martes, agosto 23, 2011

Las cosas de Barrio Las Flores IX

Los sentidos del barrio


Camino, como el ciego, a tientas pero seguro. Sé que la vereda del quique está rota, que en la esquina hay un montículo de arena y algo de escombros, que el árbol de la vieja tiene las ramas bajas, que mejor agacharse, que el canasto de la basura, que la verja, que el pozo que avisa no traiciona.
Afuera ladra un perro, es Castelli, luego ladra otro, es el Jefe, luego se escucha una orquesta de ladridos, son el labrador, el coker y el otro mal llevado de la esquina, luego un grito de la madre del maxi que lo llama a comer o lo reta por algo, luego el colectivo, el E5, el que pasa demasiado rápido, el que hace interferencia en mi tele por aire, luego una alarma, la del Ford de al lado, luego otra, la comunitaria, la que suena siempre, luego otro colectivo, el mismo, el E5, pero el que va para el centro, que pasa más rápido porque tiene más calle para acelerar, luego una moto, la del otro vecino, luego una puerta, la del vecino, luego el ladrido de nuestra orquesta, la Negra Poli, Castelli y el Gringuito, luego el resto.
Alguien hace dignidad a la plancha, con huevos fritos o ensalada o puré o fideos, capaz que los de la obra se asan un faldeado y cambian por un ratito los lugares y se saltan los casilleros y ahora, en estos mediodías, los que sienten celos son los que no pueden, no porque no puedan, comer un asado de martes miércoles o viernes con sol de invierno; el olor a bosta de la cloaca de acá a la vuelta, las cagadas en mi jardín, las botellas llenas del frente de la vieja, el agua servida en la calle, lista para correr libre.
Levantando la cabeza, mirando las casas, unos centímetros por sobre el nivel del río que se arma cuando llueve fuerte y es verano y hace calor y los vecinos se arremangan los lompas y se paran en las puertas y putean si el bondi pasa rápido y se arman unas olas y el agua se levanta y fluye y corre para adentro del living sin permiso y sin pausa. Las veredas rotas, quizás por lo mismo y también porque todo creció mucho más de lo planeado, porque no dan abasto los asfaltos y los autos se estacionan arriba de las veredas, a veces por un rato, otras para siempre, como el 504 de la Belardinelli o el Volkswagen 1500, que sirve para medir hasta dónde llegaron las crecidas por la cantidad de ramitas que colecciona adentro.
La pared de afuera se descascara, no aguantará mucho más, paso mi mano y se desprende un pedazo de pintura seca, de reboque malo, lo tiro como una figurita, como si hiciera sapito en un río manso, vuela, pierde equilibrio y cae a la calle, al lado de las hojas secas, y voy y las piso, las destruyo, las hago hablar, las hago gritar, fuerte, hasta llevarme a las mismas hojas de todos los árboles que me dieron sombra, a las caminatas con mi mamá, a las peleas con mi hermana por ver quién pisaba más, quién hacía cantar más fuerte al otoño. Debajo de mi suela siento cómo se estrujan el presente de este barrio con el pasado de los otros.
El gusto por este lugar, el último sentido y el primero también.