sábado, diciembre 15, 2007

Tercera y cuarta parte

4

El rubio de camisa blanca se la tocó al otro rubio de camisa blanca y empezó el juego. Muchos toques abajo. Precisión con la pelota y cabezas levantadas eran la característica de los de camisa blanca. Los descamisados presionaban pero no le podían sacar la pelota. No se cuántos minutos pasaron, pero el primer gol lo convirtió uno de zapatillas Nike. Agarró la pelota en la mitad de la cancha. Se la tocó a uno que tenía la corbata atada como bincha. Este se la devolvió de taco y el otro remató con mucha violencia superando la estirada del de remera de Talleres, que estaba al arco. El gol fue muy festejado por un grupito de chicas con camisa blanca y corbata del Monserrat, que estaban detrás del otro arco. Yo las miré con un cierto resentimiento. El pibito agachó la cabeza, la movió para los costados y murmuró un insulto. La reacción no se hizo esperar. Los descamisados armaron una jugada tremenda. Uno de remera roja, que jugaba descalzo, pasó a dos jugadores rivales y se largó a correr para el arco rival. De repente se frenó y observó que los había dejado tirados en el piso. Pisó la pelota, pegó marcha atrás y se puso a bailar en la cancha. Los de camisa blanca no se la podían sacar. La tiene atada, pensé, pero ni siquiera tenía zapatillas. Cambié de frase y me dije que la tenía pegada. Me reí solo y el pibe me miró con cara rara. Mientras, el de remera roja, seguía con la pelota. Ayudó a levantar a los que había dejado tirados en el piso y aguantó el balón en la cabeza. Después la volvió a poner en juego y los volvió a pasar. No se cuánto tiempo tuvo la pelota en los pies, pero el semáforo de la calle Duarte Quiróz cambió tres veces. Al final, después de pasar a todos dos veces, incluido a uno de su propio equipo, el pies descalzos se paró al frente del arquero, lo miró fijo, cerró los ojos y pateó con mucha violencia enviando el balón lejos, muy lejos del arco. La pelota pegó en una baranda de La Cañada, se salvó de milagro de que la pisaran y quedó en un lugar alejado de la plaza. El pibe hizo los mismos gestos. Cabeza gacha, indignación y me dijo que el negro siempre hacía lo mismo. Los pasaba a todos, pero como jugaba descalzo, nunca aprendió a patear al arco. Metía más goles de cabeza que con los pies, sentenció el pibe. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que en la villa nadie tiene nombre, o por lo menos nadie los usa. Su apodo era pocho. Abrí la segunda etiqueta de puchos y le ofrecía a pocho otro más. “No, gracias, estoy dejando”, me respondió. Yo me puse el cigarro en la boca, sonreí de costado y seguí viendo el partido. Levanté la cabeza y vi a los de blanco abrazándose. Uh, otro más, pensé. Pero pocho me dijo que iban tres a tres. “¿Cuándo metieron tantos goles?”, le pregunté. “Recién, ¿no los viste?”, me dijo. Levanté los hombros y seguí fumando.
El sol seguía igual de fuerte, pero teníamos sombra como para dos días más. Le dije a Pocho que me cuidara el lugar, aunque no hubiera nadie para ocuparlo. Me levanté y me fui a mear porque parecía que hacía años que estaba sentado ahí. Me metí en los baños públicos de la plaza. Traté de respirar por la boca porque el olor era insoportable. En una de las paredes del baño estaba escrito con birome: “Aguante los limpia vidrios. Monse no existís.” Había una fecha, pero estaba tapada con otra inscripción hecha con aerosol que decía “Aguante la mona.” Se ve que tenía muchas ganas de mear porque tuve tiempo de leer casi todo lo que estaba escrito en las paredes. Las clásicas “el futuro está en tus manos” o “no se droguen, somos muchos y hay poca.” Y otras más ingeniosas: “si no tenés pito para qué entrás acá???” , y una que me causó gracía: “acá debuté ió.” Me subí la bragueta y salí del baño pensando en lo feo que debe haber sido debutar en ese juntadero de bosta y de meada.
Volví para la cancha acomodándome el pantalón. Me sorprendió ver tanta gente. Pocho me miró y me dijo: “eh, al fin, casi te ocupan el lugar”. “¿Tanto tiempo estuve en el baño?”, le pregunté. “Vamos ganando siete a seis”, me dijo. Yo no entendía bien qué carajo estaba pasando. Había como treinta personas disfrutando de la sombra que antes era sólo nuestra. Miré para mi izquierda y vi que se estaban instalando dos carritos de venta de choripanes. Un negro con delantal blanco estaba agachado haciendo viento con un pedazo de cartón para que agarren fuego un par de carbones. Miré para la derecha y observé que los descamisados ya tenían una hinchada importante. Eran unos veinte, pero gritaban y alentaban a lo loco. Alcancé a ver a cuatro vendedores de la luciérnaga, dos vendedores ambulantes y varios pibes limpia vidrios. Pocho me dijo que el de remera azul era su hermano. La hinchada del otro equipo también tenía lo suyo. Unas treinta personas se acomodaron detrás del otro arco. Tomaban mate, Coca Cola, gaseosa Ser. Un grupito de pibes alentaba. Algunas de las chicas seguían como embobadas el desempeño de sus chicos. Mientras que otros afinaban y sincronizaban los ring tones de sus celulares para demostrar su aliento incondicional para con su equipo. Cada uno con lo suyo.

2 comentarios:

Martín dijo...

Gringo! Muy bueno hasta acá, el final... siempre inconcluso... cuando sale la próxima!
Me gusta mucho el lenguaje que usas porque lo hace muy cotidiano.. da la sensación de estarlo viendo en la plaza. Te mando un abrazo

fulano/martínvillarroel dijo...

clap clap clap