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martes, abril 29, 2014

Las cosas de Barrio Las Flores XI: Gitanos

La nena llora. Llora como nena. La madre la lleva de la mano, la arrastra, digamos. El llanto se duplica. Las veredas rotas, llenas de agua.Las calles rotas, llenas de agua, territorio minado, desparejo. La madre levanta la cabeza, ve la postal y encuentra la solución, el recuerdo de la vieja receta materna: si no dejás de llorar te van a llevar los gitanos. Clásico. Antes era el hombre de la bolsa, o el cuco, o cualquiera que infundiera terror, aleccionamiento, conductismo básico a la criatura para que dejara de llorar/portarse mal.
Los guasos están ahí, como siempre, como todos los días, como todo el día. Son una barra, sentados sobre la verja, apoyados con el hombro en la pared, parados, fumando un cigarrillo. Los gitanos están ahí, sin hacer nada pero haciendo algo. Esa es siempre la sensación: que hay algo en su nada. Son los vigías constantes de la calle, del barrio y quién sabe de cuántas cosas más.

“¡Eh, tus gitanos son flacos!”, me dijo sorprendido Maxi, al compararlos con los suyos, en la zona de Nueva Italia. Mis gitanos. Me gusta. Me encanta, pero los gitanos tienen la particularidad de ser de ellos y de nadie más, son ellos, y al carajo. El viejo, el que le sigue en viejo, los hombres, los más pendejos, los niños, los muy niños. Ahí están todos ellos, siendo inegociablemente ellos. Hablan a los gritos un idioma de ellos. Gesticulan. Fuman. Gesticulan. Viene una chata, una Toyota, y de ahí se bajan dos, vestidos como ellos, hablan a los gritos, gesticulan, fuman, gesticulan. Se suben otros dos a la chata. Otro queda. Pasa un Bora, toca bocina, gritan, saludan, gesticulan, fuman. Y así. Siempre así y ahí. Van a la panadería, al kiosco, compran cerveza, toman mucha cerveza. Parecen ir todos caminando por ese camino que de tan pisado ya hizo huella. Fosa. Túnel. Un paso tras otro, uno tras otro, pasando los años, las generaciones, las costumbres de la sociedad en la que ellos son un mundo oblicuo.

Yo saludo sólo a uno de ellos. No sé su nombre. Siempre está en alguno de los kioscos tomando cerveza, con la cara roja, supongo que con hojas de coca en su boca, masticando todo el día, con el cachete inflado, la camisa desprendida, el pantalón sucio, como si fuera el mismo siempre. Sé que es de Instituto por algún comentario que me hizo alguna vez. Esa es casi nuestra única charla, nuestro tema. Alguna vez me dijo boliviano, que todos los de Belgrano éramos bolivianos y que había que echarlos del país. Era una broma, una mala broma, una broma de fútbol, aceptable en una tribuna, supongo, pero bastante violenta en el kiosco. Yo sonreí, le dije que no dijera barbaridades pero en un tono lo menos confrontativo posible. El gitano buscó la complicidad de la kiosquera pero no tuvo eco. Dos tiras de pan, acá tenés el cambio. Chau, viejo. Chau, gringou.

Castelli se peleó varias veces con los perros de los gitanos. Parecen hablar el mismo idioma, ellos y sus perros. Ligó varias veces el mío y parece que aprendió: la mayoría de las veces elige ir por la vereda del frente; qué vergüenza, Castelli. Igual, muchos vecinos y transeúntes se cruzan de vereda, no pasan al frente de ellos, al frente de esa siempre abultada cantidad de pares de ojos. Parecen tener miedo a que les griten algo, a que les quieran leer la suerte, a que se los lleven, como la nena que lloraba. Se cruzan de vereda, le huyen a la suerte, a los ojos, al idioma incomprensible, al llanto de aquella niñez.


Quisiera estar ahí adentro de sus patios. En la charla del vermut, en el negocio que están cerrando por un Ford Focus, en las cenas, en las noches, en el sexo, en los mensajes de texto, en el partido de metegol que se juegan siempre en el kiosco, en las confesiones de amor,
en el arreglo del matrimonio, en el chiste, en la verja, sentado,
apoyando el hombro, gesticulando,
fumando,
gesticulando.

miércoles, abril 24, 2013

Las cosas de Barrio Las Flores X

Los Lentos



Gran almacén, tipo ramos generales, ubicado en la siempre inundable esquina de Luis María Drago y Concejal Felipe Belardinelli. Un poquito de agua, un gallo, un estornudo con moco y el semáforo deja de andar. Todo parece dejar de andar sobre Belardinelli. Los Lentos siempre funciona, a su modo, a su velocidad pero siempre ahí, con su gente.

La atención al público es una mezcla de ritmo de pueblo santiagueño, burocracia estatal, inutilidad femenina, machismo de medio oriente, lentitud ante todas las cosas y algo de me chupa un huevo que la cola de gente se haga larga hasta dar vuelta a la manzana, no pienso apurar nada. Uno puede estar ahí, muy cerca de ser atendido, con tan sólo una persona adelante y puede pasar que dame medio kilo de Dogui, un pedacito de dulce de batata, cobrame la cabina, cárgame quince pesos en la tarjeta, una etiqueta de puchos, dos tiras de pan, un paquete de yerba, un sachet de crema de enjuague, seis cajones de cerveza, dos cajas de hamburguesas, un cuarto de queso cremoso, doscientos de paleta, doscientos de salame milán y ¿te dije Dogui? Mejor cambiame por Tiernitos. Se siente como un gol en contra en el último segundo.

El staff de Los Lentos está compuesto por tres señoras de entre 45 y 60 años. La verdad que se parecen entre ellas y que una foto diría lo mismo hoy que hace 20 años. También está el dueño. El tipo se sienta, cruza los brazos como jeque árabe, como sheriff de película, director técnico o capataz de estancia, y no hace nada. Trescientas personas esperando ser atendidas y nada. Maneja la plata, algunos proveedores, charla con los gitanos, habla por teléfono, pero ensuciarse las manos con billetes arrugados… para eso están sus mujeres.
En Los Lentos te podés poner de novio, pelearte y divorciarte. Podés tomar una cerveza en la dulce espera, podés emborracharte y recuperarte. Los bondis pasan llenos hasta tener turno a cargar la tarjeta. El sol sale, mete el pecho, se apichona y se va a dormir. La manteca se derrite, el fernet se calienta, el asado se enfría y las cosas se pudren. El tiempo va a otro tiempo. Los mosaicos guardan las marcas de las anteriores pisadas. En las paredes se leen los testimonios de todos aquellos que hicieron cola y murieron allí. Como una cinta de moebius estamos todos ahí, esperando, siguiendo la discusión que tienen las únicas dos que atienden con una vieja clienta: acá está anotado que debés treintaisiete con veinte; no, no sé, eso yo no lo compré, lo que yo debo son los ciento veinte de la vez pasada; ¿y estos treintaisiete con veinte?; no, no sé; esperá que lo llamo a Miguel (…) Miguel, sí, acá está Elsa, dice que ella no compró nada por esos treintaisiete con veinte que tiene anotados (…) sí (…) perá que le pregunto: dice si eso no lo sacó tu mamá; no, mi mamá no, no; dice que no, Miguel (…) bueno, dale, no te hagas drama que ya vemos. Y la fila se hace como un caracol, como el gusanito de los celulares viejos, como una tira de chinchulines o una prolongación de cable mal enrollada. Y sacamos partido. Y nos miramos todos a la cara y nos decimos sin decirnos apurate vieja culiada; yo me tomaría un porrón; yo pago los treintaisiete con veinte pero por favor muevan el culo; me esperan en casa con la cena lista; dejé la pava prendida; mi hermano se va a preocupar; dios, mirá la hora que se ha hecho, y cosas así.

En Los Lentos pasa que te toca tu turno y uno hace un paso hacia adelante con cara de satisfacción, de superación, como cuando llaman tu turno en el médico y sabés que hay alguno mirándote con envidia, pensando yo llegué primero y lo llaman a él primero. Con aire triunfador ponés los billetes sobre el mostrador y pedís la promo, la que junta un fernet grande con una coca de dos litros. Y la promo es tan buena y tan barata que terminás yendo siempre ahí, adonde te jurás que no vas a volver, porque uno quiere envejecer afuera y no adentro, ver las hojitas del otoño del barrio, agarrar el bondi, enamorarte, vivirla y divorciarte o llegar hasta que la muerte nos separe, todo, todo eso pero afuera. Pero la vida de estas fronteras que nos amontonan está llena de peros y viene el día en que el amigo te visita, la chica te mira con ojitos, falta poco para el partido o porque sí. Y, armado de coraje, te metés de lleno en un contradictorio y hermoso ‘pero’… y vas.

martes, agosto 23, 2011

Las cosas de Barrio Las Flores IX

Los sentidos del barrio


Camino, como el ciego, a tientas pero seguro. Sé que la vereda del quique está rota, que en la esquina hay un montículo de arena y algo de escombros, que el árbol de la vieja tiene las ramas bajas, que mejor agacharse, que el canasto de la basura, que la verja, que el pozo que avisa no traiciona.
Afuera ladra un perro, es Castelli, luego ladra otro, es el Jefe, luego se escucha una orquesta de ladridos, son el labrador, el coker y el otro mal llevado de la esquina, luego un grito de la madre del maxi que lo llama a comer o lo reta por algo, luego el colectivo, el E5, el que pasa demasiado rápido, el que hace interferencia en mi tele por aire, luego una alarma, la del Ford de al lado, luego otra, la comunitaria, la que suena siempre, luego otro colectivo, el mismo, el E5, pero el que va para el centro, que pasa más rápido porque tiene más calle para acelerar, luego una moto, la del otro vecino, luego una puerta, la del vecino, luego el ladrido de nuestra orquesta, la Negra Poli, Castelli y el Gringuito, luego el resto.
Alguien hace dignidad a la plancha, con huevos fritos o ensalada o puré o fideos, capaz que los de la obra se asan un faldeado y cambian por un ratito los lugares y se saltan los casilleros y ahora, en estos mediodías, los que sienten celos son los que no pueden, no porque no puedan, comer un asado de martes miércoles o viernes con sol de invierno; el olor a bosta de la cloaca de acá a la vuelta, las cagadas en mi jardín, las botellas llenas del frente de la vieja, el agua servida en la calle, lista para correr libre.
Levantando la cabeza, mirando las casas, unos centímetros por sobre el nivel del río que se arma cuando llueve fuerte y es verano y hace calor y los vecinos se arremangan los lompas y se paran en las puertas y putean si el bondi pasa rápido y se arman unas olas y el agua se levanta y fluye y corre para adentro del living sin permiso y sin pausa. Las veredas rotas, quizás por lo mismo y también porque todo creció mucho más de lo planeado, porque no dan abasto los asfaltos y los autos se estacionan arriba de las veredas, a veces por un rato, otras para siempre, como el 504 de la Belardinelli o el Volkswagen 1500, que sirve para medir hasta dónde llegaron las crecidas por la cantidad de ramitas que colecciona adentro.
La pared de afuera se descascara, no aguantará mucho más, paso mi mano y se desprende un pedazo de pintura seca, de reboque malo, lo tiro como una figurita, como si hiciera sapito en un río manso, vuela, pierde equilibrio y cae a la calle, al lado de las hojas secas, y voy y las piso, las destruyo, las hago hablar, las hago gritar, fuerte, hasta llevarme a las mismas hojas de todos los árboles que me dieron sombra, a las caminatas con mi mamá, a las peleas con mi hermana por ver quién pisaba más, quién hacía cantar más fuerte al otoño. Debajo de mi suela siento cómo se estrujan el presente de este barrio con el pasado de los otros.
El gusto por este lugar, el último sentido y el primero también.

sábado, noviembre 27, 2010

Las cosas de Barrio Las Flores VII: Lluvia

Hay una constante en esta serie (por ahora corta) de relatos: la lluvia. Recién hoy caigo en que mis ganas de escribir surgen, a veces, en momentos identificables y reconocibles con los del pasado. Para ahorrar renglones de metáforas bellas que no sabría escribir, lo digo a secas: es hermoso ver la lluvia desde esta ventana.

Hoy es sábado. El día arrancó tardísimo, mejor dicho mi día arrancó tardísimo. El cielo ya venía prometiendo joda desde la madrugada. Puse pava y me senté a esperar, que es una de las actividades más sinceras y repetitivas de la vida.

Tomé medio litro de agua verde caliente hasta que el cielo dejó de histeriquear y largó sus pesadas gotas.

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El espacio entre palabra y palabra está compuesto por todo eso que nos sucede y que rotulamos como “no existen palabras para describirlo”.

Lo que sí se puede decir es que la ventana es bien amplia, que el viento empieza a mover el aire caliente de noviembre, que se genera un micro clima que abraza.

Este texto nace varias horas después. Ya no llueve, ya no sopla viento.

Me levanto de la computadora a buscar algo en la pieza. La Negra Poli y Castelli me siguen. Los miro, les pregunto/los reto ¡qué hacen acá!. Los boludos mueven la cola, ponen cara de hambre; son los perros más culiados y más hermosos del mundo. Te piden comida como el rollinga el peso para la birra. Si pasa, pasa.

Los ayudo a irse de mi pieza con una patada bien colocada en el culo del más chiquito. La Negra (más vieja) la tiene clara y se toma el palo antes. Me siento de vuelta en la computadora y los perros vuelven a echarse. Y ahí viene el momento.

Sale de la nada, como sensación impredecible. Suspendo la lectura, le subo el volumen a Gardel y le doy una mirada al paisaje gris azulado. Hablo en voz alta como loco contento ¡cómo me gusta la lluvia en este barrio!

Tan gigante como eso.

martes, agosto 31, 2010

Las cosas de Barrio Las Flores VI

Residentes y visitantes se prestan las experiencias. En un dar y tomar se intercambian sus respectivos pasados en las veredas del barrio. Apoyan las espaldas en las verjas, reposeras, sillones o en el respaldar del aire y hablan. Intercambian sus lugares comunes acerca de las mujeres, de los hombres, el cuarteto, los autos, el tráfico, la presidente, Tinelli, Talleres, Belgrano, Instituto, Racing, Las Flores o San Lorenzo.

Parece que los Sánchez se van a ir de vacaciones a las sierras este año.

Al viejo de la esquina se le murió un perro. Sí, pobrecito, está destruido. Lo pisó un auto. Pobre. Encima que la mujer… Sí, cáncer. Y… estaba viejita. Pobre, Victor, pobre. Es que por esta calle pasan echando puta. Sí…

La Romina se ha recibido de enfermera ¿te enteraste? Le hubieras visto la cara a la madre. Orgullosa estaba…

Los de la esquina van al Sargento Cabral esta noche. Se juntan en el kiosco a chupar algo, después buscan a las minas y salen nomás.

Escuché que lo asaltaron al Daniel; sí, el de la verdulería. Eran dos. Quince años habrá tenido el más grande. Ya no se puede vivir…

¡Es un varón! ¡La Claudia tuvo un varoncito!

Las mujeres, las niñas adelantadas caminan con los pantalones ajustados. Atraen los pares de ojos, se llevan los silbidos y los piropos para su casa. En la soledad de sus habitaciones, tratan de entender todo lo que recibieron. Tienen edad de muñecas pero ya quieren jugar a la realidad. La doña barre la vereda por no llorar. Otras planchan, lavan, retan a los críos, se preocupan por todo, escriben el pizarrón con tiza, ven la novela, discuten la novela, sufren la novela, juegan a la novela. Juegan a la canasta, toman vino blanco, hacen el amor, culean, laburan, duermen y despiertan.

Los guasos atienden las despensas, patean una pelota en la plaza, andan en bici, se escavian en la esquina, aprietan con las guachas, hacen los deberes, pizzas y lomitos, lavan el fiat uno y el 147. Comparan celulares, se acomodan la gorrita, chorean zapatillas, manejan bondis, silban una de La Mona, van a la facultad, cambian el cuerito de la canilla, miran cualquier partido, escriben textos para radio, hacen el amor, culean, laburan, duermen y despiertan.

Acá pasan cosas. A ver, el tiempo pasa, eso es innegable. Se nota en los codos de las viejas, en las arrugas del Quique, en la pintura de las paredes, en los perros que ladran afónicos. Pasa. Transcurre. Al calendario no se lo puede detener. Las hojas se caen todos los días y la gente se acomoda como puede.
Pero el tiempo, o mejor dichos LOS tiempos van en otra velocidad. Es como que el barrio tiró el ancla en su tierra. El suelo, a veces blando como la arena, otras duro como la arcilla, juega con la barriada, estirando el paréntesis del tiempo.
¿¡Cómo les puedo explicar que acá todavía hay reposeras en las veredas?! Que los viejos de Ejército juegan al tejo en un pedacito de jardín. Que los vecinos me miran a los ojos y me saludan, levantan la mano o mueven la cabeza, me dicen "eh, qué hacé? Cómo andá?" Que a las compras las hacemos en René, o en Walter, o en Los Lentos, o en lo de la Estrella o en donde antes tenían la despensa Los Chicos. Que cuando caen dos gotas el barrio se inunda todo y hay que ver cómo sube el agua. Que los pendejos andan en bici y juegan a la pelota. Que esto no es un paraíso, no es lo ideal, no es un el sueño dorado de casi nadie. Es lo que es y con eso basta. Porque los falsos castillitos de naipes se derrumban con el primer estornudo.

Yo vine y me quedé.
Todavía no soy uno más pero sin dudas no soy uno menos.
No hay moraleja… la historia empieza y termina todos los días.

jueves, mayo 20, 2010

Las cosas de Barrio Las Flores V

René

Domingo de estos inviernos cordobeses, con sol y mangas cortas. El reloj descansaba sobre el mediodía y en la calle el olor a asado tumbaba las amarguras y despertaba los estómagos. Los autos en la calle, las familias visitando a las familias, las risitas, las guitarras, los gritos de alegría, que suben desde los patios y bajan a la vereda.
Yo, solo en casa. Cerca de las dos de la tarde agarro la bici y voy a visitar a mi familia del barrio: los guasos de la pizzería. Cargo un envase de cerveza en la mochila y me voy a lo de René a comprar la birra para no caer con las manos vacías.
Pedaleo los treinta segundos, las dos cuadras que me separan del almacén. En la heladera hay Quilmes (a priori mi primera elección), Brahma y Budweiser, en mi bolsillo $4.75. Pregunto los precios:
- La Quilmes está a $5.25 y la Brahma a $4.75.
- Dame la Brahma nomás.
René busca la más fría y yo, como para cumplir un ritual de charla de almacén, le comento que la otra vez compré en General Bustos, la Brahma a $3.25. Y ahí René empieza su historia, su parte en el asunto, su codo de amigo a amigo:
- Sí, yo voy a bajar los precios la semana que viene. Resulta que viene el preventista, el que me trae las cervezas y me dice "ojo que la cerveza va a aumentar". Entonces yo le digo que bueno, que me deje diez cajones. Ves vos lo que me hace después el hijo de puta, viene a la otra semana con carteles de precio sugerido y me dice que la cerveza va a bajar. ¡Qué guanacos que son estos culiados! Yo le dije que ni mierda voy a bajar el precio, que cuando se me terminen los diez cajones que compré más caros, después voy a bajar yo. ¿Podés creer lo que son estos tipos? Te vienen con el verso del aumento para venderte más y después te caen con otra.
Yo asiento con la cabeza y le digo algo como qué barbaridad. Con el envase lleno en la mano, saludo, agarro la bici y sigo.
Mientras, René nos transfiere a todos su pelea con Brahma y seguiremos pagando más caros los porrones. Habrá que esperar una semana más para beber cerveza a unas monedas más baratas. Igual, la anécdota provocó unas buenas risas entre los guasos de la pizzería. Y la vida es un poco más importante que cincuenta centavos. Por lo menos garpé las carcajadas y comí en familia.

jueves, diciembre 24, 2009

Las cosas de Barrio Las Flores IV

Primeras gotas
segundas gotas
luego incontables.



Corría y corría y corría y corría y corría y corría y corría y cor...



Las viejas
desde las ventanas
mano abierta en los cachetes
"¡las enfermedades!"

Los viejos
agua en las rodillas
las manos abiertas deteniendo el auto que se va, se iba, se quedó.

El río
improvisado
pero río
de la puerta de mi casa.

lunes, agosto 17, 2009

Las cosas de Barrio Las Flores III

Acá, cada vez que llueve, cada vez que el cielo escupe, llora o estornuda, las calles se convierten en ríos o brazos de ríos. “Pedro Inchauspe es un afluente de Bellardinelli”, me dice una vieja mientras barre la vereda rota y despareja. Y cuando el agua fluye mansa, cuando todo se tranquiliza, empiezan a pasar los colectivos y de vuelta las olas, las montañas de gotas que se estiran, se contraen y chocan contra las verjas, las altísimas verjas que tienen todas las casas. Escalones gigantes e innecesarios como el que tenemos en casa o el jardín elevado medio metro.
Este barrio es demasiado barrio.
El anterior no. Ese era un conglomerado de casas y calles con un nombre en común.
Acá, en un mes nos sentimos más vecinos/compañeros con el resto que en un año y medio allá.
Acá tiene sentido sentarse a tocar la guitarra en la vereda, tomar un mate, largar al perro para que huela los postes de luz, las botellas llenas en los jardines, el culo de otro perro (el jefe de la cuadra). No desentona ocupar la calle con presencia. Este es barrio de reposeras, de chismes de la década del ’50, de la famosa inundación del ’64, de muchos sabiendo sobre muchos, del viejo Quique que se asoma para nuestra ventana cada vez que pasa con la bici o del otro viejo que le regaló una flor a la Rocío seguido de algo como “una flor para otra flor”.
Acá estallan los negocios, estalla la vida de ocho a dos y de cinco a diez. Así, de memoria, con el recorrido de las calles que hago en mi cabeza, rápidamente: está el quiosco de la “Estrella” en la esquina, pero ese abre dos veces a la semana (parece que está muy enferma la madre de Estrella). Al frente está el mega almacén de “Los Lentos”, apodado así porque uno va por una tira de pan y se termina tomando una cerveza en la cola por la extrema lentitud en la atención. A la vuelta están “Los Chicos”, otro almacén con verdulería, el favorito de mis dos concubinos que nunca tienen nada, pero son piolas los pibes y recién empiezan. A una cuadra para el otro lado está “René” y sus milanesas de “ternera” a diez con cincuenta el kilo. René es radical, está abierto hasta las once y media masomenos y todo lo agarra con las manos, todo. Y a veinte metros, al frente de la plaza, está el glorioso “Walter”. Walter es una institución en el barrio porque está abierto siempre, SIEMPRE. Ese martes a la noche, cuando te colgaste y querés ir por esa última e innecesaria cerveza y de paso unas salchichas y una tira de pan, bueno, ahí estará Walter o su señora para abrirte la ventana a las tres de la mañana.
También, a tres cuadras descubrimos otro polo importante de negocios: verdulería, ferretería, panadería (nuestro déficit histórico), carnicería, pollería, farmacia, supermercado y una tintorería. Y si la situación lo amerita, a cuatro cuadras está la Avenida Vélez Sarsfield donde todo es igual pero más grande.
Acá tenemos capítulos aparte. Acá tenemos y teníamos una pizzería a la vuelta. Las empanadas más baratas, unas pizzas muy ricas y unos lomitos aceptables, encajaban perfecto con la muy buena onda de los dueños. Empezamos tomando un porrón para la espera del menú y terminé yendo cada vez que me aburría o cuando no quería comer solo. La tristeza de pasar el lunes por el frente y ver que habían levantado todo para “mudarse” a otro lado aún no la supero.
Acá tenemos un clásico: Las Flores vs San Lorenzo. Hace menos de un año que vivo acá pero me gusta el club que se llama igual que su barrio, así que YO SOY HINCHA DE LAS FLORES y a los putos de San Lorenzo le vamos a llenar la canasta el partido que viene. Las canchas están una al frente de la otra, como Racing e Independiente, pero sin primera división, copas libertadores y televisión.
Acá tenemos una banda pirata. Y eso es importante ya que este es un barrio que está bajo la órbita de Talleres. En la zona sur la influencia de los albiazules es grande por la cercanía de su cancha. Un día escuché bombos y canciones en la previa de un clásico. Reconocí las entonaciones y supe que eran celestes pero no me atreví a ir a ver. Con el tiempo conocí a un guaso viajando a Rosario para ver a Belgrano que vive a dos cuadras de casa y que es hincha de Las Flores y de Belgrano (¡como yo, maestro, como yo!). Se juntan en la placita, al lado del taller mecánico y se comen un asado debajo de la pared que reza “Belgrano Corazón”.
Acá me siento muy bien. Estoy enamorado del barrio donde vivo, de la gente, de las calles rotas, de los colectivos hijos de puta que pasan echando puta por el frente de mi casa, de las chancletas que tengo que usar para salir cuando todo se inunda, de los choros del barrio de al lado, del perro que me mea la puerta, de los vecinos del fondo (esos son otro capítulo aparte), del Maxi que vive al frente y de su hermana hermosa que tiene apenas dieciséis años, de Rubén que nos alquila la casa, de las pocas cuadras que nos separan de la ciudad universitaria y del centro, de los gitanos (y estos también serán otro capítulo aparte), de la cancha de paddle de la esquina a la que prometí ir a jugar y nunca cumplí, de las visitas de los que nos quieren, de los amigos con los que vivo.
Acá todavía hay mucho por conocer. ...

Las Cosas de Barrio Las Flores I y
Las Cosas de Barrio Las Flores II.

martes, julio 21, 2009

Las cosas de Barrio Las Flores II



Este es el río
que pasa por mi puerta

martes, noviembre 25, 2008

Las cosas de Bº: Las Flores

Sin quererlo, sin buscarlo, sin esperarlo, un día nos enteramos que teníamos que mudarnos. Debíamos dejar la gloriosa Vinito y Amor para ir a parar vaya a saber dónde. Un buen día (un muy buen día) vinimos a ver esta casa, la que hoy habitamos. Y nos gustó; primero individualmente; después nos fuimos mirando y asintiendo con la mirada. Y "¿queda?", "sí, queda" Y así fue como, resumiendo mucho, terminamos acá, en Barrio Las Flores.
Ya escribiré algo sobre el barrio, la gente, la casa, y otras sensaciones. Pero lo que hoy me convoca a la máquina es otra cosa. El contexto es/fue el siguiente:
Martes; 14:30hs. Creo que debe hacer como 30 y pico de grados de calor. Así que acá andamos con el Juan Cruz en la casa. Yo desempleado y él con horarios a su gusto. Es por eso que andaba deambulando por la casa sin hacer nada. Mi pieza es un asco, la cocina también, el living está desacomodado, y etc; pero con este calor...... Y fue entonces cuando escuché de lejos ese grito tan familiar "heladooooooooooooooooo" Y me dije "nooooooo". Agarré la llave, abrí la puerta y le pegué un grito; algo como "eeeeeh". El viejo frenó y se cruzó. Yo me volví para busar plata. Encontré un billete de $5 y salí. El viejo, con la bicicleta negra, la heladera adaptada al volante y el cartón con los dibujos de los helados, él con el guardapolvo blanco, y atado adelante un cartel escrito con cursiva que decía: "llameme por mi nombre: 'heladero'." Ya no tenía opción: le tenía que comprar sí o sí.
Y así fue. Pagué el "palito bombóm helado" más caro de la historia: $5. Pero este fue un regalo a mi tradición, a mi infancia, a la memoria, y a los recuerdos de aquellos años. ¿Nostalgioso? Sí, hasta el mango.
¡Por favor! Esto me demuestra que hasta los estúpidos martes traen alegrías, por más chiquitas que estas parezcan.