domingo, diciembre 30, 2007

Séptima y Octava parte

8

Los dos equipos pidieron un descanso de quince minutos y el Juez (que ahora hacía las veces del árbitro) se los concedió. En esa especie de entretiempo, algunos de los padres de los jugadores del Monserrat, llegaron con cajas que traían indumentaria completa. Botines, medias grises, pantalones grises y…y ahí me enojé. Toda la furia que tenía guardada en mi cuerpo, volvió como un huracán. Empecé a transpirar y mis ojos se pusieron rojos. Los padres de los pendejos de mierda, todos chochos, repartiendo camisetas azules con una banda roja: la camiseta de Arsenal de Sarandí. Encima, de una limusina, se bajó Jorge Burruchaga. Cuando los periodistas se acercaron con los micrófonos, éste se sacó los lentes oscuros y respondió: “me ofrecieron un contrato para dirigir estos diez goles que nos quedan. Tenemos un buen equipo así que creo que todo va a salir bien.” Yo corrí y lo increpé. Le dije que era un hijo de puta. Que él era mi ídolo en los mundiales de Méjico y de Italia, pero que era un pichón de Grondona. Burruchaga no me respondió y la seguridad personal del ahora técnico de los del Monse me sacó a patadas. Yo volví a mi lugar con más bronca aún. Me acerqué a los descamisados y les pregunté si tenían técnico. Me dijeron que no y me preguntaron quién carajo era yo. Les dije que yo me ofrecía a dirigirlos. Que conocía muy bien el juego de Burruchaga. Que confiaran en mí. Que esto era más que un partido de fútbol. Y otras tantas cosas más. Los pibes me miraron con desconfianza y uno de ellos agregó que habían venido muchos como yo, con los mismos versos de siempre. En medio de la charla apareció el pocho y les dijo que yo era confiable, que sabía muchísimo de fútbol y que les iba a comprar un choripan a cada uno si ganábamos el partido. Yo lo miré de reojo, desde mi metro ochenta, al petiso. El subió la mirada y me guiñó su ojo cómplice. Al final, después de debatir, los pibes aceptaron que los dirija tácticamente.
Les pregunté si tenían remeras, para no confundirse. Se miraron y se empezaron a cagar de risa. No se cómo, pero los partidos de izquierda se enteraron y empezaron a caer con camisetas de los partidos y agrupaciones. Los pibes ya estaban acostumbrados al chamuyo y no les dieron pelota. Liliana Olivero se acercó a hablar de la heroica lucha de los más necesitados y yo la mandé a la mierda y le tiré con un balde de uno de los chicos. Al final, decidieron usar los chalecos de los naranjitas, que se estaban haciendo la guita por tantos autos estacionados. Entre todos eligieron el nombre del equipo. Se barajaron muchos: “los guardianes de la mona”, “herederos del Luifa”, “cachi gol”, “la gloria”, etc. Pero todos tenían connotaciones con los equipos de Córdoba, entonces siempre había alguno disconforme. Yo sugerí el nombre de “Revolución Teresín”. Todos se dieron vuelta y me dijeron de que, a pesar de que era el técnico, eso no me autorizaba a hablar pelotudeces. “Además, ¿qué carajo significa revolución teresín?”, preguntó uno. Yo tampoco sabía, pero el nombre saltó a mi cabeza y lo dije sin pensarlo. Creo que lo traje desde lo más profundo de mi inconsciente. Al final, eligieron el nombre de: “Los limpia-vidrios”, ya que la mayoría laburaba de eso.
De reojo lo veía al técnico de los del Monse. Daba indicaciones moviendo las manos, señalando un pizarrón que no sé de dónde lo sacó. Yo agarré un palito y dibujé un cuadrado con dos arcos y dos áreas en la tierra para tratar de preparar alguna jugada. Preparé la alineación titular. Al arco, el de remera de Talleres. Y el resto, por toda la cancha. “Esto es fútbol total”, les dije. El Pies descalzos, el de remera roja, el de la cubana y el de alpargatas, eran la alineación inicial. En tanto que Burruchaga paró un arquero y el resto, todos defensores. Todos con la camiseta de Arsenal, con la propaganda que decía “Grondona, por otros 10 años más.”
7
A esta altura la ciudad estaba paralizada. Los medios transmitían en vivo y en directo el partido y la gente se acercaba masivamente a una plaza que ya no tenía espacios libres. La policía cortó el tránsito a tres cuadras a la redonda. La noticia de este extraño suceso superó las fronteras cordobesas y llegó a los oídos de todo el país. La gente de T y C fletó un equipo de transmisión en vivo para recordarles a todos de que si querían ver algún partido de fútbol por la tele, por más chico que sea, tenían que pagar. Los canales de aire se quejaron y aprovecharon la cercanía de Tribunales para presentar una demanda y un recurso para que los dejaran transmitir en vivo. Uno de los jueces se levantó de su siesta y ordenó de que todos podían transmitir el partido, pero que la repetición de jugadas y el telebeam estaban a cargo de T y C. Con esa parcial decisión dejó a todos felices y contentos; mucho más a los del canal porteño.
Otros dos que se levantaron de su siesta diaria fueron el Gobernador de la Provincia, José Manuel de la Sota y el Intendente de la Ciudad, Luis Juez. El gallego llegó a la plaza de la intendencia en helicóptero, con la custodia de quince guardaespaldas y un asistente personal que le apoyaba la mano en el quincho para que no se volara. Luis Juez llegó, también, casi en el mismo instante. Se bajó de un taxi puteando, diciendo que eran todos unos culeados, que nadie le avisaba nunca nada, que por ser honesto siempre lo cagan. Los guardaespaldas de De la Sota corrieron a algunas personas y desplegaron unas reposeras para que el Gobernador pudiera ver el partido cómodo. Juez, en cambio, se sentó en el piso y le dio diez pesos a un pibe para que comprara un vino y una Pritty Limón. “Sangrión, papá”, gritó el Intendente.
A los pibes parecía no importarles nada de lo que estaba sucediendo afuera de la cancha. Seguían jugando y metiendo goles. A esta altura ya se podían distinguir dos hinchadas. Los de camisa blanca contaban con el apoyo de todo el Colegio Nacional del Monserrat. Estaban, también, algunos integrantes de la U.C.R., muchos promotores y promotoras de productos de última moda y la comunidad de tomadores de cervezas en los portales de los edificios de Nueva Córdoba (la C.T.C.P.E.N.C., en la jerga, conocidos como los “se te pencan”). Los descamisados eran alentados por el sindicato de limpiadores de vidrios, por algunos representantes oportunistas de los partidos de izquierda, por algunos estudiantes universitarios (muy pocos), por alumnos del Colegio Carbó, que nunca perdían la oportunidad de rivalizar con los del Monse, por los vendedores de La Luciérnaga, y por los familiares de los jugadores. De Villa Richardson había varios. De la Villa los cuarenta guasos, había veinte, aproximadamente, porque los otros estaban laburando. Yo no podía decidirme por ninguno de los dos equipos. Me caían bien los descamisados, pero los de camisa blanca practicaban un fútbol más colectivo, compacto, como me gusta a mí.
Las personalidades seguían llegando al lugar y los pibes seguían disputando el partido como si nada. De vez en cuando se quejaban porque la pelota se iba lejos y nadie la buscaba. Yo no podía creer todo esto. Parecía que hacía horas que estaba allí, pero el sol seguía igual de radiante que cuando me senté a descansar en aquel banco, que ya no distinguía por la cantidad de gente que había. El de alpargatas hizo una jugada sensacional que incluía algunas piruetas como saltos mortales y tumbas carneras. Fue un golazo y los descamisados se abrazaban porque decían que, con ese gol, iban ganando 112 a 111. Los del Monse se quejaron y alegaron de que iban empatados. Se armó un barullo tremendo. La cosa se estaba poniendo áspera porque ninguno de los dos equipos aflojaba. De repente apareció otro Juez, con un choripan en la mano, limpiándose el enchastre de mayonesa de con una hoja de la Constitución. Éste determinó de que el partido estaba empatado (que extraña decisión, pensé) y que se jugaría hasta que uno de los dos equipos marcara diez goles más. El fallo fue protestado, pero los descamisados tampoco estaban muy seguros de cuánto iban.

domingo, diciembre 23, 2007

Quinta y Sexta parte

6

Los carritos de choripanes estaban todos en fila sobre la calle Duarte Quiroz. El humo era persistente y tentador. No recordaba la última vez que había comido. Se que había almorzado, pero no tenía ni idea la hora que era. Me fijé si tenía plata y encontré un billete de cinco pesos. Le pregunté a Pocho si tenía hambre y el me contestó que siempre tenía hambre. Le ofrecí un choripan a cambio de que los fuera a comprar mientras yo cuidaba los lugares. Se levantó corriendo y le di dos pesos más para comprar una etiqueta de puchos de los más baratos.
Los dos equipos se juntaron en el medio de la cancha y pidieron a todos que nos corriéramos dos metros más porque así no se podía jugar. No se cuánta gente había, pero éramos muchos. La policía no tardó en llegar. Cuatro móviles de la CAP estacionaron en el medio de la calle. Se bajaron 16 policías con escopetas, escudos y palos. El más gordo de todos preguntó quién estaba a cargo de la manifestación, cuáles eran las peticiones y qué calle íbamos a cortar para desviar el tránsito. Nadie hablaba. Volvió a preguntar, esta vez a los gritos. Entre todos le intentamos explicar que los pibes estaban jugando un inocente partido de fútbol y que espontáneamente nos habíamos acercado a ver. El cana no entendía nada y se estaba poniendo nervioso. No le gustaba para nada que hubiera tanta gente reunida en un mismo lugar. Nos ordenó a todos que circuláramos. Entonces nos levantamos y empezamos a dar vueltas (todos, jugadores incluidos) alrededor de la cancha. Habló por teléfono a su superior (sería un comisario o algo así) y le preguntó si podía decretar un estado de sitio ante la caótica e inmanejable situación que se estaba llevando a cabo en el mismísimo centro de la ciudad. Se ve que el comisario dijo que no, porque el gordo se alteró y le recordó que si había otro cordobazo él iba a ser el responsable. Al final, dejó que el partido continuara, pero llamó a otra docena de móviles de la CAP, con sus cuatro integrantes clásicos en cada uno, para hacer un cordón perimetral por toda la extensión de la plaza. “Para prevenir nomás, no se preocupen, ustedes sigan jugando”, dijo el gordo. Todos los espectadores nos volvimos a ubicar en nuestros lugares.
Con el movimiento de policías y con la gran cantidad de gente que se seguía acercando a la plaza, ahora sitiada, los medios de prensa no tardaron en llegar. Canal doce y canal ocho llegaron con sus camionetas e instalaron varias cámaras en la plaza. Canal diez también llegó al lugar, pero se dieron cuenta que no tenían ni baterías ni casetes. La Voz del Interior arribó con su tropa de especializados periodistas deportivos y con su comando de censura de la información. En tanto que Cadena Tres instaló un equipo de transmisión en vivo para todo el país para desinformar sobre los hechos que se estaban llevando a cabo en la Plaza de la Intendencia. Mario Pereyra instó a terminar con todo este bochinche tirando balas de gomas y gases lacrimógenos y que para frenar toda esta desobediencia había que cortarles la cabeza como a las víboras. Más tarde le informaron de que sus comentarios le habían hecho perder tres sponsors y entonces se corrigió diciendo que era una broma, que la juventud de la clase media tiene derecho a divertirse. Agregó también que para terminar con la inseguridad habría que poner mano dura. Así como lo hicieron Canal Doce, Canal Ocho, La Voz y Cadena Tres, muchos otros periodistas de otros medios de Córdoba, intentaron llegar al lugar, pero se encontraron con un cerco de “seguridad” que les impidió el paso. Les exigían acreditaciones de prensa. Permisos especiales y un billetito en el bolsillo del señor policía.

Quinta

5

Uhhhh, se escuchó. Fue un grito unánime, de ambas hinchadas. Uno de los mejor vestidos mandó la pelota al diablo y le pegó a una vieja que pasaba caminando por ahí. Fui corriendo a ayudarla. La vieja los puteaba a todos, pero se las agarró con los que no tenían remera. Yo le traté de explicar que no había sido adrede. Que son chicos. Que se están divirtiendo. Y la vieja dale que dale. Que pendejos de mierda, que por qué no van a laburar, que voy a llamar a la policía. Yo la miré y la invité a irse a la puta madre que la parió. Superado el incidente, volví a mi lugar.
Me costó ubicarme porque cada vez había más gente. No se cómo se habían enterado, ni por qué seguían viniendo. La cuestión es que la plaza se seguía poblando de personas. Adentro de la cancha era un espectáculo. El pies descalzos seguía haciendo lujos. Trasladó la pelota con el hombro por cinco minutos mientras las patadas volaban para sacársela. Uno de los del Monse le tiró tres caños en una misma jugada al otro que estaba en cuero y que tenía un tatuaje muy bien hecho de La Mona.
El partido se puso vibrante. Las emociones en cada arco no daban respiro. Una llegada era devuelta con otra. Un gol en un arco se sufría en el otro. Si alguien hacía una hermosa chilena, otro respondía con una chilena aún mejor. Casi ninguno de los jugadores daba pases normales. En un momento los descamisados se pusieron a hacer rabonas. No se por cuánto tiempo, pero yo me debo haber fumado tres puchos. Los mejor vestidos no se intimidaron y empezaron a jugar por los aires. Cabecita va, cabecita viene. Uno, dos, tres, quince toques de cabeza entre todos los jugadores para terminar marcando un hermoso gol…de cabeza. Lamenté que no estuviera Juan. Hubiera sido la mejor oportunidad para demostrarle que el fútbol todavía me apasionaba, pero que ir a la cancha ya no era lo mismo.
No sabía el tiempo que llevaban jugando. Tampoco sabía el marcador. Me di vuelta y lo vi al pibe durmiendo; recostado panchamente. Decidí no despertarlo. Pero se levantó asustado cuando todos gritaron un nuevo gol de los descamisados. Aproveché para preguntarle cuanto iban pero me dijo que se había perdido, que la última vez iban ganando los del Monse treinta y cinco a treinta y dos. Me pidió otro cigarrillo. Se lo di, vi que me quedaban pocos y lamenté no haber tenido otra etiqueta en el bolsillo.
El juego siguió. Algunos ya mostraban signos de cansancio y empezaron los cambios. Para el equipo de los descamisados entró un flaco de musculosa y alpargatas y otro con un gorro de Belgrano. En el Monse entraron tres con camisa blanca y salieron tres con camisa menos blanca. Con piernas menos cansadas, el partido recobró vitalidad. A veces nos teníamos que correr todos porque se jugaba fuera de los límites de la cancha. Los pibes corrían y corrían detrás de la pelota. Las peleaban todas. En los bancos de la plaza. Arriba de los árboles. En la calle. En las sendas peatonales. Por ahí la robaba uno y se volvía corriendo con la pelota de vuelta a la cancha a tratar de marcar un gol ya que los arcos estaban vacíos. Se seguían matando a goles pero, a esta altura, ya nadie sabía cuanto iban.

sábado, diciembre 15, 2007

Tercera y cuarta parte

4

El rubio de camisa blanca se la tocó al otro rubio de camisa blanca y empezó el juego. Muchos toques abajo. Precisión con la pelota y cabezas levantadas eran la característica de los de camisa blanca. Los descamisados presionaban pero no le podían sacar la pelota. No se cuántos minutos pasaron, pero el primer gol lo convirtió uno de zapatillas Nike. Agarró la pelota en la mitad de la cancha. Se la tocó a uno que tenía la corbata atada como bincha. Este se la devolvió de taco y el otro remató con mucha violencia superando la estirada del de remera de Talleres, que estaba al arco. El gol fue muy festejado por un grupito de chicas con camisa blanca y corbata del Monserrat, que estaban detrás del otro arco. Yo las miré con un cierto resentimiento. El pibito agachó la cabeza, la movió para los costados y murmuró un insulto. La reacción no se hizo esperar. Los descamisados armaron una jugada tremenda. Uno de remera roja, que jugaba descalzo, pasó a dos jugadores rivales y se largó a correr para el arco rival. De repente se frenó y observó que los había dejado tirados en el piso. Pisó la pelota, pegó marcha atrás y se puso a bailar en la cancha. Los de camisa blanca no se la podían sacar. La tiene atada, pensé, pero ni siquiera tenía zapatillas. Cambié de frase y me dije que la tenía pegada. Me reí solo y el pibe me miró con cara rara. Mientras, el de remera roja, seguía con la pelota. Ayudó a levantar a los que había dejado tirados en el piso y aguantó el balón en la cabeza. Después la volvió a poner en juego y los volvió a pasar. No se cuánto tiempo tuvo la pelota en los pies, pero el semáforo de la calle Duarte Quiróz cambió tres veces. Al final, después de pasar a todos dos veces, incluido a uno de su propio equipo, el pies descalzos se paró al frente del arquero, lo miró fijo, cerró los ojos y pateó con mucha violencia enviando el balón lejos, muy lejos del arco. La pelota pegó en una baranda de La Cañada, se salvó de milagro de que la pisaran y quedó en un lugar alejado de la plaza. El pibe hizo los mismos gestos. Cabeza gacha, indignación y me dijo que el negro siempre hacía lo mismo. Los pasaba a todos, pero como jugaba descalzo, nunca aprendió a patear al arco. Metía más goles de cabeza que con los pies, sentenció el pibe. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que en la villa nadie tiene nombre, o por lo menos nadie los usa. Su apodo era pocho. Abrí la segunda etiqueta de puchos y le ofrecía a pocho otro más. “No, gracias, estoy dejando”, me respondió. Yo me puse el cigarro en la boca, sonreí de costado y seguí viendo el partido. Levanté la cabeza y vi a los de blanco abrazándose. Uh, otro más, pensé. Pero pocho me dijo que iban tres a tres. “¿Cuándo metieron tantos goles?”, le pregunté. “Recién, ¿no los viste?”, me dijo. Levanté los hombros y seguí fumando.
El sol seguía igual de fuerte, pero teníamos sombra como para dos días más. Le dije a Pocho que me cuidara el lugar, aunque no hubiera nadie para ocuparlo. Me levanté y me fui a mear porque parecía que hacía años que estaba sentado ahí. Me metí en los baños públicos de la plaza. Traté de respirar por la boca porque el olor era insoportable. En una de las paredes del baño estaba escrito con birome: “Aguante los limpia vidrios. Monse no existís.” Había una fecha, pero estaba tapada con otra inscripción hecha con aerosol que decía “Aguante la mona.” Se ve que tenía muchas ganas de mear porque tuve tiempo de leer casi todo lo que estaba escrito en las paredes. Las clásicas “el futuro está en tus manos” o “no se droguen, somos muchos y hay poca.” Y otras más ingeniosas: “si no tenés pito para qué entrás acá???” , y una que me causó gracía: “acá debuté ió.” Me subí la bragueta y salí del baño pensando en lo feo que debe haber sido debutar en ese juntadero de bosta y de meada.
Volví para la cancha acomodándome el pantalón. Me sorprendió ver tanta gente. Pocho me miró y me dijo: “eh, al fin, casi te ocupan el lugar”. “¿Tanto tiempo estuve en el baño?”, le pregunté. “Vamos ganando siete a seis”, me dijo. Yo no entendía bien qué carajo estaba pasando. Había como treinta personas disfrutando de la sombra que antes era sólo nuestra. Miré para mi izquierda y vi que se estaban instalando dos carritos de venta de choripanes. Un negro con delantal blanco estaba agachado haciendo viento con un pedazo de cartón para que agarren fuego un par de carbones. Miré para la derecha y observé que los descamisados ya tenían una hinchada importante. Eran unos veinte, pero gritaban y alentaban a lo loco. Alcancé a ver a cuatro vendedores de la luciérnaga, dos vendedores ambulantes y varios pibes limpia vidrios. Pocho me dijo que el de remera azul era su hermano. La hinchada del otro equipo también tenía lo suyo. Unas treinta personas se acomodaron detrás del otro arco. Tomaban mate, Coca Cola, gaseosa Ser. Un grupito de pibes alentaba. Algunas de las chicas seguían como embobadas el desempeño de sus chicos. Mientras que otros afinaban y sincronizaban los ring tones de sus celulares para demostrar su aliento incondicional para con su equipo. Cada uno con lo suyo.
3

No se si fueron minutos o segundos, pero sentía que había dormido. El sol se filtró por las hojas del árbol y me daba en el cachete izquierdo de la cara. Abrí los ojos y tuve que frotarme un largo rato para volver a distinguir los colores de la realidad. A simple vista todo parecía igual. Pero yo lo sentía diferente. ¿Me dormí?, pensaba. Miré el reloj y era una sola mancha de humedad. Habrá sido el calor o la transpiración, pero sin dudas no funcionaba más. No tenía idea alguna del tiempo que llevaba allí sentado. Para mí había sido un abrir y cerrar de ojos. Los árboles eran los mismos. La gente caminaba en la plaza, apurada, como siempre. Algunos valientes tomaban sol. Me di vuelta y el tráfico seguía igual; deshumanizado, veloz, fugaz, enojado, avasallador. Me sentía raro.
Puse mi mano sobre mi frente para hacerme visera y ver un poco más lejos. En la canchita de la plaza, unos pibes se disponían a iniciar un partido. Con este sol, estos están locos, pensé. Cuando me senté no recordaba haber visto a nadie con una pelota, y ahora parecía que ya había dos equipos.
El sol había cambiado de posición y la sombra de ese viejo árbol ya no me servía. Aproveché para cambiar de lugar y de paso me ubicaba cerquita de la cancha. El edificio que está en el medio de la plaza cubría un enrome espacio con una mancha de sombra. Me senté en el pasto esperando el comienzo del partido. Me di vuelta para ver el reloj del Palacio Seis de Julio de la Municipalidad. Pero se ve que estaba roto porque seguía marcando que faltaban 112 días para el año 2000. No sabía la hora y quería llegar temprano a casa para evitarme un reto de mi mujer. Los pibes empezaron a los gritos discutiendo quién sacaba.
Sentado en el palco preferencial, seguí escuchando las discusiones. Claramente había dos equipos. Unos tenían camisas blancas con corbata del Colegio Monserrat. Los otros, no tenían indumentaria. Algunos estaban en cuero. Otro tenía una remera roja. Un petiso usaba una remera de Talleres, con una propaganda en el pecho que decía Martí Intendente. Me causó gracia pensar en la presentación del encuentro: “Los de Camisa vs Los Descamisados.” Y era más o menos así.
Un petiso, que parecía pertenecer al grupo de los sin camisa, se me sentó al lado y me pidió un cigarrillo. No debía tener más de trece años. Se lo di y le ofrecí fuego. Me dijo que no y sacó una cajita de fósforos. Le pregunté por el partido y me contestó que los “chetos estos les habían hecho partido para definir una pica que viene de mucho tiempo atrás”. Me contó, además, que jugaban siempre, todas las semanas. No se si era por el sol, pero no me acordaba qué día era. Sabía que había ido a laburar, así que ni sábado ni domingo podían ser. Le pregunté al pibe y me dijo que no tenía idea, pero que estaba seguro de que estábamos en primavera.
Apagué mi último pucho en el césped y me recosté apoyando las dos palmas de mis manos en el pasto para sostenerme. El pibe me miró, tiró su cigarrillo que estaba a la mitad, e hizo lo mismo. Observé que la pelota estaba en el medio de la cancha y que los dos equipos estaban cada uno en sus respectivos arcos. Quizás preparando alguna estrategia. Quizás arengándose. Quizás planeando alguna patada. No lo sé. Se escucharon algunos gritos y todos se pusieron en sus posiciones. El saque le correspondió a los del Monserrat ya que aludieron que la pelota era de ellos y sino sacaban se la iban a llevar. El pibe de al lado mío me codeó y me dijo “siempre hacen lo mismo estos chetos.”

viernes, diciembre 07, 2007

¡Seguuuunda! (qué quilombo leer al verre)

2


Esa tarde había salido temprano del trabajo. Mi jefe me dio una licencia por dos semanas y me mandó sin falta al odontólogo. Hacía ya tres años que trabaja en Arcor como catador de caramelos. Eso era toda una contradicción para mí. Una más que se sumaba a mis locuras cotidianas y a otras que arrastraba desde hacía mucho tiempo. Yo, el comprometido, el militante, el coherente, el que había laburado en la G.L.A.L (Golosinas libres para América Latina) durante tantos años en la facultad.
Mi vida había tenido momentos buenos y momentos muy malos. Cuando la paranoia atacaba a mi cabeza, el fútbol funcionaba como oasis. Yo iba a mi escalón de la tribuna, me prendía un pucho y me quedaba viendo la reserva. Al lado mío tenía una mujer hermosa, de fierro, una compañera inigualable. Pero había cosas que ella no podía entender y no era justo que la volviera loca con idioteces que no tenían nada que ver con nuestra relación.
En los momentos en que todo iba mal, el fútbol era mi río fresco en un día de calor. Ya sea jugando, mirando, yendo a la cancha, o leyendo. En fin, en todas sus vertientes. Cuando pasó lo de Arsenal, hace ya dos años y monedas, perdí mi oasis, ese abrazo necesario, esa mano que me frotaba la espalda, esa complicidad hermosa.
Hacía calor. En Córdoba el calor tiene su particularidad: es insoportable. Imagino que será así en todo el país. Los cincuenta grados en el norte, la humedad de Santa Fe, el asfalto de Buenos Aires. Me puse a caminar por el centro, buscando algún lugar donde sentarme tranquilo a fumar un cigarrillo, tomar algo fresco y pensar, seguramente, en todo lo que había hecho y desecho en ese día. Necesitaba un poquito de sombra. Las axilas desprendían un olor intenso y la transpiración era ya imposible de disimular.
En este año último había ido unas veces a la cancha, pero ya no era lo mismo. De aquel oasis de seguridad que me brindaba el fútbol, solo me quedaba una parte pequeñita. Ya casi no iba al Gigante de Alberdi a ver a Belgrano. Me mantenía informado de los resultados. Festejaba las victorias, pero siempre había excusas para mis amigos que aún continuaban yendo. Esa partecita que quedaba eran los chicos, los pibes, los nenes. A veces me pasaba horas mirando a los petisos jugar a la pelota con una inocencia total. Me volvía del trabajo, caminando. Alargaba un poco y pasaba al frente de un potrero donde siempre había alguien pateando. Me sentaba y los miraba. Me pasaba horas ahí. Los pibitos me ignoraban y seguían corriendo y gritando y jugando como siempre. Jugando. Ese verbo hermoso. Esa palabra que ya de grandes no usamos más. Porque crecer significa dejar de jugar, dejar de divertirse, dejar de joder. A esos nenes, nada de eso les importaba y movían la pelota con una sonrisa en la cara. A veces se agarraban a las piñas, pero a los cinco minutos ya eran todos amigos. Mirar esos partidos me hacía acordar a los partidos que jugábamos en mi barrio, en mi cuadra, en nuestro potrero. Con mi hermanos, con mis primos, con mis vecinos. Las zapatillas rotas y la felicidad plena.
Ubiqué el banco con más sombra en la Plaza de la Intendencia. Me desprendí la camisa y quedé en cuero. Me saqué los zapatos, las medias y me arremangué los pantalones. Ahora sí parecía un ciruja. Prendí un pucho y tomé un sorbo de coca cola. El sol picaba fuerte, pero la sombra y el viento pegando en mi transpiración me otorgaban una especie de satisfacción. Cerré los ojos un rato y empecé a imaginar, a recordar.

(continuará...)

miércoles, diciembre 05, 2007

Se viene la primera

“y así vamos, corriendo tan lento como el verbo lo permite por esta gran curva que por larga parece recta, y nos deposita, tiempo después, cansados y maltrechos en el mismo lugar. Todo fue muy rápido y no hubo tiempo para pequeños milagros que decían a gritos llamarse felicidad. Todo fue muy rápido, y yo me senté a esperar.”

Uno de cordobeses
1
Las palabras de Juan todavía me resonaban en la cabeza: “¿Qué pasa, Ángel, ya no vas más a la cancha?” Era verdad lo que me decía mi amigo. El fútbol ya no era lo mismo para mí desde el trágico día en que Arsenal de Sarandí ganó la Copa Intercontinental. Lo del campeonato de primera división era duro, pero me dije que había sido pura suerte. Que Grondona movió los tentáculos y jugó sus últimas cartas antes de su retiro de la AFA, a los 80 años de edad. Cuando ganó la Libertadores de América arranqué con el alcohol. Pasé muchas noches borracho. No entendía cómo había pasado para que el antifútbol de Sarandí hubiera ganado la copa. La mejor excusa que se me ocurrió fue la de que Grondona era vicepresidente de la FIFA y que su influencia sobrepasaba las fronteras argentinas. Además, a los europeos no les importaba una mierda el fútbol de Sudamérica. Con la marihuana empecé hace dos años, en junio. Arsenal empataba cero a cero con el Arsenal de Inglaterra y triunfaba por un tres a cero en los penales. Claro, los ingleses no habían practicado tiros desde los doce pasos. Asumían que ganarían en los noventa minutos fácilmente.
Desde aquel triste día de junio, dejé de creer en el fútbol. Empecé a ir al psicólogo. Éste me recomendó que, en primera medida, dejara la marihuana y en segunda medida, que dejara paulatinamente el alcohol. Así fue que arranqué con un programa de rehabilitación que incluía comida sana, jugo de naranja, nada de drogas y alcohol, de paso me hicieron dejar el cigarrillo y, por sobre todas las cosas, no ir más a la cancha. Funcioné bastante bien el primer año. Me mantuve limpio. En la clínica me autorizaron a volver, lentamente, a los asados con papas fritas, al vino tinto y a la cerveza, con moderación. Me recomendaron no volver a los porros y me prohibieron terminantemente volver a las canchas.
Fue el mes pasado que Juan me dijo esas palabras. Yo, igual, no había seguido las recomendaciones de los doctores; y no sólo me había fumado unos porritos, sino que también había ido a ver una docena de veces a Belgrano. Era una emoción inmensa, inexplicable, la de volver a la cancha; cantar; aplaudir al equipo; tirar papelitos… todo el folclore. Lo triste era que todas esas imágenes de aquel junio, volvían a mi cabeza como una pesadilla sin resolver. Y los veo a esos hijos de puta de los japoneses entregándole la copa al capitán de Arsenal. Y vienen con la llave de la camioneta Toyota, y no saben a quién dársela, porque la llave es para el goleador, y ese equipo no mete goles, porque no juega al fútbol, porque no arma jugadas, porque los pocos goles que hace son de pelota parada. Y los japonesitos se la dan al técnico, a Burruchaga, que tiene firmado un contrato de por vida. Y ya no queda casi nadie en la cancha. Porque los nipones son unos boludos felices, pero se dan cuenta cuando un partido es malo. Y el festejo de Arsenal de Sarandí que no me lo puedo sacar. Y por qué carajo tuvo que pasar eso. Y por qué mierda salió campeón Intercontinental ese equipo del orto. Y por qué no te vas a la puta que te parió, vos Juan, que me cuestionás y de paso vos, Grondona, mafioso y matón de aquellos y de paso, Burruchaga, Esmerado, el pulpo González, Limia y todos esos que ahora levantan la copa y que… ¡¡¡GOOOOOOOOOL!!! ¡Vamos Belgrano! Golazo. Un gol hermoso. Y esos eran los únicos momentos, cuando gritaba un gol, en los que me olvidaba de Arsenal. Del Torneo Apertura que ganaron con 16 goles a favor y 5 en contra. De la Libertadores, en la que pasaron todas las fases por penales. Y me olvidaba también, aunque fuera por solo unos minutos, del festejo en Tokio.
Sí, lo sabía, a pesar de los años que pasé visitando psicólogos, la cuestión seguía irresuelta. Psicoanálisis, Lacanismo, Gestalt, y todo tipo de terapias, para “curar” este mal. A veces sentía que mejoraba. Pero había días en que la imagen volvía como mazazo a la inocencia de una pelota que rueda, con pique falso, por un potrero de tierra quebrada y seca.
(continuará...)

martes, noviembre 27, 2007

PROPUESTA LITERARIA

A los pocos que entran al blog:

Les propongo una cosa, a ver qué les parece. Paso a explicar: toda esta cuestión de la internet, el blog, el google, y la madre que las parió, está muy bueno, todo muy bonito, pero la realidad es que casi nadie lee las cosas porque la pantalla es una cagada y no se acerca ni a palos al placer de la lectura en papel y no todo el mundo tiene acceso a internet, y tantas contras más. A pesar de todo quiero ver si se le puede dar algún tipo de dinamismo a la cuestión.
Hace mucho escribí un cuento que está dividido en once partes (capítulos, pedazos, como quieran llamarle) y un par de gentes lo ha leído y les ha gustado. Es largo, por eso no lo he posteado nunca. Entonces he aquí la cosa: si ustedes quieren, si por lo menos 3 personas así lo desean, dejando en un comentario su aceptación, yo postearé un capítulo por semana y podemos hacer de este espacio virtual algo un poco más copado. Espero haber sido claro. Pero por las dudas repito: si 3 o más dejan un comentario, empiezo a postear el cuento, sino no, y sigo con alguna otra cosa. Esto no es sólo para cambiarle la cara a esta forma del blog en el que uno postea y no tiene ni una devolución y nunca hay diálogo. En fin, me fui por las ramas. Esperaré, como siempre, algo.
Abrazos a todos:

seba

martes, noviembre 06, 2007

.....bla.......

Camino. Deambulo. Merodeo las calles en busca de nada, deseando encontrarlo todo.
No tengo rumbo fijo. Hoy, como tantas veces, mis pies se mueven a tientas de un estado de ánimo rutinario. Doblo en una esquina conocida a la que he olvidado su nombre.
Paso por una plaza que una vez fue un cuento de alegría. La miro y vuelvo a escribir esas palabras en mi cabeza. El día es hostil...el viento...la llovizna tenue...el sol ya no está...la gente tampoco. Me detengo unos segundos y veo a los personajes de mi historia tirando caños y gambetas. La plaza desierta.
Sigo. Camino sabiendo que quisiera correr. Me siento una montaña de pólvora...una guerra que nunca estalla...un barrilete sin hilo...un cordón desatado...una mirada fría...un llanto sin lágrima...una película sin final...una copa sin brindis.
Camino. Pienso para no pensar. A veces quisiera fumar. Me agarran esos deseos de sostener un cigarrillo entre mis dedos y delegarle a la nicotina, al tabaco, toda mi atención. Dar una pitada para pasar los eternos minutos que se me van entre tanta nada.

lunes, octubre 22, 2007

TERCER DOMINGO DE OCTUBRE


¿Me querés? –pregunta la vieja.
¡Por Dios! Yo no sé si esas ridiculeces se le ocurren ahora, que los años se empiezan a notar en el espejo de sus hijos. Mi mamá tiene esas cosas. Con una pregunta directa, de obvia respuesta, trata de lograr una expresión en mí, un gesto que tape mis dos décadas y media de silencios, mutismos, esporádicos gestos. Stop. Corrijo. Suponiendo que aprendí a hablar a los…, no sé, ¿dos? ¿tres años? (¿cuándo fue, mamá? Vos seguro que sabés) Y que mis primeras palabras no deben haber sido demasiado razonadas. Bueno, cierro en una década y media. Prosigo.
¿Me querés? –pregunta la vieja.
Lo que pasa, mamá, es que yo no funciono así. Ni siquiera sé muy bien cómo carajo funciono. Sé que tu pregunta esconde el deseo que yo venga, de la nada, y te diga que te quiero mucho, y vos me vas a preguntar “¿hasta dónde?”, hasta el cielo, mamá; como cuando era chico ¿te acordás? Siempre me decías que era un chico muy cariñoso con la gente y que de un momento a otro dejé de serlo. ¿Por qué pasó eso, mami? Vos me conocés de arriba abajo, de izquierda a derecha. Y a veces nos separa un mar, o un arroyito que parece minúsculo pero imposible de cruzar. Vieja, te quiero hasta el cielo. “¿Hasta dónde?”, le preguntás a ese rubio flaquito que soy yo hace muchos años. Hasta el cielo. “¿Hasta el cielo nomás?” Bueno, hasta las estrellas. Y mucho más. Lo sabés. Pero querés que te lo diga.
¿Me querés? –pregunta mi mamá.
Me hacías la leche en el jarrito de loza azul, ese que era chiquitito y que alcanzaba para dos tazas nomás. ¿Te acordás? A mí me gustaba la taza amarilla, y a la Luciana también. Y vos nos arreglaste a los dos y conseguiste que cada uno tuviera una amarilla. Y fin del asunto. Ojalá. Después quería la verde. Y de vuelta a recuperar la verde. Me curaste las rodillas mil veces. Esa bici roja me acompañó hasta el final de mi infancia, y vos también, y mucho más. Los años pasan. Y no te das cuenta que de un día para el otro tus hijos, el fruto del amor, tienen que volar, hacer sus vidas. Y las cosas, vieja, no van a ser como vos querías, porque ahora decidimos nosotros ¿entendés? Pero creeme, mami, que ponemos todo para que vos estés orgullosa de nosotros. Porque nos pone feliz verte sonreír. Porque tu felicidad es nuestra vida. Y vos sos mi orgullo porque sos mi mamá, mi vieja.
¿Me querés? –pregunta la gorda.
Y todavía no entiendo, hoy que han pasado años de ese apodo, que te siga molestando tanto. ¿No ves que te lo decimos, en parte, por cariño, y en otra porque nos encanta hacerte enojar? ¡Es que es tan fácil! Y a vos gritar no te cuesta mucho. Pero no te preocupes porque para mí siempre vas a ser mamá, mami, o má. Y esas dos letras bastan nomás para que vos vengas corriendo a mi socorro cuando vuelo de fiebre y me caigo al piso porque deliraba con la temperatura ¿Te acordás, vieja? Maaaaaaaa, gritaba desde la pieza, quiero esto, aquello, y eso otro; y vos dejás todo para que yo tenga una sonrisa en mi cara, para que yo no me enoje, porque a vos te brillan los ojos cuando yo estoy feliz, lo sé, lo veo, lo siento. Y hoy, todavía, a pesar de que ya soy grandote de cuerpo, pero niño en tantas cosas, seguís detrás de mí, en silencio, tratando de no decirme lo que tenés ganas de decirme porque yo, al igual que antes, me enojo. Y a veces parece que mis momentos de felicidad se agotan y que no tengo nada para darte. Con una sonrisa vos estás hecha y yo tantas veces ni siquiera puedo dártela. Y a vos no te importa porque a pesar de todo, vos estás orgullosa de mí, de tus hijos. Y sé que quisieras que fuéramos el uno para el otro pero antes de eso tenemos que ser el uno para el uno y superar tantas cosas, tantos silencios. ¿Me querés? –pregunta la mami.
Me enseñaste a cruzar la calle, a sumar y a restar, a comer helado, a rezar, a atender el teléfono, a sonreír, a ser lo que soy, a andar en bicicleta, a no faltar el respeto, a comer con la boca cerrada, a no limpiarme la boca con el mantel, a no eructar en la mesa, a leer y escribir, a soñar y miles de cosas más que no me alcanzarían las palabras para nombrar. Muchas las lograste a pesar de que siga eructando y que vos me grites. Mami: me enseñaste a ser lo que soy. Sos mi vida. Con mis fallas, mis defectos, y las virtudes que tengo y que tantas veces niego, por miedo, por timidez, soy esto que ves. Mi corazón tiene mucho que ver con el tuyo. ¿Entendés? Y vos me preguntás si te quiero… y me doy cuenta que tendría que decirlo más seguido.
¿Me querés? –pregunta la mamá.
Y a esa pregunta desesperada que me tirás muchas veces las respondo con frialdad. Perdón. De vuelta, perdón. Mamá, por supuesto que te quiero. Hoy más que nunca. Hoy que ando a los tumbos por mis días. Hoy que ya no compartimos el mismo techo. Hoy que lloro, en parte por dolor, y en parte por felicidad, por saber que también puedo amar, que no soy una piedra, como en algún momento pensé. Estas lágrimas, las mías, y las tuyas, son el reflejo de todo lo que siento, lo que sentimos. Si vos no estuvieras yo no sé que haría. No quiero ni pensarlo. Te quiero tanto, tanto, tanto. Feliz día mamá. Hoy, y mañana, y pasado. Todos los días de tu vida, que es la mía.

¿Me querés?
Sí, mami, hasta el cielo. Y si me olvido de decirlo nunca dejes de preguntarme.

Feliz Día de la Madre.

lunes, octubre 15, 2007

Magdalena, o a quien corresponda.

Magdalena, piensa. Levanta la cabeza, la baja, y, Magdalena, vuelve a pensar. Su nombre, sólo eso, las letras que lo componen: la M mayúscula, un par de a, y otras consonantes más. Y de vuelta. El nombre que pasa volando una y otra vez hasta que se detiene. Con él vienen atadas un montón de imágenes. Javier vuelve a intentar lo que sabe que no va a conseguir: dormir. Cierra sus ojos, fuerte, muy fuerte, poniéndole esfuerzo a algo que no funciona de esa forma. La idea es descansar, relajarse, y el dormir cae solo, y quizá los sueños. Pero de lejos siente. De vuelta. Una imagen chiquita, menos chiquita, cercana, a punto de rozar, y de vuelta. La M mayúscula (o minúscula) y las letras que le siguen. Y todos esos recuerdos.
Javier se da vuelta y respira la pared. Si hubiera sido todo más simple, piensa, y dice en voz alta, pero en su cabeza. No dice. Se acostumbra a no decir. Una caminata agarrados de la mano; una caricia en el momento justo; una caída graciosa corriendo el colectivo; un grito; una mirada; el río que nos observa y nada más; una mirada; y otra; y otra; y tus ojos que me miran y me aman, y quiero sentir eso, piensa, Javier. Piensa y desea. Mejor pienso en otra cosa, se dice así mismo; sí, mejor eso, se contesta. Y así no va más, no, no va más. Quiere dormir, Javier. Necesita dormir y todo el resto: descansar, relajarse, y soñar. Quiero soñar, piensa, intenta convencerse, obligarse. Y cuando está por pensar en otra cosa, producto de esa cadena veloz de imágenes, fotos en movimiento, frases, sonidos, viene otro y ¡tuc! Como un tincazo en la frente viene esa caminata, que puede ser la misma de recién, pero no. No, no es la misma, pero todo parece parecido. Un abrazo que se siente a través de las sábanas. Los brazos que me agarran, que no me dejan caer, que te quiero, que nunca pensé que volvería a sentirme así, recuerda Javier, escucha la voz de Magdalena. No llores, che; lloro de alegría. Javier transpira. Se da vuelta para el otro lado; ya no respira la pared, respira un aire que no le gusta, que no lo llena, que entra en todo ese vacío que siente, que duele en la garganta, en el pecho. ¡Tuc! Otro recuerdo más. Los olores de aquel verano. Javier suda y hace fuerza para cerrar los ojos. Duele. Me duele, dice Javier. Piensa. Ambos coincidimos, piensa, que con el amor no bastaba, que no era suficiente, ¿por qué? No entiendo. ¿Por qué? Grita pensando, Javier. Y sigue: ahora a la distancia (una distancia de miles de kilómetros a pocas cuadras) ¡tuc! ¿por qué no bastaba con el amor? ¿cómo, en el nombre de Dios, o lo que fuere, pudimos llegar a decir eso, Magda? Una lágrima, una sola, chiquita, salada, que se escapa de la presión de esos ojos secos y tristes, recorre el pómulo derecho de Javier, para pasar luego muy cerca de su nariz, y llegar hasta sus labios, para luego secarse en su barba. ¿Dónde estará?, dice Javier, en su cabeza. ¿Qué estarás haciendo? ¡Tuc! Y la ve. Jura que la ve. La imagina durmiendo. Tranquila, como casi siempre que tenía que dormir. No entiendo porqué te cuesta tanto dormir, dice Magdalena, recuerda Javier. Y está dormida, soñando quizá, balbuceando algo inentendible, y moviéndose un poquito, como si fuera un escalofrío, y ¡Tuc! Con vos siempre dormí bien, piensa. A vos te encantaba dormir, Magda, y a mí me encantaba mirarte. Y Javier mira a Magdalena durmiendo, y sonríe, y la vuelve a mirar, y la ama, la ama en silencio, le acaricia la frente, y le susurra muy despacito una canción, y ¡tuc! Todas las veces que lloré de pura emoción, piensa. Y la canción viene. De a poco, va llegando. Javier se mueve y queda boca arriba y no quiere abrir los ojos. No. No los va a abrir. Si los abre se va a encontrar con una oscuridad negra, muy negra, solitaria, silenciosa. ¡Tuc! Y los dos abrazados soñando que están soñando. Y la canción que ya tiene melodía. Mi mamá me cantaba esto cuando era chiquita, dice Magdalena, ¡tuc! recuerda, Javier. Te extraño tanto. Duerme, duerme…, Javier, ahora, llora. No son más de una docena de lágrimas, nunca fueron más que esas, o sí, pero ya ni se acuerda. Ya no se acuerda cómo hacerlo. ¡Tuc! Otro tincazo. Otro recuerdo. ¡Tuc! A Javier le sudan las manos, el cuerpo; se destapa. Quiere gritar. Grita, pero no. Sin voz. Y Javier se acerca a Magdalena, que duerme en paz, duerme en belleza, y está más hermosa que nunca, desnuda, tapada sólo por una sábana porque es verano, y las siestas son eternas y quedan en el recuerdo; y los recuerdos son un tormento por las noches. Javier sufre con esos recuerdos. Y Magdalena duerme, respira bajito. Y se acerca Javier, y le dice te, y tres letras más, dos vocales y una consonante al medio. Y la canción. Viene la canción. Y con ella un par de lágrimas más, con lo que superamos la docena acostumbrada. La melodía. Duerme, duerme negrita, que tu, y tu mamá te cantaba eso, lo que yo te canto hoy, en mi cabeza, en mis deseos, duerme, duerme negrita, que tu mamá está en el campo, negrita.
Dormí, petisa, por favor. No sin antes ¡tuc! y yo también…
Javier se duerme, o simula dormir. La fatiga de un día largo lo vence. Y todavía faltan muchos más. Días. Noches.

sábado, octubre 13, 2007

Arg-Chile

No sé, pero yo tengo unas ganitas de que a Bielsa le vaya bien en el Monumental.

Total, la selección no es de todos. La selección es de los porteños que la pueden ver.
Ah, y de Grondona.
Ah, y de los que ponen la mosca.

Suerte.

O no.

Que gane el mejor.

p.d: sería bueno tapar un par de jetas a la gilada.

jueves, septiembre 27, 2007

Yerba mate libre

Me llegó un libro de un autor del que no había oído nunca. Se llama Guillermo de Posfay. Investigando en internet, y preguntando otro tanto a algunas personas, me enteré que tiene muchos libros escritos. En un lenguaje cotidiano, profundo, y bien pensado, ha tocado mi corazón en algún modo. Este estracto es de la novela: Yerba mate libre. Un poco de lo que siento por esa infusión y por el amor.
Espero les guste. Espero lo lean.
(tiene una página en internet. Pongan el nombre en el google y "click")



"Al llegar a casa Henna no está. Preparo un mate, escondo la yerba bajo un tirante del piso de madera y subo al techo a pensar. Miro. Tantos edificios y ventanas de donde puedo ver otras construcciones como en la que estoy. Las ciudades ya han sido pensadas, y a partir de allí, está mal visto pensar. Una ratonera organizada ¿cómo es que hacen para controlar todo esto? Y sin embargo, lo controlan, o al menos en apariencia. Dicen controlarlo, y también tienen el control de lo que dicen. Tienen poder para investigarte, ubicarte, perseguirte. Todo lo pueden hacer sin que lo sepas. No los ves, pero te miran. Y cuando no pueden verte tu cabeza es un caos. Millones de ondas y frecuencias cruzan el cielo. De una antena a una radio, de un teléfono a un satélite, de un transmisor a un radar Eso altera los pensamientos ¿no creés? Eso hace inestable la concentración. Vigilan porque tienen miedo en realidad, y su misión está en infundírtelo. Por eso interrumpen, rompen, destruyen. Por eso aman las cadenas, que no dan frutos, ni florecen, ni respiran. Así son mis enemigos, y sus amigos, y los mendigos de su amistad. Cuando luchás por la vida, todo parece poco. Todo, pero no sabés... Un buen aprendizaje llega lejos. Un recuerdo bien guardado tiene más poder que el mismísimo presente. Cualquier acto puro, vigoroso, con toda la esencia de tu ser volcada sobre el mensaje, perdura inagotablemente. Un niño puede olvidar fácilmente las miles de horas que pasó frente a una pantalla pero nunca olvidará el momento en que por primera vez anduvo solo en bicicleta. Todos tus actos son ejemplos. Hacer significa no ver. Hacer deshaciéndose de lo hecho. Es hermoso, nada igual. Así mismo, cuando luchás a favor de algo verdadero, a su vez estás luchando contra todo lo falso y mentiroso. Me siento mucho más útil sembrando una planta que quitando los cascotes que no le permiten crecer. Me siento mucho más útil regando esa planta que volviendo a quitar nuevos cascotes. Me siento infinitamente más útil comiendo de esa planta que rompiendo cascotes sin comer. A la tierra hay que ablandarla, abonarla, servirla. Mi oportunidad es ahora, la única vida que conozco late en mí. Y como aprendí a ser libre, voy en contra de la ley del mismo modo que la ley va en contra de nosotros. Cuanto más libre soy, más quiero. Mi libertad continúa donde comienza la del otro. Estoy aquí, en el momento más insoportable de la Cruzada contra la Yerba, tan tranquilo como desesperado. Empuño el mate, lo mantengo firme, no olvido que mi amor es más fuerte que mi brazo ¿quién puede deshacerse de su sangre? Ahora miro hacia el interior, veo la yerba, la reconozco como planta que nació de la tierra de donde creció todo incluso yo mismo. No es venenosa y por lo tanto inofensiva, ¿acaso me lleve a algún lugar donde no puedan vigilarme? Iré hacia allá de todos modos. Cuanto más lejos llegue más cerca estaré de conocerme ¿voy a privarme ese placer porque algunos quieren conservar al mundo privado? Como yo entiendo esta vida, como yo disfruto la yerba que trago, esto es un dominio sobre las tradiciones. Y no hablo de tradición en el sentido ordinario de la palabra. Tradición como contrario de traición. Es cierto que gracias a la yerba y a los avatares que implica comprarla usarla y venderla, descubrí a las personas y muchos aspectos de ellos que desconocía. Es cierto que hubo cientos de veces que me pregunté cómo seguir. Reflexionaba esto sentado, quieto, con las manos cansadas. Miraba la ventana y el viento. La primera rota, el segundo soplando en contra de mi aliento. Millones saben lo difícil que es subsistir y lo fácil que es soñar en Sudamérica. Pronto comprendí que en esa posición me hundía. Entonces me levanté, me moví, le di trabajo a mis manos. Supe mi dirección sin saber el camino conveniente ¡y vaya que lo busqué y di vueltas sobre el asunto! Todas y cada una de mis dudas, al resolverse, me fueron dando seguridad ¡cuántas certezas les debo a mis dudas! Porque en esta ciudad que ahora contemplo he movido dos o tres toneladas de yerba de un lado a otro en pequeñas y grandes cantidades. Tomé mate en calabazas, vasos, chupitos, tapas de envases plásticos, capuchones de lapiceras, dedales. Tomé con yerba usada, yerba negra, yerba podrida. Tomé y convidé, porque un mate no se le niega a nadie, y menos a todo un pueblo. Para que la yerba deje de estar prohibida, hay que permitírselo a los demás y a uno mismo. Para que las plantas dejen de estar prohibidas, debemos amar la tierra y todo lo que de ella crece. Si las comunidades logran eso, deberán crear rápidos anticuerpos contra la opinión pública que está manipulada por intereses privados y que siempre estuvo suscrita a la posición oficial y sus leyes represivas, su propaganda infundada y su desinformación. Los injustos pueden decir y hacer cualquier barbaridad sin que los desaprueben porque de ellos es la ley y la ley premia a los mayores delincuentes. El que tiene senderos en su mente debe ocultarlos con matorrales, debe tolerar lo que no le toleran. Será siempre así mientras lo manejen los ceros negativos de solidaridad, mientras enviemos nuestras ideas en un buzón que lleva cartas al centro de la tierra. ¡Bum! ¡que salte todo! ¡que estalle como la primavera! Hay que luchar por la libertad donde quiera que esté, ella o nosotros. Hay que procurarse nacer muchas veces... y morir una sola. Termino el mate y bajo a mi pieza. Vuelvo a mirar si la yerba está donde la dejé. Bien, los duendes todavía no la descubrieron. No puedo evitar pensar que es un montón y resuelvo sacármela de encima rápidamente. A medianoche regresa Henna. Entra como un rayo y parece asustada. Luego de abrazarme me cuenta que en un noticiero vio que habían atrapado a los viejos con yerba en un galpón, y creyó que yo... ¡qué alegría le da verme! La noticia me paraliza por completo. Descargo toda la tensión en un llanto. Después prepara un cimarrón. Mientras ensilla el mate le cuento atropelladamente cómo me apretaron. Me pregunta si los viejos saben dónde vivimos. Supongo que sí, tranquila... no van a delatarnos. Suena el timbre. La electricidad me toca el miedo. Nos miramos con Henna fuertemente. Ella se levanta decidida y va a atender."

lunes, septiembre 17, 2007

Al título lo pone el que lo lee


Antes de que la inspiración se me vaya te quería contar que otra lágrima se desprendió de mis secos ojos. Y ya no sé por qué me pasa lo que me pasa. Te quería decir que a pesar de haber visto ese gol tantas veces no puedo evitar emocionarme. Si tuviera que buscarle una explicación, te puedo confesar que nunca busco evitarlo, y me contradigo a cada rato. Que son cosas que uno a veces piensa pero que no siente en lo más mínimo. Quiero decirte gracias por sostener tantos años mis alegrías y las de tantos. Con dos piernas, y principalmente con esa zurda mágica, nos hiciste, y nos hacés gritar, saltar, aplaudir. Vos ya sabés lo que hiciste, pero yo quiero ahora decirte lo me hiciste a mí. Se habla mucho, y a veces se habla de más. Y eso no lo puedo soportar. Te quiero contar que hoy me sentí vulnerable ante tantas sensaciones. Porque pasaste a medio equipo inglés y mucho más: pasaste a la historia. El gol más visto del mundo. El gol más bonito. El gol con más trascendencia. El gol de los mundiales. El gol. Tan simple y tan enorme como eso. El ejemplo de gol sos vos, lo que hiciste, lo que les hiciste. Y también hiciste el otro, el primero, y todo en un mismo partido. Porque fuimos y somos manoseados constantemente. Nos meten la mano en el bolsillo y el dedo en el culo. Y vos, saltando con tu estatura de duende, con el sol como testigo, te burlaste de todo un país, de toda una potencia, de los “inventores del fútbol”, de los que colonializan, matan, humillan y roban en todo el mundo. Y les robaste a ellos. Y tenés cien años y toda la eternidad de perdón. Aunque sabemos que Dios se debe estar cagando de risa por ahí. Y el pueblo se abrazó. Y nos uniste a todos, porque tenés ese don. En este país de ladrones y de honestos, de corruptos y trabajadores, de blancos y negros, opresores y oprimidos, todos quedamos boquiabiertos con el corazón tratando de entender todo eso que pasaba. Y después quisiste mostrarles a todos que podías hacer lo que querías con una pelota. Gambeteaste a la tristeza y a la pobreza pisando la pelota una y otra vez. Después te salió al cruce la violencia y la dejaste atrás. Con el panorama y la idea fija en la cabeza, enganchaste rápidamente y la amargura y el dolor de un país quedaron atrás. Te quiso agarrar de la camiseta la historia, para que no siguieras avanzando, para que las cosas siguieran en el lugar de siempre, pero no pudo. Enfrentaste, finalmente, al imperio, no sin antes dar una miradita al costado para contemplar a tu gente, que corría al lado tuyo desde que empezaste: Fiorito, tu viejo, los pibes, el hambre, la miseria, Boca, Argentinos, Argentina, Valdano y Burruchaga. Y con un toquecito de zurda terminaste de pintar una obra inigualable, escribiste la vida de todos, y nos abrazaste, te juro que nos abrazaste. Y nosotros, aunque fuera sólo por noventa minutos, dejamos todo eso atrás y más.
Estas lágrimas, estas palabras y las que vendrán, para vos. Ya sos eterno.


jueves, agosto 30, 2007

Diálogo

Diálogo de un cuento (todavía en construcción) Verá la luz cuando se corran algunas nubes obstaculizadoras de inspiración y voluntad. Gente común, hablando sobre cosas comunes, perdiendo el tiempo. Este y otros diálogos están dedicados a Soledad Soler ("¡se agotaron!")


- Daría cualquier cosa por tomar un mate.
- ¿Sí?
- Sí.
- La verdad que sería muy lindo tomarse unos mates.
- Sí.
- Che, y ¿qué darías por un mate?
- ¿Ahora, acá mismo, o generalmente?
- No, ahora.
- Y, no hay mucho para dar acá.
- Entonces tantas ganas de tomar mate no tenés. Sino se te tendría que ocurrir algo. O sea que decís “daría lo que fuera por tomar un mate”, y al final no soltás nada.
- Primero: lo que yo dije fue “daría cualquier cosa por tomar un mate”
- Es lo mismo…
- Segundo: no me das tiempo a pensar. A ver, por ejemplo, un tiende a hacer promesas o a relegar cosas u objetos importantes. Yo creo que…
- Tu reloj, por ejemplo, ¿darías tu reloj?
- Vos estás loco. Este reloj me lo dio mi abuelo.
- Bueno, entonces…
- Daría los veinte pesos que tengo en mi billetera por un mate.
- ¿Sí?
- Sí.
- Por un solo mate.
- No, por varios.
- Ah, sos un ratón.
- ¿Vos qué querés? Yo te estoy dando veinte pesos por un solo mate. Estás en pedo. Por lo menos quiero cinco o seis mates o medio termo en su defecto.
- Primero: vos a mí no me estás dando nada. Segundo: medio termo son más de cinco mates. Son como diez.
- Dependiendo de la capacidad del termo.
- Dependiendo de la capacidad del termo. Pero vamos a asumir que el termo es de un litro. O sea, uno de los comunes; esos de metal, ¿estamos?
- Sos jodido ¿eh? Todo por un mate amargo.
- ¿Un qué?
- Un mate, estúpido. Hace diez minutos que estamos discutiendo sobre eso.
- No, es que me pareció escuchar la palabra “amargo”.
- Sí, eso es lo que dije: “amargo”.
- No podés tomar mate amargo.
- ¿Por qué?
- El mate amargo es asqueroso.
- Vos sos asqueroso. El mate amargo es delicioso. Se le siente el gusto a la yerba, no tenés que andar cargando azúcar para todos lados, es más cómodo, es más barato, le gusta a todo el mundo, ¿qué más querés?
- ¿Terminaste?
- Puede ser.
- El mate amargo es intomable. Es todo parte de una gran tradición. Además, mucha gente toma sin que realmente le guste. Es como una imposición que empieza a surgir efecto cuando uno entra en la facultad y se cruza con un montón de pseudo hippies, o pseudo revolucionarios, o pseudos cualquier cosa, que solo toman mate amargo y que simbólicamente te obligan a que lo consumas. Lo mío es una cruzada contra todo eso. A todos nos gusta el mate con azúcar, sólo que algunos lo olvidan y otros tan sólo lo reprimen, como vos.
- Vos sabés que te conozco hace mucho, pero nunca te había escuchado hablar tantas estupideces juntas. Primero me lo cuestionás a Crespo, y ahora esto. A veces no te entiendo.
- A lo mejor te falta un poco de azúcar.
- A lo mejor tendrías que pensar un poco más antes de abrir la geta.
- Ya me lo han dicho.
- Ay, qué sos boludo ¿eh?
- …
- En fin, mataría por un mate.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Y a quién matarías, por ejemplo?

lunes, agosto 27, 2007

Tranquilo

Dedicado a los que comparten mi apellido.

Me considero una persona tranquila. Es difícil hablar de uno mismo, mucho más a la hora de buscar adjetivos positivos para definirnos. Pero es así, yo soy una persona tranquila. Y ojo que no lo digo sólo yo; la gente que me conoce también me reconoce esa virtud. Tengo paciencia ante hechos que a todo el mundo lo sacarían de quicio. Y soy así porque mi padre era muy, muy tranquilo y se tomaba su tiempo para todo, y todavía lo recuerdo, sentado en su reposera, viendo transcurrir las horas. Y ni hablar de mi vieja; la vieja era una persona de lo más serena que ni siquiera hacía ruido cuando caminaba, y veía tele largas horas, tejiendo, tomando mate. ¡Y gracias a Dios que me casé con una persona así, tranquilita como yo! Soy tolerante hasta donde me dejan ser tolerante. Porque tampoco voy a andar tragando mierda de todos sólo por ser una persona que piensa antes de actuar impulsivamente. Y ahí está la clave: pensar dos veces antes de actuar, ¡o tres si hiciera falta! En la irracionalidad radica toda la violencia y la intolerancia. Si no pueden fijarse ustedes lo que es el tráfico en la ciudad hoy día. ¡Por Dios ya ni se puede manejar sin que le toquen bocina a uno! Entonces, antes de actuar con la fuerza de los impulsos me detengo y pienso, veo la situación y reflexiono, y después, recién ahí actúo.
Como verán, soy una persona tranquila. Eso sí hay pocas, poquísimas cosas que me alteran. No me alteran casi nada, pero me sacan de mi conducta habitual que es pausada, serena y respetuosa. ¿Qué cosas me molestan mucho? Y, podría decir que me molesta un poco bastante, esperar. A veces me pongo nervioso cuando estoy haciendo colas larguísimas y eternas en el banco. Pero trato de relajarme y de pensar que a lo mejor se cayó el sistema (de vuelta, como siempre) o que los empleados están trabajando a destajo porque están tapados de trabajo o porque faltó alguien y tienen que cubrirlo. Y recién ahí me tranquilizo un poco. De lo contrario, a veces, pero muy de vez en cuando, se me da por pensar que son todos unos parásitos que no hacen nada. Que faltan todos cuando se les da la gana, manga de vagos, gusanos sin escrúpulos. Y ¡oh casualidad! Se cayó el puto sistema de vuelta. Y empiezo con esos tics nerviosos que me agarran en el ojo y muevo las piernas y… Bueno, pero es por eso, como dije antes, que casi nunca, creo que muy pocas veces me habrá pasado, que pienso todas esas cosas que, por más verdaderas que parezcan, no son así; la gente está trabajando al igual que yo y de ninguna manera se cagan en la gente. También, ahora que me pongo a pensar, me molesta un poquitito ir a hacer trámites a las entidades públicas. La mayoría de las veces voy, hago lo mío y me retiro, pero me ha pasado un par de veces que una señora, que puede ser gorda o no, está sentada en su puesto de trabajo sin hacer absolutamente nada, o sí, se lima las uñas con una concentración admirable, y yo estoy parado con mi mejor cara de boludo esperando que esta imbécil, gorda inútil me atienda; y de vuelta el tic en el ojo y yo que me trago todos los insultos porque no quiero que piensen que estoy loco. Y se me da por pensar de que toda la administración pública esta plagada de la peor mierda burocrática y que habría que reventarlos a todos y a cada uno de ellos. Y la señora por fin me atiende y yo me voy a casa, tranquilo. Pero no se confundan, esto que les cuento es para que vean que yo también soy humano y que si bien, como les dije, tengo una personalidad serena, paciente, a veces me molesto un poco. ¡Soy mortal! Sí, sí. Y creo que eso es todo…, ah, no, me olvidaba, creo que me pone un poco nervioso, pero muy poco, en serio, esperar en los consultorios médicos, odontológicos o de cualquier índole. Es que yo no tendría ningún problema en esperar todo el tiempo que sea, pero si me dan un turno para determinada hora y después me atienden cuando se les da la gana, para qué mierda me dicen que venga a las cinco y me hacen pasar a las siete. Sí, ya sé, “el Doctor Perez se retrasó, en unos minutos lo atiende”, “cómo no señorita”, pendeja de mierda decime la verdad, decime que el inútil del Doctor Perez llega cuando se le canta la gana, dale, decime, pero no, vos no me decís eso porque no podés, claro, no es tu culpa, pero podrías tener un poco más de consideración la concha de tu madre, vas a ser secretaria toda tu vida porque no servís para nada más que para mover ese pedazo de culo que tenés. Y en el dentista lo mismo. La muela me está taladrando la cabeza y el pelotudo del dentista te atiende a la hora que se la canta, y las revistas de mierda que hay en la sala de espera son más viejas que la boluda de mi esposa, y las leo, igual, porque sino el dolor me mata, y cuando las hojeo me enfermo y pienso en la infeliz de mi mujer que gasta la mitad de lo que gano en esas revistas para mogólicos y yo no me puedo comprar un puto suplemento deportivo porque los chicos necesitan cosas para el colegio, y por fin, después de treinta minutos de dolor el estúpido del dentista me sonríe con esa sonrisa perfecta, blanca y sin caries y me dice “pase, señor, perdón por la demora”, y yo “no, no hay problema”, espero que te pise un auto pedazo de otario. Y no me hagan hablar de los colectivos porque eso sí que me dan ganas de patear todo y de golpear al primero que se me cruce. Porque yo soy una persona tranquila, sí, tranquila como el idiota de mi viejo que no movía un dedo en todo el día o como mi vieja que miraba televisión todo el día. Y hace como una hora que estoy esperando ese colectivo de mierda, pasan todos los de la misma línea menos el mío y me cago en el Intendente, en las empresas y en los hijos de puta de los choferes que ganan el triple de lo que gano yo y no les da la cabeza para llegar a horario, y yo que laburo como un pobre infeliz, y tengo un auto del año del orto que está hace siete meses en el taller, y cobro un sueldo de mierda que no me permite tomarme un puto taxi en un día como hoy en el que me estoy cagando de frío y seguro que…, ¡no, me estás cargando! ¡No, no, no! Y la re concha de su madre se viene a largar a llover hoy, justo hoy, hace seis meses que no cae una gota, un sola gota, ¡y se van todos a la puta madre que lo parió, el dentista, el banco, la municipalidad, la pelotuda de mi mujer, mis viejos, mis hijos, el transporte, mi trabajo y el puto de Dios que no me da ni una, ni una, manga de hijos de puta, todos, todos, todos, tod, to…!

- Mi amor… mi amor, levantate que vas a llegar tarde al dentista, y después tenés que ir al banco, y llevar a los chicos…



Y dedicado especialmente al R2

jueves, agosto 23, 2007

Me voy quedando sin palabras...
Me voy quedando..
Me voy.

lunes, julio 30, 2007

Pequeña Orquesta Reincidentes

Tremenda banda
Tremenda letra para tremenda canción. Espero la disfruten...

Stick and Stones

Tu voz jugaba en mi silencio:
que soy tu paz -tabla en el mar-.
Y te dejé nombrar mis cosas, y mi valor.

Mis hombros fuertes, mis brazos cortos
eran tu abrigo y ahora decís
que ya no pueden entenderte, y te dejen ir.

¿Qué idioma es?
¿Qué ruido hablás?
¿Qué es lo que tengo que decir?
Las manos no sirven para arreglar
esas cosas que no se ven.

(Sticks and stones may break my bones
but words will never hurt me)

Cómo le explico ahora a mi cuerpo
que te abrazó sin preguntar,
cómo se habla de una risa o de un olor.

Siento en mi piel, siento en la panza
que no hubo escudo para tu voz
sólo mis huesos me hacen creer que estoy de pie.

martes, junio 26, 2007

Carta a poste restante *

Hoy, que acumulo una decena de cartas sin escribir, te escribo a vos. No sé muy bien que extraña fuerza me habrá acercado a esta hoja de renglones grises, rectos, perfectamente horizontales. Tampoco tengo muy en claro el sentido de estas líneas (quizá, con el correr del tiempo lo encuentre) Pero acá me tenés; más gordo, más viejo, y con la barba bien dura, sacándole chispas a esta lapicera azul (nunca me gustó demasiado la tinta negra)
Hay tantas cosas que me gustaría saber. Desde las más profundas hasta las más intrascendentes. Pasó mucho tiempo. Demasiado, me parece. Me pregunto si te casaste (¿te casaste? ¿te juntaste? ¿vivís con alguien) Creo que no era de tu agrado el tema del casamiento, pero la vida hace cosas raras y de eso estoy seguro.
Yo vivo solo. No es lo que más me gusta, pero así me encuentran los días. Disfruto mucho las visitas y trato, también, de visitar a mi vieja y a los familiares que aún me quedan. Mi lugar es pequeño. Una cama de una plaza, la cocina, una sala de estar diminuta (en la que no “estoy” casi nunca) y un baño a tamaño escala de la casa. Mi lugar, a pesar de su pequeñez me gusta. No es lo mejor, ni lo que alguna vez alguien podría soñar, pero es lo que hay y es todo mío.
El trabajo bien, igual que siempre, como todo. Conservo algunos amigos y otros tantos enemigos para balancear mi vida afectiva. Como verás no es mucho lo que tengo para decir, para contar. También te darás cuenta que no tiene mucha lógica esta carta, y que más que una carta, es un conjunto caótico de palabras y de manchones de tinta. La escribo, a pesar de todo, esperando que caiga en tus manos.
¿Tuviste hijos? ¿Sos mamá? (sé que cambié rotundamente de tema, pero si todavía conservás alguna de mis cartas, sabrás que siempre lo hago/hice) Hace unas décadas esa pregunta hubiera tenido una respuesta cerrada y concreta. Hoy, ya verás, los años han hecho esto que somos y no me extrañaría para nada si fueras madre. ¿Te acordás que yo jodía con que iba a tener seis hijos, o diez, o los que fueran? Sospecharás que nada de eso pasó. En mi juventud pensé que podría ser un buen padre y aprender de todos los errores que detecté en los míos. Pero el tiempo fue pasando y los esporádicos encuentros y las prolongadas soledades me fueron sacando las ganas, los pelos y las motivaciones.
Te quería contar que hace un par de años murió mi viejo, y los dos quedamos con gritos de amor atorados en la garganta, en el estómago; y hoy, después de tanto tiempo, los sigo teniendo ahí guardados, recordándome de vez en cuando que las palabras hay que decirlas. Sé que fue tanto lo que no te dije que duele mucho. Se me vienen a la cabeza todas las desilusiones que causé…y los silencios que provoqué.
Ahora me detengo. Me empiezo a preguntar cuánto sentido tiene escribir una carta que quizás nunca leerás. Una carta que no sé muy bien adónde mandar. Me pregunto si tiene sentido que esto se convierta en mensaje de náufrago esperando su destino. Igual, las palabras siguen saliendo. Sé, también, que creo en esa remota posibilidad de que esta hoja de papel llegue a tus manos donde quieras que estés. Y aunque escriba sin nombres propios, fechas o lugares, vos sabés (vos sabrás) que esto es sólo para vos. Porque las décadas pasaron y con ellas se fueron miles de cosas, pero estoy seguro que hay un pedacito de tu corazón que aún me recuerda.
Ahora me detengo de vuelta. Sospecho que por última vez. Miro las fotos que nunca devolví y sonrío. Creo que ya sé adonde mandarte estas palabras.
Te quiere, te abraza:
yo


* Ejercicio literario propuesto por Valeria Carranza que decidí continuar fuera del espacio del taller (que aún no tiene nombre ni lugar ni día fijo de realización..... pero parece que así también funciona.)

sábado, junio 16, 2007






Jugar a las figuritas era algo más que tirar papelitos rectangulares de 8 x 5 cm contra un ángulo de 90º que formaba el piso y la pared en primera instancia y el techo y la pared en segunda instancia.




Todos los que fuimos pibes, y jugábamos a las figuritas, lo podemos confirmar. No voy a decir que todos los chicos jugaban, pero la gran mayoría lo hacía. Algunos lo hacían solo por diversión, otros tan sólo para sacarle las figuritas a su acérrimo enemigo (si no lo podía vencer en el campo de batalla, la pelea se trasladaba al campo de las figuritas), otros jugaban para llenar el álbum; ¿no era ese el objetivo de juntarlas? No, no necesariamente. Tomás vivía al frente de casa y casi nunca compraba los álbumes. Claro, con la habilidad que tenía, tampoco le hacía falta comprar. Nos robaba (legal y legítimamente) todas nuestras figuritas. Había pibes con una destreza espectacular. Me pregunto yo si la habrán usado para algo, luego de grandes. Cajero de un banco. Carterista. Mago. Jugador de cartas. Quien sabe.
Las figuritas que más recuerdo (las que más emociones me traen) son las del Mundial ’90. Italia ’90 fue el primer mundial del que tengo memoria de los partidos. Nosotros nos aprendíamos los nombres de los jugadores. A juanchi le faltaba el ocho de Suecia. Al Viti el 14, que jugaba de suplente en Camerún. Algún ignoto jugador de Checoslovaquia, algún suplente eterno de Brasil, o algún jugador de E.A.U. (Emiratos Árabes Unidos), Egipto, Costa Rica, o la URSS (que nostalgia la URSS. A esa edad no entendía nada, pero me caían simpáticas las siglas) Todos eran importantes. Todos tenían su recuadro en el álbum. Valían igual que el Diego, que Burru, que Monzón o que el desconocido para mis infantiles oídos, el número 12, Segio Goycochea.
Al final, fue final en la final para nuestras ilusiones de patear penales. Perdimos. Hubo un solo penal y fue para ellos. Ese mejicano petisito, vestido de negro, ayudó a que la pelota llegara a la red. Yo también perdí. Cometí el error de aliarme con un vecino para llenar el álbum de a dos. No nos dimos cuenta que en algún momento, cuando lo llenáramos, iba a haber disputa por su tenencia. Al final se lo quedó él. No hubo disputa. Tampoco hubo golpes (yo era 3 años mayor) El había colaborado con la mayor cantidad de figuritas y yo solo me había limitado a conseguir un par. Le dejé quedarse con esa reliquia y seguimos siendo amigos. Nos saludamos en la calle, en el bondi o en la facu. Pero él no sabe que yo todavía tengo esa espina de no poseer aquel tesoro de hojas arrugadas, enchastre de plasticola y figuritas torcidas.


"Jugar a las figuritas era algo más que tirar papelitos rectangulares de 8 x 5 cm contra un ángulo de 90º que formaba el piso y la pared en primera instancia y el techo y la pared en segunda instancia." ¡Y que lo era! Las reglas cambiaban por cada cuadra, por cada barrio, por cada ciudad. Es por esto, que adonde uno iba con su fajito, atado con una bandita elástica, se tenían que explicitar las reglas. Si jugabas de visitante e ibas ganando, por ahí te saltaba alguno con una cláusula que había sido aprobada en la cuadra, por consejo supremo hace dos semanas y te metían el dedo..., en el bolsillo. Éramos chicos, pero nos entendíamos bien. Aclarar las reglas del juego antes de invitar a jugar. ¿Vieron que simple que era? Después, todos crecen, se hacen intendentes, gobernadores y presidentes, y se olvidan de decirnos las reglas para que juguemos todos por igual. Así, se nos hace difícil vivir. El juego ya empezó, y no se puede volver atrás. Es cómo que viviéramos jugando de visitantes en nuestra propia casa, en nuestro propio país. La única que queda (que es lo que hubiéramos hecho en la cuadra con los tramposos) es echarlos a patadas y decirles que no vuelvan más por acá.
Espejito vale dos. Eso pasaba cuando la figurita, por obra y gracia de una mano inspirada y de un viento inexistente, se posaba contra la pared verticalmente. Espejito. Tal vez, en otros barrios, eso se llame por otros nombres. En César Carrizo y Esteban Piacenza, del Barrio Poeta Lugones, eso, se llamaba espejito y te llevabas dos figuritas (esto se estipulaba antes del comienzo del juego. Normalmente eran dos). Las elegías vos, entonces ahí se veían quienes son amigos y quienes no tanto. El juego era simple. Los participantes eran limitados. Los limitaba el tamaño de la pared. Nosotros, normalmente, jugábamos en los porches de las casas, contra la puerta de entrada. Eso servía como reparo del viento. Cantidad de jugadores: entre 2 y 6. El que la tiraba más cerca de la pared era el que ganaba, y le tocaba cantar primero. Se juntaban todas las figuritas y se acomodaban (por lo menos en mi cuadra) una de un lado y otra del otro. Cara, númera, cara, númera. Se doblaba un poco la punta y se tiraba con fuerza contra ese ángulo de 90º que formaba la pared y el techo. Era una tensión hermosa esperar a que esos papelitos cayeran bailando, jugando con el aire, yendo de un lado al otro, mostrándonos lo caprichoso que puede ser el viento y el destino. Ese era el mejor momento, el más emocionante, el que más corazones paralizaba, el que en este preciso instante me ha hecho emocionar tanto, que siento que soy yo el que estoy tirando. ¡Si, soy yo! Tengo que cantar antes de que lleguen al suelo. Cara o númera, cara o númera. ¡Ah! Que más da: númera. Numeraaaaaaaaaaa..., ¡¡¡númera cuatro!!! Númera cuatro. Me llevé cuatro de seis. El resto arréglense con las otras dos que quedan. Yo me llevo todo esto. Permiso que vengo a juntar todo esto que es mío. Ahora vuelvo a ser yo. El que está acá sentado. El que casi no ve a sus vecinos por esta cosa de crecer y de envejecer la inocencia. Tirar esas figuritas que tanto costaba conseguir y verlas volar por los aires, esperando que caigan, que sean la cara que acabo de pedir a gritos, o la númera que pido siempre por obstinado que soy; y eso que me ha fallado toda la tarde la condenada númera.
Un momento de competencia, pero un momento de unión. Porque de las figuritas pasábamos a la chanta y de la chanta a la escondida y de la escondida al ladrón y la poli. Y si nos cansábamos de todo eso, nos metíamos un mes a construir una choza o agarrábamos las bicicletas, las viejas bicicletas y nos íbamos a explorar el cañaveral que estaba a cinco seis cuadras. O a tirarle piedras a los ovejas que antes pastaban en el mismo lugar donde hoy se erige, imponente, desafiante, avasallante un hipermercado que ha lastimado al barrio mucho más de lo que parece. Rodillas y codos sangrantes; todo el cuerpo teñido de naranja por ese desinfectante tan odiado: el Mertiolate. Y si no nos golpeábamos, el cuerpo terminaba, inevitablemente, lleno de tierra y barro. Polvo era lo que sobraba por estos lados.
Jugar a las figuritas era algo más. Era ganar y cargar al otro por lo que durara el día. Era perder y desear que ese eterno día terminara. Era irse a la cama y pensar "mañana le voy a quitar todas las figuritas a Martín". Era llegar caminando lentamente adonde estaban todos reunidos esperándome, y venir pensando en la nueva técnica de tiro que había desarrollado a escondidas en casa. Era ver la risa de los otros ante el fracaso total de mi técnica. Era decir "mamá por favor, dame 25 centavos para comprar figuritas" y mamá que "para figuritas no hay, además no tengo un mango y tu papá no ha cobrado." Era pedir prestadas cinco figuritas para probar suerte, ganar diez, devolver el préstamo y quedar con ganancia neta de cinco, para volver mañana. Era todo eso y más. Porque es difícil poner en palabras todos esas cosas que deambulan por mi pecho. Sentir como apretado el corazón y la garganta que me raspa cuando trago saliva.
Al álbum del mundial noventa no lo tengo y no creo que Juanchi me lo de. Ya para el mundial de Estados Unidos, consideré que era grandecito para andar jugando a las figuritas. ¡Que grave error! Pasaron cuatro años y se ve que se me habían subido los delirios de adultez. Hoy me siento en esta casa que no es la misma. Más viejo y más cansado veo por tercera vez el penal que Goyco le atajó a Serena. Qué épocas aquellas…

jueves, mayo 24, 2007

Domingo 13/05


Parece que es la primera vez que lo notan
ingenuos, inmaduros, inconscientes
No vieron mis lágrimas, tampoco escucharon
mis llantos por las noches
insolentes, idiotas, imbéciles
No prestaron atención a esa lucecita
que se apagaba lentamente adentro mío
excusas, efímeras, estúpidas
Ahora, en boca de todos, en boca de ustedes
en hojas que convocan bocas
falsas, fáciles, fatídicas
Las sombras se corren de repente
me notan sin notarme, me hablan sin hablarme
gesticulan y no los escucho
se preocupan sin que les preocupe
No los entiendo, o sí, pero me duele
Mañana es lunes, mañana las sombras nuevamente
mañana igual que mañana
y pasado mañana

domingo, mayo 20, 2007

¿Quién no sueña con los aplausos?


¿Quién no sueña con los aplausos? Yo creo que todos, aunque seamos malos, deseamos que ese momento, ese instante de reconocimiento, nos llegue alguna vez. Miren que yo juego muy mal a la pelota, lo mío es entrega y orden. Eso se puede traducir en huevos. Porque es así y lo tenemos que admitir: los que no tenemos la habilidad en las piernas pero amamos el fútbol, tenemos pocas opciones. O nos quedamos en casa viendo por la tele las fantásticas jugadas o vamos y ponemos todo para hacer un papel digno en la canchita del barrio. Y los que pertenecen a mi club (Patas Duras Fútbol Club, o al otro Patadas Duras Fútbol Club) saben que hay días en que nos conviene enterrarnos en algún lado porque estamos haciendo todo mal. Uno puede jugar bien un partido, jugar mal otro, pero hay una gran diferencia entre ser un buen jugador y jugar bien. Si sos buen jugador, no importa el desempeño en este o aquel partido, el don lo tenés. En cambio si jugás para los míos, te tenés que tirar al suelo en todas, tenés que gritar, tenés que ordenar, por ahí te dan la cinta de capitán y le vas a discutir de todo al árbitro, y, por sobre todas las cosas, te tenés que quedar atrás, al fondo, condenado a la defensa. Sos el encargado de romper el juego del rival. Cuando se pueda, salir jugando, sino, mandar un pelotazo a cualquier lado y que la agarre el que pueda, si es uno de los hábiles nuestros, mejor. Cuando termina el partido, nuestro orgullo es saber que ningún gol de los otros fue por culpa nuestra. Eso es a lo máximo que podemos aspirar. Bah, en realidad, lo máximo es meter un gol. Pero esa palabra la tenemos tan olvidada, tan prohibida. Somos defensores, defendemos, o sea: no atacamos. La pelota que esperamos todo el partido es esa que no se mueve, la odiada por los que juegan bien, la metódica, la técnica, la que no se disfruta sino que se practica: la pelota parada. De un corner o un tiro libre que caiga al área, si tenemos la suerte de ir a cabecear, por ahí nos pega en alguna parte del cuerpo y la embocamos. Y les digo…, es indescriptible. Una alegría hermosa, fugaz e imposible de encubrir. Porque los que defendemos el cero en nuestro arco tenemos que tener la cara recia, dar la impresión de duros para amedrentar a los rivales. Pero el gol hace eso, el gol te saca la sonrisa a la fuerza, y volvemos a ser unos pibes que se reían todo el día. Es esa mueca de satisfacción de nene. La palmada en la espalda de los que saben y te quieren mucho y te dicen “¡bien, che!” y todos se ríen porque no lo pueden creer. Y con eso soñamos. Y eso nos desvela. Y somos perros y no podemos tener demasiado tiempo la pelota en nuestros pies pero, les digo, lo deseamos tanto. Todos y cada uno de los que jugamos al fútbol imaginamos a papá y a mamá al borde de la cancha festejando un gol mío en el último minuto. Y mis compañeros me llevan en andas y soy el héroe. O a mi novia, sentadita atrás del arco, aplaudiéndome porque hice una buena jugada o porque ordeno al equipo, y ella te mira, orgullosa, y te quiere cada día más; y cuando termina el partido, no le importa una mierda la transpiración, y te abraza y se besan de la manera más intensa, la más hermosa. O soñamos con la final, la esperada final en la que saco un tiro sobre la línea, o me paso a cuatro jugadores y defino por entre las piernas del arquero, o dejo todo en el campo y soy la figura. Nos gustaría estar en esa cancha llena. Las tribunas colmadas de personas que me van a aplaudir cuando levante los brazos y salude. Y se me hace tarde y tengo que terminar de cambiarme. Y se me hace tarde porque afuera están los chicos con la pelota en la calle, esperándome para jugar. Y se me hace tarde porque la cancha está llena y los muchachos ya están todos en el túnel, listos para salir. Y el árbitro nos apura. Y escucho los aplausos y veo la lluvia de papelitos. Y veo a mamá y a papá en la platea. Y te veo a vos, sentadita en el lugar de siempre, y sé que haga lo que haga, vos me vas a aplaudir…

sábado, abril 21, 2007

Ensayo sobre la apariencia

Ensayo que intenta refutar ese determinismo imperante proponiendo un relativismo acerca de que hay ciertas afirmaciones que tienen que ser cuestionadas:

*Todas las socialmente consideradas feas tienen que ser buenas.
*Si sos socialmente considerada linda podés ser una hija de puta.
*Si sos socialmente considerada fea no podés ser una hija de puta.
MI DEBER ES DESTRUIR ESTOS TRES SUPUESTOS


ENSAYO SOBRE LA APARIENCIA
Existe, no sé si sólo en Argentina o en el resto del mundo también (la globalización funciona sin permiso), digo, que existe un paradigma, o una tradición o una costumbre o una tendencia o mejor nos quedemos con la palabra paradigma; entonces, existe un paradigma, al menos en Argentina, acerca de que cuando una mujer, de edad relativamente corta, o sea, en edad de fusión con un hombre, edad que podríamos situar entre los 13 y 15 años hasta los 50 y 60 años, dependiendo de las características personales internas de casa mujer. Decía entonces que existe un paradigma, al menos en Argentina, acerca de que la mujer en edad de fusión con otra persona no puede tener mal carácter si no le tocó ser hermosa. Me explico: cuando una persona femenina tiene mal carácter o es mala o simplemente es una arpía, es totalmente desacreditada su actitud, su personalidad o su mal día por parte del hombre. ¿Por qué no se puede ser un hijo de puta si no se es "bello"?. Me explayo un poco más con la utilización de un ejemplo: Boliche, noche, tragos, encare. Si una mujer "linda" decide cortarte el rostro de la manera más brusca provocando un gran dolor, su actitud queda socialmente aceptada, pero si una persona, una mujer "fea" decide sólo declinar la invitación de fusión con el hombre en cuestión, normalmente este respondería algo como: "encima que sos fea ¿quién te creés que sos?". Tal estúpida frase me hace pensar en que la sociedad, o mejor dicho, para no meter en la misma bolsa a toda la sociedad, todos, o la mayoría de las personas de sexo masculino creen en la veracidad de esa estúpida frase. O sea que si analizamos esto último dicho, las mujeres consideradas bellas tienen crédito, luz verde, autoridad o derecho ilimitado para basurear o pasar por encima del resto tan solo por ser "lindas". Esto es totalmente digno de mi repudio y lo considero estúpido e irracional. Como soy un intelectual comprometido con mi sociedad, es mi deber tomar partido, adoptar una postura crítica acerca de este tema y dejar mi posición bien clara.
La segunda pata de esta cuestión es la siguiente: cuando una mujer considerada socialmente fea, adopta la actitud ya mencionada (violenta, agresiva, etc...) es repudiada, reputeada, lo que arroja otra de las grandes hipótesis de las relaciones hombre-mujer: que las "feas" tienen que ser buenas ¿Cómo es esto? ¿Por qué tienen que ser buenas? O sea que como les tocó ser consieradas socialmente "feas", tienen que hacer el esfuerzo diario, para ganar aceptación social, ser una gran persona, ser buena, amable, ser "piola". Me explayo con un ejemplo: si alguien tiene una conocida y otro hombre le pregunta "¿Es linda tu conocida"?, el hombre en cuestión respondería: "es piola" ¿Qué clase de respuesta es esa? Lo que arroja esa afirmación es la verificación de la hipótesis de mi estudio. Yo estoy en contra de la actitud de las persona que bardean a aquellas personas socialmente consideradas "feas", como así también repudio a los que piensan que las socialmente consideradas "feas" tienen que ser buenas y por último repudio a las que son socialmente consideradas "bellas" agreden al resto solo por poseer algo que no ganaron, que vino de arriba,
Para entender esta investigación tendrían que acceder a mi anterior ensayo acerca de los, extremadamente subjetivos, conceptos de "belleza", "hermosura", "bonita", o sus antónimos "fealdad" y ... no hay muchos (que es otro tema a discutir). La belleza es muy social-cultural- subjetiva. ¿Para qué me serviría ser bueno, ser inteligente, ser capáz, si nunca podría llegar? Las oportunidades no son las mismas para todos.
ANEXO Nro 1

¿Siempre importó ser lindo?
(¿o por lo menos no tan feo?)
Belleza: Nombre que designa la cualidad por la cual ciertos objetos tienen la propiedad de producir un sentimiento de placer, el cual está libre de toda consideración moral o utilitaria. (Definición de enciclopedia)
Belleza: Lo bello presenta carácter histórico; según la estética del materialismo dialéctico, lo bello es un producto histórico social; nace cuando “el hombre social” es libre y domina la materia; la actividad artística es fuente de vida y de alegría espiritual, por lo que reviste una doble función: educativa y cognoscitiva. (Definición marxista)
Belleza: Es necesario un análisis previo a toda teoría de belleza; la cuestión fundamental, que divide a los partidarios de la concepción semántica, es la de la naturaleza de los “juicios de gusto” (belleza), considerándolos unos como subjetivos y otros como objetivos. (Definición de belleza de la Teoría Semántica)

(Lo subrayado en negrita es mío.)


Los orígenes del hombre, como especie humana, se remontan a varios millones de años atrás. Se considera que existieron dos tipos o especies de homínidos, los Austrolopithecus y los Homo. Todavía se discute si ambas especies compartían la misma línea evolutiva. Por diferentes causas (que los arqueólogos y paleontólogos, todavía no han podido determinar con exactitud) solo la especie o grupo de los Homo, pudo evolucionar. Entre los primeros miembros del género Homo se conocen: el habilis, el rudolfensis, y el ergaster. El género Homo se caracteriza por un aumento en la actividad craneana, mantenimiento de un esqueleto relativamente generalizado y reducción del aparato de masticación. Además está asociado a indicios indiscutibles del uso de herramientas de piedra. O sea, de a poco se iban diferenciando, en esta evolución, de la otra especie, los Austrolopithecus. El grupo Homo, como vemos, iba desarrollando un cuerpo más armónico, más equilibrado.
La diversidad de formas de Homo desaparece cerca de los 1,6 millones de años atrás y en su lugar encontramos una única especie: el Homo erectus. Dentro del grupo de los Homo erectus, se diferenciaron también otros tipos: el Homo sapiens, el homo heidelbergenis y el homo de Neandertal. Para abreviar un poco: fue el grupo de los Homo sapiens sapiens, los que pudieron sobrevivir e imponerse como especie única. Es del Homo sapiens sapiens, también conocido como Hombre Moderno, del cual derivamos todos nosotros. Esa es la línea evolutiva a la cual pertenecemos.
Se calcula que hace 10.000 años, la raza humana se empezó a organizar. Lentamente se adoptó el sedentarismo. Se empezaron a formar los primeros estados. Las primeras formas de organización. Vamos más rápido. Se crean las ciudades. Vamos aún más rápido. Los hombres se comunican y ya tienen alguna especie de escritura. ¿Más rápido? Imperios, gobernantes, jerarquías, religiones, economía, medios de transporte, idioma, ritualización de la muerte, etc. Todo esto último a grandes rasgos y sin seguir un orden cronológico.
Digamos hace 500.000 años, ¿importaba ser lindo? No, no lo creo. Entonces hace 10.000 años ¿importaba? Yo diría que no. Avancemos. Hace 2500 años, ¿podría importar? Mantengo mi postura. Bien, entonces, vayamos a los tiempos de organización, a los tiempos más actuales. En el imperio romano ¿habrá importado ser lindo? Ahí yo creo que si. Y creo también que ha medida que las sociedades se fueron complejizando, las necesidades fueron cambiando y de repente ser lindo (o por lo menos no ser tan feo) se convirtió en una necesidad. Primero en una necesidad para unos cuantos. Después para unos miles. Después para millones. Hoy por hoy se nos impone como necesidad básica y aseguradora de futuro. Aunque Sprite me venda que la imagen no es nada y la sed es todo.
Profundicemos. ¿Qué es la belleza? En primer lugar, me parece, que una persona no es ni linda ni fea. Una persona es considerada linda o fea. Y en segundo lugar, se sabe, que la única forma de determinar si alguien es lindo o feo, es a través del método comparativo. No hay cualidades naturales que determinen esas características, el hombre no es naturalmente lindo o feo. La belleza es una cualidad cultural que se construye. La historia de las sociedades conforman estas pautas, que no son las mismas en cada grupo. A los esquimales que no ven televisión, ¿les importará la belleza?, ¿tendrán los mismos criterios de belleza?
¿Cómo sería el juego acá? ¿Será que el aspecto físico se fue convirtiendo en una necesidad? (Y el aspecto físico sin fines utilitarios. No es que se promulga un aspecto de hombre o mujer robusta para que, por ejemplo, trabaje en el campo. Por poner un ejemplo burdo nomás.) ¿Será que en la última década esa “necesidad” fue en aumento? ¿Será que esa “necesidad” se empezó a mercantilizar? ¿Será que al vendernos esa “necesidad”, se buscó la inseguridad en la persona, guiada tan solo por los criterios estéticos? Y de la inseguridad viene el temor. Y del temor viene el miedo. Y el miedo, y el miedo vende. Porque la persona que nació (socialmente considerada) linda, no tiene “problemas”. Pero el pobre aquel, que no tuvo la suerte de nacer (socialmente considerado) lindo, si tiene un problema. Tiene un “problemón”. Entonces invierte dinero en su figura. Gasta, compra. Pero la figura humana tiene un límite. Recordemos un poquito lo dicho al comienzo. El hombre tardó millones de años en evolucionar. Y algunos pretenden cambiar del día a la noche. Entonces qué. La ropa. El auto. El celular (¡¡¡por dios el celular!!!). Y si todo eso no sirve: la cirugía. La forma más vil de bastardear un cuerpo. La hipocresía.
Cada persona es libre de hacer lo que se plazca. Y si es con su propio cuerpo, mucho más. Mi, por así decirlo, desagrado, está vinculado a la creación de esas necesidades que, en este caso, no suman a nada. La venta de la imagen produce solo rechazo, discriminación, que llega a su máximo punto en el racismo (ese racismo que existe en Argentina, pero que es negado tajantemente por aquellos que lo practican). Nos olvidamos de quienes somos, de que creemos. Nos fijamos en el pelo largo, el tatuaje y el arito antes de escucharnos. Escucharnos. ¿Es eso tan difícil?

miércoles, marzo 07, 2007

Llamado a la solidaridad

¿Cómo puedo hacer para que este apático y aburrido Blog tenga una apariencia un tanto más agradable? ¿Cómo puedo agregar blogs en esa lista que dice "Links"? ¿Cuál es la traducción de la palabra "Links"? ¿Cómo hago para poner fotos, dibujos, imágenes en el blog? ¿Por qué es tan pecho frío este espacio que tengo? Todos los blogs tienen una onda propia.
Bueno, que alguien se cope y me de una mano. Prometo recompensarlos apropiadamente (ya verán)
Les dejo un par de trivias:

- ¿Cuántos animales hay en los Palitos de la Selva? (los viejos, porque ahora la gente de Stani ha sacado unos nuevos que, a pesar de mantener el innigualable sabor, han cambiado los animales, y eso no me gusta un carajo)
- ¿Cuántos "Tuby" había? (para los que no saben, los "Tuby" eran deliciosas obleas de distinto tipo, recubiertas con chocolate -de distinto tipo-)
- ¿Por qué la carrera de Comunicación Social dura 5 años?
- ¿Por qué cuando uno llega a 5to año se muerde las uñas y piensa "no sé nada"?
- ¿Quién se acuerda cómo se usan los transportadores?
- ¿Cuál es la capital de Escocia? (a que esa no la saben...)

Gracias amigos y no tan amigos. Son pocos los que entran aquí, pero espero que cada día seamos más.
Abrazos:

gringo

domingo, febrero 18, 2007

A los ocho

La vida está compuesta por miles de mitos. Eso fue una de las primeras cosas que aprendí y que llevo desde mi niñez desde aquel día en que mi abuela me sentó en su falda y me dijo: “Sebastián, la vida está compuesta por miles de mitos.” Me tomó mucho tiempo entender la frase. Principalmente porque no sabía qué significaba la palabra “compuesta”, ni la palabra “mitos”.
Fui creciendo, y de tanto repetir y repetir, un buen día usé la cabeza, y empecé a pensar todas las palabras que decía. La experiencia parecía emocionante. Me largué a preguntar a todos sobre todo. “¿Qué quiere decir eso?” “¿Por qué pasa lo que pasa?” “¿Seguro que cuando sea grande voy a entender?” “¿Cuándo voy a ser grande?” La decepción fue enorme al encontrarme con pocas respuestas a tantas preguntas infantiles. Ni papá ni mamá se mostraban interesados en explicarme ciertas cosas. Entonces, volvía a la falda de la abuela. Ella un poco más vieja y cansada. Yo un poco más inquieto y más pesado.
Una tarde de mucho calor, sentados debajo del nogal de su casa, la nona me contó historias maravillosas, sobre sus hermanos, su padre, la gente de su pueblo. Me relató, con lujo de detalle, la vez que se salvó de un tigre, allá en el Líbano. Feroces gritos de ese tigre malvado que quería atacarla. La valentía de su hermano que enfrentó al animal con un palo y un cuchillo. Mi abuela moviendo las manos, exagerando cada acción, haciéndola única e irrepetible. Los brazos flacos, caídos, dejándose llevar por la gravedad que parecía ganarle esa batalla día a día. Pobre mi abuela, tan trabajadora, tan cansada, tan hermosa. Disimulaba el dolor que le causaba tenerme en sus piernas.
Y yo que ya no era el mismo chico de cinco años. No, señor. Yo era grandecito, tenía ocho años. “Y los nenes de ocho años no lloran y no protestan, porque sino te voy a llevar a la cueva y te vas a quedar ahí…, con el hombre de la cueva.” Qué poca imaginación que tenía mi mamá para hacerme asustar. Al principio, cualquier imagen monstruosa causaba efecto, pero con el correr de los años, ella perdió la capacidad para causar terror. Si tan sólo me hubiera hablado más, como lo hacía con la abuela. Si tan sólo hubiera peleado con un tigre, un león. Pero no.
En cambio la nona había cruzado un río crecido para buscar comida del otro lado de la orilla, salvando su vida y la de sus, ahora, seis hermanos, por un milagro de alguno de los dioses que solía mezclar y confundir. A la vieja siempre le costó decidirse por una de las tantas religiones que habían cruzado su vida y sus rezos.
Un día no soportó la gravedad, el peso de mi cuerpo en su falda, los Dioses que no le respondían, y creo, también, que ya estaba cansada un poco de pelear toda la vida contra los ríos que le corrieron en dirección opuesta, y los cientos de tigres, leones y animales con los que tuvo que pelear. Siempre luchando para llegar a esa otra orilla a la que no pertenecía.
Sí, los mitos.
¿Qué parte no entendés? Bueno, un mito es algo fantástico. Son esas cosas que elegimos creer para darle a esta vida un poco más de sabor. Pueden existir o no, pero el chiste está en no esforzarse demasiado por encontrar una verdad. Muchos intentan destruir los mitos, los cuentos, las leyendas. No sé cuán felices serán esas personas.
Yo tengo mis propias creencias, mis leyendas. Esas historias que me hacen feliz. La recuerdo a mi mamá, esperándome en casa, con la merienda. Tomaba la leche y salía disparado para el fondo, donde la abuela tejía, y el abuelo esperaba sentado, manso y tranquilo, encontrar ese perfecto atardecer que le permitiera irse en paz de ese mundo, su mundo, donde habitaban otros animales salvajes que nunca supe cuáles eran. El abuelo parecía una persona triste. Hablaba poco, se reía mucho menos. Me pregunto si habrá sido un héroe, como la nona.
Puedo sentir el aroma de las comidas. Esa mezcla de de cocina vieja, con pérdidas eternas de gas, y el olor a guiso que tanto me gustaba. Nadie cocinaba mejor que la abuela María. El amor que tenía esa mujer para cortar las zanahorias, pelar las cebollas, hasta para poner el agua en la fuente. Todos en casa terminaban limpiando los platos con un pedacito de pan. Yo pensaba que era porque la comida era irresistible. Después me di cuenta que lo que había era hambre.
Los asados que cocinaba mi papá, y lo que eso generaba, era algo hermoso. El gordo en cuero y descalzo, preguntando quién quería un pedacito más. La familia toda junta. El vino barato y el sifón de soda para cortarlo. En la punta de la mesa, el abuelo Cacho, a la derecha papá, y a la izquierda la abuela María. El resto se sentaba donde pudiera.
Si hablo tanto de las comidas es porque creo en los momentos. Creo en el poder que tiene un pan con dulce, un plato de ravioles, una sopa, un asado recién hecho. Creo en la felicidad de algunos recuerdos. Creo que algunas cosas son más ricas de una forma que de otra. Que la pizza tiene otro gusto cuando se come con la mano. Que el asado con leña es más sabroso. Que las pastas sin queso de rallar no son pastas. Que el huevo frito se come con la yema blanda, para luego untarlo con pan. ¿Me entendés? Y yo sé que hoy vos estás enojado porque no te quise calentar la leche con chocolate en el microondas. Pero en este jarrito, en este mismísimo jarrito, mi mamá, o sea tu abuela, me calentó la leche todos los días después del colegio, para que yo creciera sanito. Ya vas a ver que te va a gustar.
¿Querés probar? Bueno, pero ahora salí un ratito de la falda porque ya tenés ocho años y sos todo un hombrecito.