jueves, febrero 26, 2026

El sueño de los héroes

 #CrónicasPiratas: Belgrano vs Atlético


El sueño de los héroes



Acolchonado, plácido, silencioso. Yo dormía el sueño de los justos, un descanso tranquilo y libre de remordimientos, derivado de tener la conciencia limpia. De repente un zamarreo violento me sacó de mi estado: era mi padre. 

—¡Levantate, vago de mierda, dale! 

¿Mi padre? Pero cómo. Si yo tengo familia, hijo. Tardé unos segundos en reaccionar, tenía los párpados pegados de lagañas. Miré la habitación en penumbras. Mi pareja roncaba y el celular vibraba en la mesa de luz. Ni rastros de mi padre. 

Me miré al espejo. La felicidad había dejado huellas en mi cuerpo. Hice pis sentado, como Messi, me lavé los dientes y puse el motor en marcha. La duda me destrozaba por dentro. Miré la hora: 6.30 am, y no tuve más remedio que llamar a mi padre, sabiendo que estaría despierto. 

—Cuchame: ¿vos me zamarreaste hoy, hace un rato, para despertarme?

—Hijo, yo estoy en Rumipal. Eso es físicamente imposible dado que la distancia y el tiempo son nociones…

—... no empecés, por favor

—La física es la única explicación razonable, lógica y objetiva del mundo. La única. —respondió el Doctor en Física. 

—Mirá, lo único que sé es que me desperté porque me zamarreaste al grito de “vago de mierda”.

—... 

—¿Estás ahí?

—Sí, sí. 

Su silencio era claro: siempre me trató de vago, o, en su defecto, en la versión premium: vago de mierda. Me preparé un café, dejé el celular en altavoz con volumen bajo y lo dejé hablar un rato sobre física, el movimiento de los cuerpos, que si bien es imposible, completamente imposible estar en dos lugares al mismo tiempo, hay una rama de la física cuántica que dice que sí existe esa posibilidad y los átomos y las partículas y el gato de Schrödinger y la luz y otras cosas más. Yo tomaba mi café tratando de reconstruir la noche de anoche sin éxito. Miré la hora, despedí al físico nuclear y me dispuse a partir al trabajo. 

La pedaleada no cambió mi estado general de fatiga. Llegué al trabajo, armé el mate y bebí. La paciencia del líquido ancestral fue trayéndome algunas imágenes, todavía difusas. Me hice las preguntas de rigor y saqué conclusiones obvias: anoche había ido a la cancha. Ganamos 3 a 1. Antes de eso habíamos estado en la plaza Cisneros. Habíamos comido asado. Habíamos bebido. ¿Mucho? Y depende de quién lo mire y lo juzgue. ¿Qué pasó después del partido?

El mate hizo lo suyo. Luego de orinar me miré en el espejo, fijo, sin parpadear, pasaron segundos y pude ver mis pupilas y meterme de lleno. La sensación del recuerdo se hizo cada vez más fuerte: sentí mis redes neuronales en pleno movimiento. La imagen de la red en el agua, el pescador que trata de agarrar un recuerdo escurridizo, un recuerdo que no quiere ser atrapado pero que está ahí, lo veo, lo siento pero no lo puedo traer a mi bote, a mi consciente. El pescador soy yo. Estoy empapado. Sudo. Tiro de la red y siento que algo se mueve en ella. Tranquilo, recuerdo, tranquilo, le susurro. No te voy a matar. Agarro el pescado, fuerte, para que no se me escape. Él me mira. Nos miramos y vuelvo a zambullirme en otra realidad, en otra capa, en otra dimensión. Y me veo caminando, zigzagueante. Siento el olor a choripan, el porro, la transpiración de la gente. Se escucha cuarteto, el pibe que canta en Orgáz y Santa Rosa. El griterío. La felicidad. Camino y camino. Busco mi mochila, saludo a los amigos y me voy a la parada del colectivo. Espero, espero y espero. El tiempo pasa y yo espero. Me duermo. Plop. De vuelta otra dimensión. Mis partículas se desintegran. Cuando despierto, el barrio está más silencioso. Quedan restos del jolgorio. No sé bien la hora porque mi celular ha muerto y mi reloj de pulsera está clavado pero la penumbra me dice que es el momento en que la gente bien se va a dormir y salen los murciélagos, los zombies, la ciudad se da vuelta, es la misma pero patas para arriba, gris y tenebrosa para algunos; oscura, secreta y atractiva para otros. A lo lejos escucho el rugido de un motor. Mi colectivo, pienso. Pero el horizonte muestra otra cosa. ¿Es un barco? Desde el fondo de la Colón se ve venir un vehículo marítimo, un barco, un barco pirata, lleno de dementes, que cantan, flamean sus banderas, agitan su sentimiento. Frenan en mi parada. Ven mis colores. Me invitan a subir. Los miro, sonrío y subo. 

Tocan la puerta del baño pero yo no puedo responder. Estoy metido en el subsuelo de los recuerdos, tres dimensiones, tres capas. Hay un cuerpo que se mira al espejo que terminó de mear hace … ¿cuánto? El tiempo no vuela: se arrastra por un terreno de barro. Arriba del barco la dicha es total. Recorremos la ciudad, bebemos, gritamos, practicamos la demencia y nos sentimos cómodos en ella. Las conversaciones o monólogos, que a esta altura es lo mismo, se enredan, la excitación por la victoria, la punta, el invicto, los golazos del Chino, el talento del Mudo, los huevos del paraguayo y uno dice que a estos jugadores habría que hacerles una estatua. Y bastó con que alguno escuchara esa palabra y propusiera reventar algún monumento para tallar la cara de nuestros héroes. Subimos las velas, el viento nos ayudó y dimos vueltas por las desiertas calles en busca de esos próceres de derecha que este país maldito se empecina en recordar. Nos cruzamos con San Martín, Dalmacio Vélez Sarsfield, con el pobre Jerónimo Luis y otros más. Uno propuso reventar a Sarmiento, en la Ciudad Universitaria y se desató la polémica. Votamos. La democracia del barco dictaminó de que no daba para reemplazar el busto volador del primer maestro por Sporle y lo dejamos tranquilo. Ya nos estábamos cansando y en la cornisa de nuestras energías, al pasar por la avenida Julio Roca, un pirata de panza prominente propuso cambiarle el nombre a las calles, dado que esta ciudad estaba llena de fachos, curas y héroes de la derecha. Anclamos el barco y nos pusimos manos a la obra. Del fondo de la embarcación aparecieron los alquimistas del Liquid Paper. Sacaron de una bolsa 400 pomos y se pusieron a mezclarlos con otros líquidos en unas botellas de coca cortadas. El resultado fue una pintura indeleble, blanca y brillante. Uno a uno fuimos interviniendo los carteles que recordaban al asesino de nuestros ancestros. De ahora en más, esa calle infame sería la Avenida Ramiro Tulián, porque los Tulián son todos descendientes de comechingones y sanavirones. Navegamos por toda la ciudad, bautizándola con los apellidos de nuestros héroes futbolísticos. República de China, la avenida careta de los countrys, fue reemplazada, obviamente, por República de Zelarrayán. La excitación era total. Cuando se nos acabaron los apellidos del plantel profesional actual empezamos a visitar nuestra historia y a darles el merecido homenaje. En la famosa intersección de las cinco esquinas, en el norte de la ciudad, mandamos de prepo al Quinteto de Oro: Carrizo, Coria, Peralta, Lucero y García. A la Avellaneda (otro de los infames de la campaña del desierto), calle y puente, lo reemplazamos por el Indio Manzanelli. Atravesamos la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Ida y vuelta. Varias veces. Andábamos por la Avenida 11 de septiembre cuando uno se percató de que nos habíamos olvidado de Metilli. Se hizo silencio. Nadie dijo nada ni propuso nada. Uno de los alquimistas dijo que nos estábamos quedando sin pintura y que solo alcanzaba para un cartel más, así que decidimos usarla para bautizar una insulsa calle pública A de uno de los tantos barrios de Horizonte con el nombre de Cristian Tavio, héroe del ascenso del 2011.

Increíblemente, la noche seguía igual de oscura. Le pedí al capitán del barco que me permitiera descender en el centro para remontar el camino hacia mi casa. La tripulación me hizo una despedida con honores, dispararon un par de salvas de cañón e izaron los pabellones celestes. Fue conmovedor. Me bajé y los saludé emocionado mientras el barco se perdía en el mar cordobés. 




Caminé sin rumbo, un poco desorientado por la nueva nomenclatura de la ciudad. Supuse que Avenida Olave era la vieja Colón por el colegio Carbó y otros edificios emblemáticos. La bebida también contribuía a esa sensación de estar y no estar, la mirada borrosa, una escenografía que sentía conocida pero al mismo tiempo se desintegraba a mis espaldas. Volvieron las preguntas. ¿Qué estoy haciendo? ¿Quién soy? ¿Quién fui y quién seré? ¿Para qué está Belgrano? ¿Para qué estoy yo? Me apoyé en un poste a tomar aliento y a llorar un poco. ¿Por qué mierda lloro?, pensaba, mientras secaba mis lágrimas en mi camiseta Errea. Estaba feliz por Belgrano, sin dudas. Pero sentía un peso insostenible en mis espaldas. Vi un cartelito pegado en el poste, algo de tarot, una tal Sandra. Miré la dirección: la calle, obviamente, no existía más como tal pero sabía que estaba cerca. ¿Atendería a esta hora de la noche? Caminé por lo que supo ser La Rioja, mientras los perros me ladraban y los hombres solos daban vueltas con sus autos. Llegué hasta la esquina de la flamante Cortada de Palestina. Miré el papel, la altura, la puerta oxidada. Dudé y estuve a punto de irme pero el peso era grande y supe que no podía renunciar. Toqué el timbre y esperé. A lo lejos sentí un tac, tac, tac, tac, tac, tac, que crecía en intensidad. Tacos que retumbaban en un pasillo oscuro. Me abrió la puerta una rubia que era tan alta como yo. 

—Hola bebé. ¿En qué te puedo ayudar? Veinte el bucal y treinta el completo.

—¿Sandra?

Ella me miró, me relojeó. 

—Depende. Tengo varios nombres —dijo sin dejar de masticar el chicle. 

—Encontré este papelito que dice que acá tiran las cartas, que pueden adivinar mi suerte —dije, mostrando el volante. 

—Sí, bebé, es acá. Acá tiramos lo que vos quieras. Vení. Subí. 

Tragué saliva y entré. 

El ruido de los tacos en el pasillo se me metían en la cabeza. Estaba cagado hasta las patas e intensamente excitado al mismo tiempo. Subimos dos pisos y entramos al departamento de Sandra. El edificio estaba destruido pero lo que me encontré tras la puerta me sorprendió: una propiedad antigua pero muy bien conservada. Cuadros de todo tipo. Pinturas. Arte. Esculturas. Todo en penumbras. 

—¿Te gusta, bebé? —me preguntó al verme mirar una pintura de una mujer posando. 

—Sí, sí, muy linda —mentí.

—Soy yo. La pintó un amigo.  

—Ah.

—Vení por acá —corrió una cortina y entramos a un sector donde había una mesa, velas, cartas, y una humareda de incienso, sahumerios y palo santo. 

Me pidió que la esperara. Yo me senté. Estaba nervioso, movía las piernas, quería irme y al mismo tiempo quedarme. Volvió a los pocos minutos, vestida con poca ropa. 

—Contame un poquito de vos, amor. ¿Qué te anda pasando?

Tosí, me disculpé y empecé de a poco a desenrollar el papiro de mi vida: arranqué tímido pero luego el dique que contenía mis emociones se destrozó e inundé esa habitación con mis fracasos, mis tristezas, las cosas que me ponían felices, mi familia, Belgrano, las angustias, las dudas, la ira, Metilli, la imbecilidad de la humanidad, Trump, Milei, mis miedos, mi trabajo, mi futuro, mi falta de coraje, mis amores, todo. Ella escuchó pacientemente, sin interrumpirme. Me trajo unas servilletas y me secó las lágrimas. 

—Siento que tengo una careta, que la uso aunque no sea carnaval, que busco cosas que ya no están, sensaciones que se fueron y una ciudad que ya no existe.

—¡Ay, amor, estás hecho un trapo! —exclamó ella, mezclando su voz grave con tono agudo. 

Y procedió a tirarme las cartas. Yo miraba arcanos, fuegos y caballos sin entender nada. Ella asentía, sonreía o hacía gestos de preocupación, rascándose la nuez de adán y yo trataba de interpretar los movimientos de su rostro en la penumbra. Me dijo que tenía muchas cosas por superar pero que estaba por buen camino. Que Belgrano andaría bien este año pero que no me preocupara de más si no salía campeón, que la vida es más, mucho más que un partido de fútbol, que viva el presente pero que no me olvide de que somos un puntito dentro de la historia y que esto sigue, aún después de la muerte y que el coraje no lo es todo. Y luego dijo una frase que ahora, mientras estoy parado frente al espejo del baño, resuena en mi cabeza como el taconeo en el pasillo, como el grito de gol de Uvita Fernández, como la vez que me caí en la bici, como el gemido de mi primer orgasmo, como la vez que alguien me dijo que me amaba, como cuando mi hijo me dice papi, como cuando río, como cuando grito, como cuando canto, como cuando hablo: “hay generosidad en la dicha y egoísmo en la aventura”. 

El golpe en la puerta me sacó de un tirón de los lugares donde estaba. Atravesé dimensiones como si las paredes fueran de papel. La canilla estaba abierta. Mi boca se movió sola:

—Ocupado. 

Sentí los pasos alejarse. Me lavé la cara, me despabilé un poco y supe que estaba listo para sentarme a escribir.


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