitaria en alguno de los quince mil barrios de Córdoba que están para atrás. Quieren armar una agrupación. Estoy convencido de que si armamos una agrupación les ganamos la próxima elección del centro a los muertos esos, dice uno de los dos chicos, el que más habla. 

- ¿Vos decís, Gastón? –pregunta la hermosa. 
- Meli: en tres meses les rompemos el culo a los troskos – se agrandó el tal Gastón. 

Qué boludo que sos Gastón, pienso; pero sé que sólo lo pienso porque estoy celoso de que “Meli” lo mire con esos ojitos al salame éste. Lo que “Meli” debería hacer es levantarse como si fuera al baño, chocarme el codo sin querer, a pesar de que para ir al baño no tiene que pasar al lado mío, decirme discúlpame, hermoso, y apoyar su palma en mi brazo con una sonrisita, te invito una birra, no me aguanto más a estos boludos con sus discusiones al pedo. Y yo le diría que sí, claro, hermo… Pero qué hago con el Perro. No lo puedo dejar en banda. Tampoco puede quedarse conmigo, sería un embole para todos. Yo sé lo que el Perro quiere pero no, eso no. No sé si me sentiría cómodo. Y Meli es tan simpática, se ha quedado con su mano en mi brazo, esperando mi respuesta, sosteniendo la sonrisa, haciéndome ojitos. 

- Eh, drogadicto –dice el Perro y con el mentón me hace una seña- Dejá pasar al guaso. 

Un guaso se levantó para ir al baño y no podía pasar sin chocarme el codo. Pasá maestro. Gastón hablaba de no sé qué. Meli revisaba su celular mucho menos hippie que su vestimenta, y los otros dos escuchaban la prédica gastoniana. El Perro me miró y volvió a hacerme otra seña haciéndome entender: ¿vamos? Tan universal como que un tarrito arriba del techo de un auto es igual a Se Vende. 
Juntamos teléfono, puchos, encendedor. La banda de Gastón brindaba, chocaron los vasos y uno dijo, exaltado y feliz: ¡el futuro es nuestro por prepotencia de trabajo! Chin, chin, chin, chin, los cuatro cristales. Realmente creen que el futuro es de ellos. Qué suerte que tienen. Quince años atrás nosotros estábamos brindando con un arremangado, en la plaza del barrio, y tomando porque no hay nada más después, no hay futuro, no hay nada. Algo ha cambiado en este país. Llegando a la vereda del frente le diré al Perro que son unos pendejos pelotudos, aunque por dentro sepa que no es así. Cuando sea grande quiero ser amigo tuyo, Gastón. 
El Perro se prendió un pucho, entrecerró los ojos, tiró el humo al aire cordobés y me miró: 

- Sabés que no es así. Vamos. 

Y con otro gesto universal me invitó a seguir caminando hacia adelante. 

viernes, julio 10, 2015

El hombre que quería escribir. Décima entrega. "Perro Amor"


Para el Perro nunca iba a existir alguien igual. Fue ella y será ella. Para siempre. 
La misma historia: pasados de copas, pasados de todo, cuando el piso es un enchastre, la música suena alta para un par de pocos y todo el espacio se va desvaneciendo, el Perro arranca:
- … son todas iguales, loco, todas iguales. 
Son todas iguales, piensa y dice. Todas menos ella, claro. 
Se queda en silencio, mueve el vaso, abre la boca como para decir algo, se manda el trago, el traguito para una sed hirviente. Vuelve a abrir la boca y dice, sabiendo que lo que está por decir lo ha dicho mil veces, hasta el hartazgo de todos, incluso de él mismo, por eso antes se detuvo, pero ahora ya no va a poder hacerlo, porque lo siente, lo siente bien adentro y tiene que salir, como una ansiedad hecha costumbre: 
- Nunca va a haber otra María Emilia.
¿Quién es o quién era María Emilia? Fue la novia del Perro, hace ya muchos años. Era linda la flaquita. Media loquita como le gustaban a él. Con arranques raros pero dulces, siempre dulces. Sonreía mucho pero también se deprimía por cosas que al Perro a veces le parecían absurdas, como una canilla perdiendo agua, una señora vendiendo praliné, un nene llorando o las paredes sucias de su barrio. Esas cosas te pueden molestar, hasta te pueden conmover, le decía el Perro con todo el amor, pero no te podés deprimir, mi amor, no te podés largar a llorar por estas cosas, le decía acariciándole la cabeza. Pero era una buena mina, para el Perro y para todos. No vivían juntos pero casi. Ella era del interior. El de acá, del interior del interior. Estaba feliz mi amigo. Estaba. 
- … y cada día que paso me convenzo de eso, loco. Y te digo más: … –dice con el dedito en alto, como queriendo aleccionarme. 
Y ya sabemos todos, casi con las mismas palabras, en el mismo orden lo que el Perro va a seguir diciendo. Generalmente lo dejamos ser, permitimos que hable y hable, contradiciendo las mismas cosas de siempre, hasta que se la pasa. Pero a veces yo también estoy ebrio:
- La concha de tu madre, Perro. –lo interrumpo antes de que empiece con el monólogo- ¡La mina te cagó y vos me decís que nunca va a haber otra igual! ¡Muerto! ¡Das vergüenza, hijo de puta! –le digo, como si no me importara nada, sabiendo que me importa todo. 
Esa es la parte en la que todo el relato mágico del Perro recibe el golpe más bajo, el que lo deja al borde de la lona. Él amó a esa mujer y ella también lo amó. Eran el uno para el otro, eso lo sabíamos todos. Pero pasó el tiempo, poco tiempo y la cosa se desinfló. La excusa de la infidelidad les vino, en cierta medida, bien a los dos. El Perro no era ningún boludo y se hartó de ir de cucha en cucha, y ni siquiera estaba realmente dolido porque la mina haya estado con otro guaso, pero él la amaba. Y la mina también. Pero terminaron y él comenzó a caer en lo que había pasado, en la pérdida, en el dolor de no tenerla cerca, de no agarrarle la mano, jugar con el piercing en su lengua, en las canillas que le daban forma a las piernas, en la risa, en los estallidos de esa risa, en su felicidad. ¿Y la felicidad del Perro? ¿Adónde mierda estaba la felicidad del Perro?
- No me importa lo que me digas –dice, negando con la cabeza gacha, cabeza de escavio- no va a haber otra igual. Tenés razón, culiado, pero… -se le traba un moco en la garganta. Carraspea, lo saca y escupe una bola amarilla, al borde de la materia sólida y dice: la concha de tu madre. –me dice a mí, porque me mira a los ojos. Me mira con los ojos rojos. Y me susurra la concha de tu madre. Yo me estiro un poco y apoyo todo el peso de un brazo cansado. El hace lo mismo. Nos apretamos, la palma en el hombro. 
Y somos uno. A veces con el Perro somos uno.

sábado, mayo 23, 2015

El hombre que quería escribir. Novena entrega. El Negro Ríos parte II.


Tomamos otra cerveza, ahora más relajados. Brevemente me contó que el muchacho anterior había venido para conocer lo del ascenso del 2006 de Belgrano. Yo asentí preguntándome qué mierda tenía que ver éste con el ascenso, pero él dio por hecho que yo sabía a qué se refería. Yo le conté que había empezado hacía muy poco con esto de escribir. No había escrito todavía una puta página en mi vida, pero a eso él no tenía por qué saberlo. El alcohol ablandaba la fotografía y la charla fluía. 
Ríos es un tipo que le ha dedicado su vida al fútbol pero el fútbol parece no haberle dedicado mucho a él. No me explico de qué puede vivir este hombre y tampoco se lo voy a preguntar. No son las cosas que más me interesan. Si el Negro Jefe me mandó a tomar cerveza con este guaso es porque tiene algo para decirme, algo que contarme. Sólo hay que esperar que la jugada vaya fluyendo en la cancha y cuando todo esté dado, cuando el dos ya se mandó al ataque y la pelota vuela con comba perfecta hacia el área donde todos saltan: 

- …jugábamos en Alberdi –señaló con el índice hacia allá- Así que habíamos quedado con los muchachos en comer un asado. Comimos, chupamos, salimos para la cancha. Esto habrá sido a comienzos de los años noventas. No me acuerdo nada del partido, ni contra quién jugábamos ni cuánto salimos ni nada. La cosa es que apenas el árbitro pita el final del primer tiempo todos se apuran para sentarse, y en la tribuna de Los Piratas tamos más apretados que la mierda. Logro hacerme lugar y quedar sentado muy incómodo. Busco acomodarme mejor pero es muy difícil. En eso empiezo a sentir la billetera en el bolsillo derecho, siento que se me está cayendo, que cualquier movimiento que haga se me va del bolsillo. Trato de zafar una mano y meter la mano en el bolsillo. Cuando hago eso la billetera se me cae del bolsillo y no da que tengo tanta puta mala suerte de que pasa por entre medio de la unión de la estructura de la tribuna y se cae abajo, ¡abajo de todo!- dice emocionadísimo. 
- ¿Abajo de la tribuna? –pregunto yo nomás para alentarlo a seguir. 
- ¡Sí! –grita, un poco ebrio ya. 
Cuenta un par de giladas que no tenían que ver con la historia y vuelve con todo:
- Me quería matar, imaginate. Llegar a casa, sin los documentos, el carnet de conducir (en esa época trabaja en la calle, con una chata haciendo repartos), la poca guita que llevaba. No, no, me quería matar. Pero bueno, me las tuve que aguantar… 

… Cuando terminó el partido ya era de noche y decime vos ¿a quién querías que le preguntara cómo ir debajo de la tribuna? Nadie me iba a dar bola en el club. Esto fue un domingo, yo caí al club el miércoles a la tarde, fijate lo boludo que fui. Bueno, voy pregunto por acá, por allá y caigo a hablar con el intendente –hace comillas con los dedos- del estadio. Un viejo, como los viejos de un club. Le cuento lo que me había pasado, me pregunta porqué no había venido antes, le invento que una cuestión laboral me lo había impedido y dice “bueno, vamos a ver qué encontramos, amigo”. Cruzamos por el medio de la cancha. Qué emoción –dice y hace una bolita con migas de pan de la mesa-  El viejo caminaba balanceándose, pisando con la cara externa de los pies, viejo chuecazo. Tenía una argolla así llena de llaves, las llaves de todo el club. Había llaves que tenían como cien años de puertas que no deben ni existir. Llegamos y me dice “bueno, fijate por acá a ver si la encontrás y después llamame, ¿sí? Yo voy a estar ahí donde me encontraste”. Y se fue… 

Debajo de la tribuna había un colchón de papelitos y suciedad acumulada de miles de partidos. Caminé pateando papeles, vasos de coca, botellas de vidrio rotas y mucha basura de todo tipo. Calculaba por dónde podría haber caído la billetera dada mi ubicación en la tribuna. Miraba hacia arriba, el sol filtrándose por las grietas de la vieja tribuna, señalaba y marcaba trayectorias con los dedos…. Pero no había caso, no aparecía. La tribuna estaba dividida por un paredón y noté que había una pequeña puertita de chapa, muy oxidada. Miro para los costados, como esperando que alguien me gritara “¡ni se te ocurra abrir esa puerta, nero!” Avancé hacia el pedacito de picaporte. Estaba roto, obviamente, pero noté que la puerta estaba trabada por la hinchazón, que cerraba y abría a la fuerza. Volví a mirar hacia los costados, apoyé el hombro éste -se palmea el hombro derecho- y peché…

… Entré cayéndome y rodando. Putié y me levanté sobándome un codo y cuando levanto la mirada, con la mano todavía limpiándome el codo, vi a toda una familia. ¡¿Entendés?! ¡Una familia entera! –el Negro inclinó la silla para atrás y casi se cae de la emoción de estar contando la historia, o de que alguien lo estuviera escuchando- Te juro que parecía una foto –dijo haciendo el marquito con las manos- La vieja fregando la ropa con la tabla y el fuentón de chapa. El abuelo en un sillón destartalado leyendo pedazos de diario, los pendejos pateando algo redondo que hacía las veces de pelota, un bebé llorando, alguien lavando los platos, el que parecía ser el padre de familia subido a dos ladrillos y una tabla, tensando el alambre que cruzaba por toda la tribuna donde había muchas prendas de todos colores, y un perro que dormía. Era un almanaque de Molina Campos...

Hizo una pausa para que la fotografía fuera creciendo en mi cabeza. Este negro es un negro hermoso. Fondo blanco para quién sabe qué numero de vaso. Los cadáveres marrones se acumulaban en la mesa, en el piso. 

…Me quedé mirando, con no sé qué cara, pero completamente sorprendido, no sabía qué decir. Me salió un “pe..perdón”. “¿Qué necesita amigo?” Dijo el que estaba arriba de los ladrillos y la tabla. Y yo arranqué nervioso, como diciéndole que se me había caído algo, pero que no sabía dónde, y me preguntaban qué era para saber si alguno de los chicos lo había encontrado y yo que no sabía si decirle que se me había perdido la billetera porque capaz que me decían que no, que no la habían encontrado y después se iban a poner a buscarla y me iban a robar qué, diez mangos, cuánto habré tenido. Las evasivas no me duraron mucho: no tenía nada que perder y lo único que tenía que recuperar eran los documentos. Les conté cómo había extraviado la billetera, el día, el lugar donde creía que había caído, lo de mi laburo, los documentos. Ahí nomás el abuelo les preguntó a los dos críos que habían parado de jugar a la pelota si no habían encontrado una billetera. Los niños negaron sin decir palabra alguna. El tipo dejó la tarea de tensar el cable, se bajó del improvisado atril, me dio la mano y me dijo “mucho gusto, Alberto”. La cuestión es que toda la familia se puso a buscar entre toda la chatarra que acumulaban la condenada billetera. 

En un momento, después de una búsqueda sin éxito, comencé a olvidarme de la billetera. La mujer puso la pava en una hornalla adaptada a una garrafa. Tomamos mate, sentados en ronda, uno sobre un cajón de cerveza, otro en una silla sin respaldar, el abuelo en el único sillón de resortes y goma espuma expuesta. Me contaban lo que era vivir ahí abajo. La forma en la que se sentían los goles, los festejos, la tribuna saltando, y también los quilombos, las balas y los gases. “No se da una idea usted cómo se siente desde acá la tristeza. Parece que no pero sí…” Me dijo Alberto mientras chupaba de un matecito dulce. La tristeza sintiéndose del otro lado del cemento… Era muy fuerte. Me contaron de la cantidad de cosas que caían; “usté sabe que cuando cae una billetera, para nosotros es como un regalo del cielo, como si Dios se acordara de nosotros de vez en cuando”, decía la señora, mirando, hablándole a mí y a Dios. “Yo quiero que usted sepa que cuando eso pasa nosotros esperamos un par de días para ver si alguien la viene a buscar, y si no la busca nadie, ahí sí, usamos la plata para comprar comida o lo que haga falta y si hay documentos se los damos al Intendente del club. Usted tiene que quedarse tranquilo que si encontramos su billetera se la vamos a devolver, con la plata que tenga y todo”. 
Estuve un par de horas con ellos, charlando, tomando mate primero y unos vinos después, como para no despreciar, ¿vio? Cuando se hizo muy de noche me levanté, les agradecí por todo, saludé y me fui… 

No dije nada. Dejé que el silencio amansara la historia entre todas las palabras que andaban flotando, tiradas arriba de la mesa, adentro de los vasos, en el ruido del televisor, en los griteríos del fondo, en el borracho que se dormía sentado y de brazos cruzados, en el Negro Ríos y en mí.



sábado, mayo 09, 2015

El hombre que quería escribir. Octava entrega. "El Negro Ríos I"



Me golpeé la cabeza con el marco de la puerta. Entré sobándome al ambiente contiguo, rascándome con la palma de la mano el marote, y las miradas me pegaron por todos lados, creo que hasta se escuchó el sonido de los ojos al moverse. Me sentí intimidado y un poco salame. Nada nuevo: desde que me bajé de colectivo vengo sintiéndome así.

Dos viejos jugaban al dominó. Otros cuatro le daban al truco en una mesa al fondo. El resto un montón de tipos solos que miraban una tele colgada en una pared. ¿Cuál de todos estos negros es mi negro? ¿Ese que está tomando un sodeado? ¿O es aquel otro que se está durmiendo sobre un vaso de cerveza caliente?

- ¿Qué hacés acá pendejo de mierda? –sentí la voz y la mano pesada apoyándose contra mi hombro. Me di vuelta con el pis a punto de salirse.
- Te cagaste todo, pendejo –me dijo el Negro Ríos cagándose de risa.
Listo, encontré a mi negro, contuve mi pis y los huevos fueron descendiendo a su lugar.
Largué una risa como pude:
- ¿Señor Ríos? –pregunté.
- ¿Señor? –preguntó el Negro- Decime Negro. Acá todos me dicen Negro –completó.
Levantó la cabeza y le habló a los guasos:
- ¡¿Cómo me llamo yo?! –gritó a todos.
Algunos levantaron la mirada, otros no le dieron ni bola.
- ¡Negro culiado te dicen a vos! –se escuchó desde el fondo, seguido de algunas carcajadas.

Nos sentamos en una mesa de plástico. Mi silla, también de plástico, parecía que se iba a partir. Pensé en la humillación de que se me rompiera la silla, me voy a caer y se me van a cagar de risa todos. Me cambié a una de Quilmes. El Negro me miraba hacer. Yo sabía que él sabía que estaba nervioso, y jugó acorde. No podía ser más local el tipo y yo no podía ser más visitante. Parecía un equipo chico.

- Bueno –dije arrimando la silla hacia adelante. En el impulso moví la mesa y se cayó un vaso de plástico que por suerte ya había sido escabiado. Fue como cuando apenas empieza el partido y uno se manda una burrada como sacar desde el arco y mandarla lejos al lateral.
- ¿Qué vamos a tomar entonces? –dijo el Negro cuando estaba por agacharme a buscar un vaso vacío.
- No sé. Lo que usted quiera.
- ¿Cerveza?
- Cerveza.
El Negro corrió la silla hacia atrás con cuidado, se levantó y fue a buscar la bebida. Quedé solo. Miré hacia los costados y a nadie parecía interesarle mi presencia. Mejor, me siento más tranquilo así.
- ¿Así que vos sos escritor? –me preguntó el Negro Ríos, dando vueltas el vaso con un poquito de cerveza, mirando el remolino y empinando.
- Sí –dije con mentirosa seguridad.
- Ah, vos también –sonrió arqueando las cejas.
No entendí.
- Hace unos años vino a verme un escritor. Escritor o periodista, no sé –agregó.
Maldición, competencia, pensé. Este tipo no sólo era escritor sino también periodista. Con eso no podía competir.
- ¿Y? –pregunté estúpidamente porque no sabía qué decir. Pero paradójicamente la pregunta pareció desconcertar al Negro, que se quedó pensativo.
- Removí muchas cosas, pibe –dijo, y parecía estar conteniendo una emoción. Yo no dije nada. Lo dejé mirando hacia adelante pero mirando hacia adentro, hacia alguna historia, hacia algo que yo desconocía.
- Nunca nadie me agradeció por el ascenso del 2006 –dijo a punto de quebrarse.
Se sirvió un vaso. Lo tomó. Todo. La cerveza lo trajo nuevamente.
- Me dijo que iba a volver. Todavía lo estoy esperando –dijo forzando una sonrisa. Creo que publicó un libro. Nunca lo vi –perfecto, lo que necesitaba: encima el tipo ya había publicado un libro.
- Lo que yo quería era charlar con usted porque quiero escribir un libro –dije, contratacando a nadie y cambiando de tema.
- ¿Un libro de qué?
- No sé muy bien –y quise sonar seguro- estoy en la búsqueda de historias, de cosas que le pasan a todos, a la gente común, a los que quedaron afuera –terminé de decir eso y no podía creer haber tenido esa claridad para decir algo, me sentí el dos del equipo pasando rivales y la platea parándose de a poco. Cuando el dos sale hasta la mitad de cancha cualquier cosa puede pasar. El Negro asintió. Había ganado su confianza.
- A los que quedaron afuera… -dijo pensativo, dejando la flotar la frase.