miércoles, diciembre 07, 2011

Presentación de libro

Amigos: llegó el día. Presento mi libro. Lo comparto con ustedes. Si alguno lo quisiera puede contactarse conmigo a través del blog. Un abrazo a todos.

jueves, noviembre 24, 2011

Cuando el agua se tiñó de rojo




Unos años atrás realicé una nota a los "Wattas", el único equipo de waterpolo de Córdoba. Investigando un poco acerca de este deporte del que sabía muy poco, descubrí un documental producido por Quentin Tarantino y con él una historia, una asombrosa historia. El film se llama "Freedom’s Fury" y narra en paralelo los hechos ocurridos durante la Revolución Húngara de 1956 y la particular situación del equipo nacional de waterpolo, próximo a competir en los Juegos Olímpicos de Melbourne, Australia.
El 23 de Octubre se realiza una protesta estudiantil y 20.000 estudiantes marchan por las calles de Budapest. La jornada se extiende, miles de personas se van sumando a la manifestación. A las seis de la tarde, 200.000 personas ya están manifestándose en frente del Parlamento Húngaro. La ÁVH (la Policía Política Húngara) abre fuego desde los edificios provocando la muerte de cientos de personas. Una montaña de pólvora volaba en el aire del convulsionado país, el fuego de las metrallas hizo explotar todo. Desde el 23 hasta el 28 de octubre se suceden los enfrentamientos con las tropas soviéticas. La población ataca los tanques con bombas molotov y con armas robadas a las AVH. El ejército rojo se retira de Budapest y comienzan las negociaciones con el nuevo gobierno húngaro. Faltaban sólo tres semanas para el comienzo de los Juegos Olímpicos.
Hungría es la mayor potencia mundial en waterpolo. Dueña de 9 medallas de oro, 3 de plata y 3 de bronce, ha sido el país que más medallas ha conseguido en una disciplina a lo largo de la historia. El documental se centra en la historia de los jugadores, sus vivencias, el recuerdo de aquellos años. La calidad de las imágenes de archivo son impactantes y los testimonios dan cuenta de la difícil situación que pasaban, tanto los jugadores, como así también la población entera.
En el momento del levantamiento, el equipo de waterpolo húngaro estaba en un campo de entrenamiento en las montañas cerca de Budapest. Desde allí podían oír los disparos y ver las columnas de humo. El equipo era el vigente campeón olímpico; con los juegos de Melbourne a menos de un mes, pronto fueron trasladados más allá de la frontera, a Checoslovaquia, para evitar que se vieran envueltos por la revolución.
Finalmente, el 4 de noviembre, la Unión Soviética despliega la "Operación Torbellino". Más de 10.000 soldados, respaldados por 1150 tanques y artillería aérea, invaden las calles de Budapest. La lucha dura seis días y la Revolución es sofocada. La resistencia organizada finalizó el 10 de noviembre, la revuelta fue aplastada y comenzaron los arrestos en masa, lo que provocó que unos 20.000 húngaros huyeran en calidad de refugiados. El balance final fue de 722 muertos y 1.251 heridos del bando soviético y una cifra estimada de 2.500 muertos y 13.000 heridos por parte de los húngaros sublevados, aunque luego serían ejecutadas unas 2.000 personas más. Para enero de 1957, el nuevo gobierno instalado por los soviéticos y liderado por János Kádár había suprimido toda oposición pública.
La delegación nacional húngara ya estaba en Melbourne, donde debatieron si debían competir o no en los Juegos. Finalmente deciden presentarse. El equipo de waterpolo golea a todos sus rivales y accede a las semifinales donde enfrenta a la Unión Soviética. El partido no fue uno más. El estadio estaba lleno y miles de periodistas de todo el mundo cubrieron el evento. El 28 de noviembre se conoce como el "partido más sangriento de la historia".
Aquí es donde se tornan interesantes los testimonios de los jugadores de ambos países. Ahí esta la riqueza del documental. El partido se desarrolló en un clima tenso, marcado por la guerra entre ambos países, por la presión de la prensa y el público. Los jugadores rusos cuentan que el árbitro los perjudicaba constantemente. Relatan jugadas puntuales en las que se favorecieron claramente a los húngaros. Unos minutos antes de finalizar el encuentro y con los ánimos caldeados de un lado y del otro, se produjo la pelea: los jugadores se trenzaron a los puños y el agua de la pileta se tiñó de rojo sangre. Hungría ganaba 4 a 0. La imagen del rostro ensangrentado de la estrella del equipo húngaro, Ervin Zador, recorrió el mundo. La prensa se encargó de trasladar el conflicto bélico entre ambos países al deporte. Pero los jugadores entendieron que no era así: "Ellos también fueron víctimas del régimen", contaba Zador, refiriéndose a los representantes soviéticos. El mejor jugador húngaro no pudo disputar la final por una herida importante en su ojo derecho. Igualmente, el equipo consiguió la medalla de oro al derrotar al duro equipo yugoslavo por 2 a 1.
Hay mucho para contar pero el espacio me codea y me recuerda los límites de la palabra. El documental es riquísimo pero muy complicado de conseguir. A aquel que sepa bucear y tenga suerte de encontrarlo, podrá disfrutar de una historia dura, difícil pero real.
Hasta la próxima. Abrazo de lucha.

miércoles, noviembre 23, 2011

Cortázar, Torito y yo II




En la primera parte de esta nota introducía a Cortázar y, a través de él y de su cuento "Torito", a Justo Suárez. También estoy yo, muchas décadas después, emocionándome con palabras nuevas, descubriendo que la lectura abría mundos, descubriendo a un boxeador que salió del pozo, probó las mieles, llegó a los Estados Unidos, trompeó y ganó, volvió a su tierra, su gente lo quería, copaba las tribunas, pisaba el centro, peleó contra todos y contra él mismo, empezó a sentir el piso resbaladizo, la tuberculosis, el segundo viaje a Estados Unidos, la primera derrota, la segunda derrota, la derrota final, la tos, la miseria, el olvido, Cosquín, su cama, su hermana, la enfermedad y él, la muerte y Final de Juego. Cortázar, Torito y yo.
Justo Suárez fue el decimoquinto hijo de una familia que tuvo 25 hijos y ya desde su más temprana infancia se vio obligado a rebuscársela para llevar el pan a su casa. Como casi todos los habitantes del barrio de Mataderos, Suárez también trabajó en esos oficios matarifes. En la adolescencia se dio cuenta que sabía pelear, que si se enfrentaba con alguno le ganaba, le daba con la izquierda y abajo, con la derecha y al piso. A los 19 años ya era profesional. Peleó y ganó, peleó y ganó, hasta que un día boxeó por más: en la vieja cancha de River venció a Julio Mocoroa por puntos y consiguió el Título Argentino Liviano. La gloria era suya.
Suárez, de golpe, se llenó de dinero. Le compró un terreno a su madre, se vistió con trajes caros y pisó el centro de la ciudad, un lugar al que los pobres jamás llegaban. Después de bajar a todos los rivales que se le pusieron en frente, el "Torito" tomó un barco hacia Estados Unidos. Otra vez hizo todo a gran velocidad. En cuatro meses realizó 5 peleas y arrasó a sus rivales para rápidamente hacerse un nombre. Volvió al país con todos los laureles. Siguió peleando y siguió ganando.
Luego, vendría el segundo viaje a Nueva York. Suárez iba por el título de rey de los livianos. Tenía mucho y quería todo. Se enfrentó ante Billy Petrolle y perdió por puntos en nueve rounds. Fue su primera derrota como profesional. Todo empezaba a oscurecerse para el Torito de Mataderos.
De vuelta en estas pampas, con una tuberculosis fulminante que de a poco le comía el cuerpo y el espíritu, perdió el cinturón ante Victor Peralta. El ídolo golpeaba sus rodillas en el piso del ring. Caía, y no sabía caer. Su última pelea fue ante su amigo Juan Pathenay. Las crónicas de la época dicen que su rival no quería boxear, no quería tirarle golpes. Así y todo, Suárez tocó la lona. En esto no hay dudas, todos lo dicen: Pathenay lloró; no quería vencer a su amigo, a su ídolo. El estadio también lloró. La carrera de Suárez ya estaba terminada.
Tres años después, el 10 de agosto de 1938, en un hospital de Cosquín, con la única compañía de su hermana y en la miseria total, Suárez moría de tuberculosis. Una multitud acompañó el cortejo fúnebre y llevaron el cajón hasta el Luna Park, para darle un último homenaje en el lugar donde escribió sus páginas más gloriosas. El Torito está enterrado en el cementerio de la Chacarita.
Hoy nos quedan los textos de Cortázar, las crónicas de la época, los recuerdos de los más viejos, las calles con su nombre y el orgullo del barrio. También hay un tango, de Venancio Papayero y música de Venancio Clauso. El estribillo dice: "¡Justo Suárez, solo! ¡Torito viejo, lindazo! Sacálo como vos sabés no le des tiempo, fajálo. ¡Justo Suárez, solo! ¡Torito viejo rompélo! Ya está listo, cruzálo, cruzálo que lo tenés." Y sigue: "De Mataderos al centro, del centro a Nueva York, seguís volteando muñecos, con tu coraje feroz. Cuando te pongan al frente del mismo campeón del mundo, ponete esa papa en la olla, cocinátela a la criolla y por cable la fletás."
Por último, terminando por donde empecé, las palabras de Julio Cortázar, las razones de aquella escritura de "Torito" que son, nada más y nada menos, que las razones de estas líneas: "Un día, estando yo en París, en la época en que vivía todavía en la ciudad universitaria, recordé todo aquello y de golpe me senté a la máquina. En dos horas escribí el cuento, con datos muy precisos sobre sus combates, porque lo había seguido a lo largo de toda su carrera. Durante dos horas me sentí Justo Suárez y escribí como un boxeador."
Hasta la próxima. Abrazo de K.O.

jueves, octubre 27, 2011

La gambeta se llama Garrincha



Se recomienda acompañar la lectura con la música.


Un día como hoy, un 28 de octubre pero del año 1933, nacía en Pau Grande, Río de Janeiro, Manuel Francisco do Santos, "Garrincha", uno de los jugadores más extraordinarios de todos los tiempos. Su historia es conocida por muchos, pero bien vale recordarla: "alguno de sus muchos hermanos lo bautizó "Garrincha", que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz: diagnosticaron que nunca llegaría a ser deportista este anormal, este pobre resto del hambre y la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Nunca hubo un puntero derecho como él". Palabras de Eduardo Galeano.
Era cierto: su pierna derecha era seis centímetros más larga que la otra. Se puede ver en you tube la forma en la que caminaba, la leve renguera. Nació en la pobreza absoluta y nadie daba dos monedas por ese morocho chueco. Despreocupado, como lo fue toda su vida hasta su muerte, les demostró que podía gambetear a cualquiera. Fue el jugador que más alegría regalaba en las canchas. Ganó las Copas del Mundo de 1958 y 1962, siendo el mejor jugador de todo el torneo en la última de ellas.
Cuando las palabras buscan dibujar la vida de personas como Garrincha, la emoción no se puede contener. Busco ser justo, preciso, jugar con ellas, con las palabras, para no quedarme corto, para poder desagotar todo lo que tengo adentro. A veces no puedo. No encuentro la forma de dar dos pases seguidos y siento que tengo que darle la pelota a los que saben, refugiarme atrás un rato hasta que agarre confianza nuevamente. Levanto la cabeza y le tiro un pelotazo a Alfredo Zitarrosa. El maestro para el balón con el pecho y arranca la jugada de gol: "Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre, y le pega tan suave, tan corto, tan bello, que el balón es palomo de comba en el vuelo, y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo, que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo, ¡y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente!"
No puedo hacer nada, absolutamente nada ante la poesía precisa y bella de Zitarrosa. El maestro uruguayo compuso este tema llamado "Garrincha" y es una de las canciones más lindas que he escuchado en mi vida. No es fácil unir los universos, no es fácil combinar el fútbol con la música y que el resultado sea más que la suma de las partes. La letra define a Garrincha, su manera de jugar, su manera de vivir, el amor de la gente, el pueblo, el ocaso del ídolo y la tristeza de todos cuando llegó el final. Zitarrosa escribe y con sus palabras une la distancia enorme entre el amor que supo recibir Garrincha y el olvido y el desprecio con el que murió. ¿Cómo funcionan los sentimientos latinoamericanos? ¿Qué pasa con la pasión desbordante que damos y que luego quitamos sin miramientos? ¿Es así como lo digo? Yo me hago las mismas preguntas que él: "¿Quién se llevó de pronto la multitud? ¿Quién le robó de pronto la juventud? ¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón? ¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón? ¿Quién le llenó su copa en la soledad? ¿Quién lo empujó de golpe a la realidad? ¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez? ¿Quién le gritó en la cara: –Usted no es nada, ya no es usted?".
La fuerza que tiene la letra de este tema es increíble. Leo las preguntas y me dan ganas de repetirlas. Me sumerjo en un bar, en una charla con amigos, en la décima copa bebida, en las luces de la noche, y pongo mi mano en el hombro de un compañero y le pregunto: "¡¿quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón?!". Quisiera llorar.
Garrincha se casó tres veces y tuvo 14 hijos reconocidos. Ocho hijas de su primer matrimonio con Nair; uno de Elsa Soares (Garrinchinha, fallecido en accidente de tránsito); dos con Iraci; otro con Vanderleia; otro en Suecia (Ulf Linberg, fruto de un romance en la Copa del Mundo de 1958), y Rosangela, reconocida por una prueba de ADN. El tipo hizo todo lo que quiso. Desparramó 14 veces su apellido y la única herencia que dejó fue el recuerdo de sus gambetas, el amague para adentro y la salida por afuera. Centro y gol.
El 20 de enero de 1983 Garrincha murió a los 49 años de cirrosis hepática. Ganó todas las copas que quiso, las llenó con aguardiente y se las tomó. "Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí", decía. La muerte lo encontró en la pobreza extrema y en la soledad inédita. El jugador del pueblo se les escapó a todos.
"El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme, lo mira y sólo ve cenizas del amor que estremeció a la gente, y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida, no lo quiere, le teme, no puede, no atina, y se siente de nuevo enterrado en la vida, y el balón se le escapa entre insultos y risas, ¡y se enfurece la gente, y le abuchea la gente! ¿Quién se llevó de pronto la multitud?..."
Hasta la próxima. Abrazo, centro y gol.

martes, octubre 25, 2011

Mis propias elecciones

Nota que NO fue publicada en el Diario Alfil por ser "muy autoreferencial". Espero que mis palabras jamás dejen de ser "muy autoreferenciales". Acá la comparto. Abrazo!




“A vos te encantaría ir a votar”, me había dicho Paco en las Primarias pasadas. Es verdad. El es mi amigo, sabe cómo soy, conoce las cosas que me gustan, las pequeñas cosas que yo me encargo de hacer grandes.
Jamás en mis casi tres décadas de existencia he ido a votar. Los destinos paternos quisieron que yo naciera en un lugar tan lejos y tan distinto a Córdoba: Toronto, Canadá. Mi documento de identidad es morado (o bordó), el número empieza con 92 y la foto no está ni en la primera ni en la segunda página, está en la tercera. “Hola don, sáqueme una fotocopia de las TRES primeras páginas del Dni, por favor”. En la primaria todos me conocían pero siempre había alguno que me preguntaba cosas que no sabía o que jamás me había preguntado como si sabía hablar en canadiense, o si me acordaba de algo, o si tenía amigos allá, o si se desataba una guerra y me llamaban tenía que ir. Después, pasaba de grado y alguna señorita gritaba con tono aleccionador “¿quién se hizo el gracioso y puso el número de documento 92.541.248?”. Y de vuelta explicar el mismo versito: yo señorita, fui yo, lo que pasa es que nací en Canadá. Mis papás se fueron a vivir ahí en el ’77 y estuvieron seis años, hasta el ’83. Nació mi hermana (que sí se acuerda de algunas cosas) y nací yo, el 13 de junio del ’82. Llegué al país con un año y medio de edad. No me acuerdo de nada, no sé hablar en nada, no entiendo nada, señorita.
En el secundario lo mismo y en la facultad parecido. Haber nacido en otro país es un poco más y un poco menos que una anécdota. Yo me siento más cordobés que el vino con Prity y el choripán a la salida del Abasto, pero mi Dni dice otra cosa. Si jamás saqué la nacionalidad argentina (el documento verde) fue porque jamás arreglé el cuerito de la canilla del baño, o la humedad en la pieza, o bañé a los perros. Siempre ocupó un lugar despreocupado, junto con el resto de los deberes que nunca hice en mi vida.
Pero es raro. Nunca fui a votar. Tengo un recuerdo muy liviano de mi infancia en el que (creo) acompañé a mi viejo a la escuela donde antes votaban los varones. No sé nada de sufragios, de bocas de urnas, de presidentes de mesa, primer suplente, segundo suplente.
Todos los domingos vuelvo al barrio. Hace cinco años que me fui pero mis viejos siguen allí. Aprovecho para comer bien, recibir los mimos maternos, ver todos los partidos de fútbol habidos y por haber y tomar mate de mi viejo matecito de madera. Ayer, con todo esto en mi cabeza, decidí cortar mi virginidad, agarré mi libreta, una lapicera y me fui a la Escuela que me vio crecer, la Leopoldo Lugones.
Hacía casi 20 años que no entraba al “cole”. Ahí estaba el primer patio donde bailé en todos los actos de fin de año para que me pusieran un excelente en música y en cualquier otra materia. Los baños, el color de las puertas, la altura de los techos, la columna donde contábamos hasta veinte cuando jugábamos a la escondida en los recreos. En el segundo patio ya no estaban los aros de básquet que había donado el papá de Juanca, ahora hay otros, más nuevos, pintados y todo. Las dimensiones de mi niñez cambian asombrosamente. Siempre pasa, los recuerdos son así, pero no puedo impedir la emoción.
Deambulo por la escuela y me siento un sospechoso, tengo la sensación de que va a venir un cana y me va a decir “usted no tiene que estar acá, váyase”. Me cruzo con gente conocida, vecinos. Me preguntan si ya voté, les recuerdo mi vida y me dicen “ah, cierto”. Les explico lo que estoy haciendo, lo que quiero hacer, lo que estoy sintiendo. Ellos miran el colegio, asienten, pero no les significa una novedad. Reconozco algunas caras en las mesas, otros me miran y levantan una mano con una sonrisa, les devuelvo el saludo aunque no sepa quiénes son. Me quedo un rato largo paseando pero no me puedo sacar la sensación de saberme fuera de lugar. Otro vecino me ve salir y se ofrece llevarme a casa. Le digo que no, que voy a quedarme a dar una vuelta.
Es verdad, me encantaría votar. Para mucha gente es un trámite aburrido y engorroso que les roba tiempo al domingo. Yo, que lo vi siempre desde afuera, quisiera sentirlo alguna vez. Es que los días de elecciones se generan cosas distintas en las rutinas. Es difícil de explicar pero sucede lo mismo con esos grandes acontecimientos como los censos, los partidos del mundial, la navidad y el año nuevo. Es volver a reencontarte con miles de caras y verte en cada una de ellas. Es ver el tiempo detenido.
Esta es una columna de deportes. Generalmente, los fines de semana el deporte explota y sirve de alimento a las palabras de los lunes. En Argentina se paró la pelota y lo más importante fue que Messi erró un penal y el Barsa no ganó. Él nació acá y vive allá hace mucho. Me pregunto si habrá votado alguna vez…
Hasta la próxima. Abrazo de victoria.

viernes, octubre 21, 2011

Cortázar, Torito y yo I



Las palabras abren puertas a otras palabras: pasen, vengan. Éstas entran y se acomodan para quedarse, para permanecer para siempre en algún rinconcito de la memoria. Es difícil darse cuenta, y mucho más difícil es explicar las sensaciones que provocan. Hablo de palabras y emociones.
Voy a hablar de ambos, pero mejor que empiece uno de ellos: “Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha, al mismo tiempo, fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.” Las palabras pertenecen a Julio Cortázar y describen un pedazo de universo, su historia de vida y los impulsos que lo llevaron a escribir. La cita (me) servirá para atar cabos con las palabras venideras, las que van desde este presente a aquellos pasados.
Supongo que andaba por mis 23 años. Hacía poco que había a “aprendido” a leer de nuevo, y si coloco las comillas es porque el colegio secundario y la pereza que desarrollé durante esos años, arrasaron con mi capacidad de lectura. Durante mi adolescencia no leí nada que no fuera una crónica deportiva o el epígrafe de una foto. Luego, en la universidad, los textos me golpeaban en la cara recordándome que no sabía leer, que no podía entender un concepto más o menos abstracto. Decía, que andaba por mis 23 años, descubriendo la literatura, los autores que hoy me fascinan, entre ellos Cortázar. En uno de sus libros llamado “Final de Juego” hay un relato titulado “Torito”. Su lectura me conmovió. Supe que hablaba de algo real, de un boxeador. Supe que se trataba de Justo Suárez. Ese nombre me llegaba de la mano de Cortázar. El cuento es bellísimo y sirvió para que indagase más sobre este boxeador que todo lo tuvo y todo lo perdió.
Justo Suárez, el “Torito de Mataderos.” Nació y se crió en el barrio de Mataderos, el 5 de Enero de 1909, al sudoeste de la ciudad de Buenos Aires y fue uno de los primeros ídolos populares del deporte argentino. El tipo salió desde abajo y llegó alto, muy alto. Su ascenso fue veloz al igual que su caída. Cuenta el periodista Horacio Pagani: “A los 9 años ya trabajaba, a los 19 era boxeador profesional y a los 29 todo había terminado. Le alcanzaron 29 peleas para convertirse en el ídolo de los argentinos, allá en los años ‘30, cuando golpeaba la crisis de la depresión económica mundial, cuando la figura de Luis Angel Firpo se esfumaba en la memoria, cuando el boxeo -casi una rebelión contra la pobreza- convocaba multitudes en el Parque Romano, en la vieja cancha de River, en el Luna.”
En “Torito”, Cortázar narra en la voz de Suárez los recuerdos de su vida: “Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas... Y es así, ñato. Más largas que esperanza'e pobre.” Es el propio Suárez, echado en una cama, inmóvil, con una turbeculosis que lo terminó por matar. Sufre “el Torito”, sufre Cortázar y sufren ellos, los de abajo, el pueblo de Mataderos que lo acompañó en cada pelea, en cada defensa de título.
Aquellas palabras que llegaron a mis ojos y circularon por mi cuerpo efervescente cuando tenía 23 años, hoy vuelven a latir, vuelven a vivir en éstas palabras que son otras, totalmente sentidas pero con la angustia de saberlas insuficientes, incompletas. Serán entonces, la primera parte de otras más, de los renglones venideros.
Cortázar, Torito y yo. Queda mucho por decir. Hasta mañana. Hasta que suene la campana final.

lunes, octubre 10, 2011

Gardel y el deporte. Primera parte

Esta es la primera de una serie de notas que escribí sobre el Gardel y el deporte. En realidad, me di el gusto de escribir sobre lo que quería. Espero, les guste. ¡Un abrazo!





Osvaldo Soriano, uno de los grandes escritores argentinos, decía que cuando se le bloqueaba la mente, cuando la inspiración se le escurría como agua entre las manos y no sabía cómo continuar sus novelas o cuentos, siempre aparecía un gato y le traía las respuestas. De una manera incierta, que sólo él podía descifrar, los felinos le acercaban el pase preciso para continuar la jugada.
De este lado del tiempo, casualidad o causalidad, quiso el destino que una tarde, en medio de un bloqueo angustiante, estuviera sonando en mis parlantes la voz hermosa de Carlos Gardel. Retiré las manos del teclado y, resignado, me quedé como un autista, escuchando. Pasaron los temas, las grabaciones precarias de los años veinte, las letras, esa poética inconfundible del tango. Supe también que esta columna debía ser de deportes. Hice una pausa. Apagué la música y salí.
El mejor método para destrabar un nudo es el tiempo. Claro, pavada de consejo del mío, muy fácil de pronunciar y muy difícil de aplicar cuando las papas queman y el ritmo del medio periodístico espera ansioso las palabras. Pero cuando uno puede escabullirse de la marca pegajosa de la rutina, como un delantero petisito y veloz, las cosas terminan saliendo. La figura del "Zorzal", de Carlos Gardel me inundó de imágenes. He leído mucho sobre este personaje. Me fascina la incertidumbre que rodea su figura. Biógrafos, documentalistas, periodistas y novelistas, hablan de él y siempre dejan un manto de duda sobre sus afirmaciones. La más importante: su nacionalidad. Desconozco la sensación que tendrán los franceses de Gardel pero de este lado del mundo, la puja por su patria verdadera entre Argentina y Uruguay es algo que todavía calienta las discusiones.
Con ese aceptado nivel de incertidumbre me empecé a preguntar varias cosas. Y me propuse escribir, con un altísimo grado de subjetividad, todas esas imágenes que se relacionan con Gardel y el deporte. De la mano del azar y de mi memoria caprichosa, fui reconstruyendo mi propia relación con el Zorzal. ¿Qué puede decir una persona de 29 años sobre él? ¿Porqué todavía sigue generando emociones su figura? ¿Quién es Carlos Gardel? Todavía no lo sé, pero la alegría está en no pensar demasiado las emociones, sino abrir los brazos y dejar que vengan.

Gardel y el fútbol

Lo primero que me propuse descubrir, como argentino y futbolero, era de qué club era hincha Carlos Gardel. No hay muchos tangos que hablaran de fútbol. Hay que recordar un dato no menor: las letras de los tangos no eran de Gardel. El Zorzal las interpretaba, las hacía suyas y luego el pueblo las adoptaba como propias. Igual, se pueden rastrear algunas evidencias concretas. Una de sus canciones se llama "Patadura". La primer estrofa dice así: "Piantáte de la cancha, dejále el puesto a otro / de puro patadura estás siempre en orsay / jamás cachás pelota, la vas de figurita / y no servís siquiera para patear un hands. / Querés jugar de forward y ser como Seoane / y hacer como Tarasca de media cancha un gol. / Burlar a la defensa con pases y gambetas / y ser como Ochoíta el crack de la afición."
Muy bien. En esta primera estrofa nombra a tres jugadores: Manuel Seoane, de Independiente. Domingo Tarasconi ("Tarasca"), de Boca. Y Pedro Ochoa, de Racing, considerado el mejor jugador argentino de la década del ‘20. Racing Club de Avellaneda fue uno de los primeros "clubes grandes" y argentinos. El fútbol, en aquellos años, era monopolizado por los equipos con tradición inglesa. El más conocido: el multicampeón del amateurismo, Alumni. Racing, con su camiseta a rayas celestes y blancas, pudo quebrar la hegemonía británica y salir campeón con planteles criollos. Algunas crónicas de la época, indican que había una amistad entre Gardel y Ochoa y que incluso su apodo, "Ochoíta", le fue puesto por el propio Zorzal.
Sergio Renan, reconocido actor y director de grandes películas como El Silencio de los Héroes y La Tregua, y de otras menos felices como La Fiesta de Todos, cuenta que una vez se enteró de que alguien poseía el carnet de socio de Gardel. Quiso comprarlo, ofreció una suma importante de dinero pero no tuvo suerte.
El juego no es pa' otarios, tenélo por consejo / hay que saber cortarse y ser buen shoteador / En el arco que cuida la dama de tus sueños / mi shot de enamorado acaba de hacer gol.
"El juego no es pa’ otarios". Un maestro. Continuará…

jueves, septiembre 29, 2011

San Lorenzo, Soriano y la historia

Nota del 22 de septiembre.





En 1973, Osvaldo Soriano reconstruyó el nacimiento de San Lorenzo de Almagro. Los de Boedo venían de ganar el bicampeonato de 1972 y la nota se publicó en el diario La Opinión, cuyo director era Jacobo Timerman. Años más tarde volvió a publicar el relato/entrevista en un libro delicioso llamado “Artistas, locos y criminales”, en el cual recopila varias de sus crónicas periodísticas sobre diversos temas. Parte del prólogo a aquella nota decía lo siguiente: “esta reconstrucción sigue pareciéndome apasionante, porque aquella aventura de un puñado de pibes en la primera década del siglo es común al nacimiento de casi todos los clubes de Buenos Aires. Un fenómeno cultural que ha impregnado la vida argentina y que, en el caso de San Lorenzo, me parece una parábola ejemplar del fulgor y la decadencia de una sociedad. Cuando hicimos el reportaje, ni Xarau, ni Giannella, ni nadie podía imaginar que nueve años más tarde San Lorenzo perdería su estadio y sus bienes que costaron tantos esfuerzos. Menos aún, que en 1982 tendría que volver a jugar en la B”.
Osvaldo Soriano fue uno de los primeros escritores “malditos”. Nómade, futbolista, delantero de área, periodista y luego escritor. Sus relatos hablaban de una Argentina peronista, futbolera, nostalgiosa y golpeada. Su padre aparecía en casi todos sus textos como ese sujeto de amor indescifrable, siempre en constante revisión.
Soriano, ya desaparecido, nos sigue contando desde las hojas de sus libros, aún vigentes, de los pasos en falso, de los parias, de los argentinos; “uno no es del todo argentino sin un buen fracaso. Sin una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”, decía. Este país, desde que decidió nacer cantando “coronados de gloria vivamos”, nos cargó de una expectativa alejadísima de nuestras ganas y posibilidades. En el fútbol sucede lo mismo. Para todos los hinchas de todos los cuadros habidos y por haber, su club “es lo más grande que hay”. De ahí la angustia, la “frustración plena, intensa…”.
El presente de San Lorenzo de Almagro, tan cerca del fondo de la tabla, mirando bien de frente (nada de hacerse los que miran de reojo) los numeritos condenadores del promedio, sirven de pretexto para hablar de Soriano y el fútbol.
La mencionada nota sobre el nacimiento del club consiste en una entrevista que realizó Soriano a los últimos dos fundadores en vida, Francisco Xarau y Juan Giannella. Pocos escritores tenían esa capacidad asombrosa de generar los ambientes de lectura/escritura como el Gordo. La elección de las palabras, la descripción de los gestos de los protagonistas. En sus palabras se podían escuchar la voz ronca, el tamborileo de los dedos sobre una mesa, las cejas arqueadas, los gestos más instintivos. Gianella y Xarau cuentan, entre tantas otras cosas, que el nombre del club se lo deben al padre Lorenzo Mazza. Cuenta Gianella que fueron a decirle al padre que querían ponerle al club “Club Atlético Lorenzo Mazza” y que el padre no quiso saber nada. “Nosotros le queríamos hacer el homenaje al padre y ponerle su nombre al club, así que buscamos una vuelta en el asunto. Alguno se acordó de la batalla de San Lorenzo. Fuimos corriendo y el cura aceptó. ‘Bueno, si es por la batalla está bien. Que se llame San Lorenzo de Almagro’. Esto era en abril de 1908”.
Hoy, 22 de septiembre de 2011, la institución está peleando nuevamente en los últimos puestos de la tabla. San Lorenzo, como tantos clubes “grandes” que sintieron durante décadas que la historia los protegería contra todos (incluso contra ellos mismos), hoy corren sin saber para dónde ir. Los logros y los laureles fueron fruto de un presente que luego se convirtió en historia. El ahora es hoy al igual que lo fue ayer.
Francisco Xarau: “El año pasado viví en un ranchito de La Reja. Conservaba recuerdos de la época, pero un día entraron los ladrones y se llevaron todo. Soy socio vitalicio de San Lorenzo, tengo el número cinco y mi foto está en la intendencia del club junto a la de los demás. Entro gratis a la cancha. Me conformo. Trabajé seis años como cuidador de la cancha de bochas del club y me daban un sueldito. Tengo una jubilación chiquita y a los setenta y nueve años no puedo esperar mucho. Los que empezamos éramos menos de veinte, los que hicimos el club unos cien y sólo quedamos dos vivos. También queda Silva, que era de las inferiores. Ahora lo único que me queda por delante es la muerte. Mi amargura no es andar solo y tirado, sino que lo que hice o haya servido para nada. No me refiero al club, que lo hicieron los que vinieron después, sino a la vida. Siempre tuve problemas. Tengo unos sobrinos, pero ellos están en lo suyo y me parece bien. De los viejos, más vale ni acordarse. Aunque alguna vez también hicieron goles”.
Osvaldo Soriano murió el 29 de enero de 1997. Pudo ver a San Lorenzo campeón en 1995 quebrando una racha de 21 años sin títulos. El “Santo”, después de largos años deambulando por casas alquiladas, construyó su estadio, el “Nuevo Gasómetro, pero en el Bajo Flores. Un grupo de hinchas viene peleando para volver a Boedo, a “tierra santa”. Donde supo estar la cancha hoy hay un supermercado.
La historia, como dice Xarau, la hacen los que vienen. Hasta la próxima. Abrazo de gol.

jueves, septiembre 22, 2011

Trabajo periódico

Hola, amigos. Iré subiendo por aquí las notas que vaya publicando en el diario. Salen casi todos los días (de l a v) así que haré una selección de las que más me gustan, aquellas que me han dejado más conforme.

Esta salió publicada el miércoles 21.
Se llama "Los locos del fútbol". Allá va!

Los locos del fútbol

En la historia del fútbol argentino se pueden trazar líneas, unir hilos conductores entre hechos, partidos o personajes. Levantando la cabeza, mirando el panorama y aceptando que las elecciones son siempre azarosas, subjetivas y personales, vemos la cancha con claridad, con la certeza de veterano de mil batallas; al trotecito se la paso al “loco”, para que haga lo que sabe.
Existieron y existen miles de jugadores apodados “loco”. Algunos por anécdotas personales, otros por portación de apellido, por inventivas de un relator, por deseos de la hinchada, por aspecto físico o por estar literalmente loco (o casi) Estos tres “locos” tienen similitudes en sus historias de vida, en su juego, en la trayectoria, en la gloria y en el ocaso. Acá están, estos son, los locos del balón.
El primero que inicia esta saga se llamaba Omar Orestes Corbatta. Si la locura se relaciona con la pérdida de razón, pues bueno, a este tipo el mote le venía bárbaro porque lo que hacía con la pelota no entraba en la cabeza de nadie. Era un wing imparable, encaraba por la línea con la pelota atada a los pies, desbordaba, echaba centros con precisión a la cabeza de los goleadores del Racing campeón de 1958 y 1961. Era petiso, tímido, analfabeto y alcohólico. Deambulaba con un diario debajo del brazo y miraba las fotos. Se casó cuatro veces: “Con la primera me fue muy mal; con la segunda me fue mal; con la tercera mal y con la cuarta, mal. Las cuatro me sonaron, pero las quiero lo mismo”, decía Corbatta.
Fue parte de aquel inolvidable equipo que disputó el Sudamericano de 1957, en Lima, los “Carasucias”. Y formó parte del recordado “desastre de Suecia”, en la Copa del Mundo de 1958. Fue dos veces campeón con Racing y con Boca, entre otros tantos logros.
Le decían el “dueño de la raya”, el “arlequín”, el “mago de la gambeta” o el “Garrincha argentino”. La comparación con aquel grandioso wing brasileño no es casual. Ambos vivieron una vida al palo. Fueron los reyes de la cancha y de la noche. Ambos murieron en la miseria total, quebrados, enfermos y solos. Corbatta falleció el 6 de diciembre de 1991 a los 55 años de edad producto de una cirrosis. Hoy, una de las calles que lindantes al Estadio de Racing, lleva su nombre.
Las características que unen a estos tres “locos” del fútbol van complementándose unas con otras. El segundo loco también era wing, petiso, encarador, despreocupado, amante de los amigos y del trago. Se llama René Orlando Housemann. René nació en Santiago del Estero y luego vivió en una de las tantas villas miserias de Buenos Aires. Jugó en Defensores de Belgrano y a los 20 años de edad llegó a Huracán y, de la mano de César Menotti, consiguió el campeonato de 1973, con uno de los mejores equipos de la historia del fútbol argentino. Dicen que jugó borracho, que se escapaba de las concentraciones, que se prendía en cualquier picado en la villa, que así y todo era muy querido por sus compañeros. Dicen que volaba en la cancha. Cuenta Fontanarrosa en su libro “No te vayas campeón”: “René era vértigo y freno. Cuando aparecía él, se aceleraba el partido y, como Ortega, había veces en que daba la impresión de no tener articulaciones”. Sí, eran parecidos y ya veremos porqué.
Houseman disputó el Mundial de Alemania de 1974 y fue campeón del mundo en Argentina 78. Nunca le interesó el dinero. Tuvo mucho y lo perdió. Como un boxeador en decadencia, estuvo a punto de la muerte. Su familia y los amigos lograron alejarlo del alcohol. Hoy, trabaja en el club Huracán de Parque Patricios. Los que lo vieron jugar dicen que con René se fue el último wing.
Por último, más cerca en el tiempo, escribiendo las últimas páginas de su historia está Ariel Arnaldo “el Burrito” Ortega. A éste no le decían loco, pero por su forma de juego, sus idas y venidas, su relación con el alcohol y por el cariño incondicional de la gente, entra en esta saga.
El “Burrito”, al igual que Houseman, nació en el interior profundo de Argentina, más precisamente en Ledesma, provincia de Jujuy. Con 16 años debutó en River Plate, de la mano de Daniel Passarella. Jugó 3 mundiales (94, 98, 2002), fue múltiple campeón con los “millonarios”, y también logró un título con Newells Old Boys. Fue transferido a Europa en varias oportunidades y jamás se sintió feliz. No pudo desplegar su fútbol de gambetas rebeldes. Su lugar en el mundo era en River.
En los últimos años fue noticia por los faltazos a las concentraciones, por su problema con el alcohol y por ciertos incidentes que la prensa no dudó en mostrar. Viene deambulando por varios clubes, con estadías cada vez más cortas. Hoy viste (como lo hiciera alguna vez Houseman) los colores de Defensores de Belgrano, en la Primera B Metropolitana.
A pesar de todo, a pesar de tanto, Ortega, al igual que Corbatta y Houseman, es querido por sus hinchas. A los locos de la gambeta no hay con qué darles. Hasta la próxima. Abrazo de gol.

viernes, septiembre 02, 2011

Esta noche por canal 10

Bueno, amigos, esta tarde/noche, en el impredecible horario que va entre las 19 y las 21 hs, por Canal 10, estaremos apareciendo junto a Martin Cardo y Pablo Rodríguez en las pantallas de sus televisores. Será en un pequeño informe que nos hicieron a los tres para contar la experiencia de los "Escritos al Primer Amor. Belgrano, Alberdi y su Gente."
Durante 12 fechas del campeonato pasado repartimos 5000 ejemplares ilustrados de literatura y arte (re)construyendo la historia del club y el barrio, contada por los propios protagonistas. En total se repartieron 60.000 fascículos convirtiéndose en el proyecto de comunicación popular más importante de Córdoba de los últimos tiempos. Se agradece la difusión.
Estamos contentos y queremos que nos vean los dientes.
abrazos!!!

p.d: por acá se puede ver online: http://www.lmcordoba.com.ar/canal10/

martes, agosto 23, 2011

Las cosas de Barrio Las Flores IX

Los sentidos del barrio


Camino, como el ciego, a tientas pero seguro. Sé que la vereda del quique está rota, que en la esquina hay un montículo de arena y algo de escombros, que el árbol de la vieja tiene las ramas bajas, que mejor agacharse, que el canasto de la basura, que la verja, que el pozo que avisa no traiciona.
Afuera ladra un perro, es Castelli, luego ladra otro, es el Jefe, luego se escucha una orquesta de ladridos, son el labrador, el coker y el otro mal llevado de la esquina, luego un grito de la madre del maxi que lo llama a comer o lo reta por algo, luego el colectivo, el E5, el que pasa demasiado rápido, el que hace interferencia en mi tele por aire, luego una alarma, la del Ford de al lado, luego otra, la comunitaria, la que suena siempre, luego otro colectivo, el mismo, el E5, pero el que va para el centro, que pasa más rápido porque tiene más calle para acelerar, luego una moto, la del otro vecino, luego una puerta, la del vecino, luego el ladrido de nuestra orquesta, la Negra Poli, Castelli y el Gringuito, luego el resto.
Alguien hace dignidad a la plancha, con huevos fritos o ensalada o puré o fideos, capaz que los de la obra se asan un faldeado y cambian por un ratito los lugares y se saltan los casilleros y ahora, en estos mediodías, los que sienten celos son los que no pueden, no porque no puedan, comer un asado de martes miércoles o viernes con sol de invierno; el olor a bosta de la cloaca de acá a la vuelta, las cagadas en mi jardín, las botellas llenas del frente de la vieja, el agua servida en la calle, lista para correr libre.
Levantando la cabeza, mirando las casas, unos centímetros por sobre el nivel del río que se arma cuando llueve fuerte y es verano y hace calor y los vecinos se arremangan los lompas y se paran en las puertas y putean si el bondi pasa rápido y se arman unas olas y el agua se levanta y fluye y corre para adentro del living sin permiso y sin pausa. Las veredas rotas, quizás por lo mismo y también porque todo creció mucho más de lo planeado, porque no dan abasto los asfaltos y los autos se estacionan arriba de las veredas, a veces por un rato, otras para siempre, como el 504 de la Belardinelli o el Volkswagen 1500, que sirve para medir hasta dónde llegaron las crecidas por la cantidad de ramitas que colecciona adentro.
La pared de afuera se descascara, no aguantará mucho más, paso mi mano y se desprende un pedazo de pintura seca, de reboque malo, lo tiro como una figurita, como si hiciera sapito en un río manso, vuela, pierde equilibrio y cae a la calle, al lado de las hojas secas, y voy y las piso, las destruyo, las hago hablar, las hago gritar, fuerte, hasta llevarme a las mismas hojas de todos los árboles que me dieron sombra, a las caminatas con mi mamá, a las peleas con mi hermana por ver quién pisaba más, quién hacía cantar más fuerte al otoño. Debajo de mi suela siento cómo se estrujan el presente de este barrio con el pasado de los otros.
El gusto por este lugar, el último sentido y el primero también.

viernes, julio 22, 2011

sábado, julio 09, 2011





Gracias Belgrano querido.


p.d: la fotografía es de IBana Maritano. Una mujer con sangre celeste. http://www.facebook.com/fotolica.anonima

jueves, junio 23, 2011

historia, hacete un lado

¿cómo hacer para no caer en un lugar común? ¿Cómo hacer para escribir algo que no haya sido dicho hasta el hartazgo? El primer problema (que es a la vez lo más lindo) es que todo el mundo habló, habla y hablará de esto. Los medios de comunicación están tirando paladas de pólvora sobre un fuego amenazante. A ellos no les daremos importancia porque la trascendencia de este momento la da la gente, en la calle. Todos tienen algo para decir aunque sea repetir lo escuchado. La literatura está viva.
Estas palabras se publican aquí sin la menor previsión. Traduciendo: no sé qué mierda vendrá después de esta palabra, peor aun, después del siguiente punto y seguido.
Toda la semana vino cargada y el día del partido la ansiedad desbordaba todos mis diques. El asado a las seis de la tarde, la jarra de fernet, las charlas con los amigos ayudaron a despejar la cabeza por un rato y, al mismo tiempo, a acelerar ese dínamo de fútbol que tenemos adentro.
En la cancha pasaron cosas raras. La primera fue haber ganado. La gente en la previa vaticinaba una obra de títeres, un cuento de niño con final por todos conocido. Grondona, Passarella, o cualquier otra persona de poder, manejaría con sus dos manos y sus diez dedos, el desarrollo del partido. Desde arriba jugaría con los jugadores, con la gente que fue a la cancha y con los millones de televidentes. Nadie se imagina a River en la B. ¿Por qué? ¿Será que en este país ya pasó todo lo que tenía que pasar? ¿Será que se clausuró la historia entonces lo que es así ya lo es para siempre? ¿Los grandes grandes y los chicos chicos? Acostumbrados a una relación siempre injusta de la justicia todo el mundo pensaba: no importa lo que pase, a River lo salvan.
Anoche lo que pasó fue un partido de fútbol, tan sencillo como eso y tan poco imaginado como eso. Ganó Belgrano dos a cero (el análisis del juego es muy difícil de hacer)Y queda otro partido más en el que cualquiera de los dos puede ganar.
Hubo inexplicables alegrías anoche. Una de ellas fue ver a la gente de River apiñada en esa tribunita de mierda que tenemos, sin lugar para poner sus banderas, sin lugar para mostrar toda su grandeza, sin lugar para su "historia", en esos escalones tan poco correspondientes a lo que son y dicen ser. El equipito de mierda, el Belgrano de Córdoba, el de la canchita, el que les gritaba "se van para la B", sí, ese, les ganó dos a cero.
Ahora ya no importa lo que pase en Buenos Aires. De la misma manera en la que no importaba lo que sucediese anoche. Porque para nosotros esto era una fiesta. Porque hace unos meses estábamos últimos y ahora nos encontramos en la lucha y eso es lo que cuenta. Porque nadie daba dos monedas por nosotros y ahora están todos mirando en la billetera, tanteando los bolsillos.
Anoche, luego del brindis reglamentario con los amigos de tribuna, me fui a esperar el colectivo. En el medio me topé con cientos de hinchas que se iban a festejar al Patio Olmos. Allí me crucé con Sergio Cejas, fotógrafo de La Voz. Le dije: "loco, vos nos sacaste una foto hace unos meses en la tribuna. El titular era 'el peor de todos'. Mirá dónde estamos ahora".El tipo se acordó, se cagó de risa y me dio un abrazo. "Yo no escribo los titulares, pibe" Y se fue corriendo al cierre de la edición.
Ayer cerré los ojos deseando que el día no se terminara más...

viernes, junio 10, 2011

cosas encontradas, cosas inconclusas

Siempre que quiero contar algo, cuento una historia.
Aprendizaje inconsciente, quizás, de tanto chiste cordobés, de nudo larguísimo, de momentos altos en el medio y remate sin importancia. Porque el humor de Córdoba late en las pequeñas cosas, en la descripción de un apodo, en el ruido de un caño de escape, en el olor de un pedo, en los griteríos de un borracho (porque para nosotros, nosotros estamos siempre borrachos). Así nos vamos por las ramas, regamos todo y se forma un gran follaje y ya nadie necesita recordar el momento en que plantamos la semilla de la anécdota o del chiste. Y con tanto verde, con tanto hermoso árbol, el resto es decorado. Si podemos rematarlo, mejor, sino…

viernes, mayo 20, 2011

Garrafa

Acostumbrados a una vida de tiempos veloces, de poca pausa, de un olvido sistemático del estar para ser, siento que tengo que aprovechar cada momento distinto, la gambeta que conmueve a todos esquivando pilares de cemento.
El tipo se llamaba José Luis Sánchez. Dicho así, a secas, con el nombre y apellido que el Registro Civil guarda en sus archivos, en las partidas de nacimiento y defunción, el nombre no dice nada. José Sánchez es, así, un profesor de matemática en un secundario, un barrendero, un vendedor de artículos de limpieza o un cantor de peñas de algún pueblo pampeano. De esos hay miles. Pero éste José Sánchez jugaba al fútbol, y le decían “Garrafa”.
No soy un conocedor de su trayectoria. Apenas si recuerdo algunas de sus jugadas. Su aspecto físico, eso sí, era reconocible: pelado, retacón y de poca altura. Muchos pensaban que su apodo era la continuación de su facha, pero no, le decían así porque trabajó un tiempo vendiendo garrafas. Historias de un fútbol que vive, todavía, en las capas bajas de las divisionales.
El tipo tenía tatuajes de vida por todos lados; quizás adornaba su brazo con una cruz, o con alguna inscripción de rockero-motoquero, pero el más importante, el memorable, era el que tenía pintado en la espalda: el número 10. Y ese número, en este país, es cosa seria.
¿Por qué algunos jugadores quedan grabados en la memoria de tanta gente? No es sólo por la habilidad, por lo que sus piernas podían generar en una cancha, ni por los goles, y las gambetas. El jugador que nunca muere tiene algo más, que lo distingue del resto de los habilidosos de esta tierra. Hay sensaciones difíciles de analizar pero muy fáciles de sentir: Garrafa Sánchez era potrero. Era querido adentro y, especialmente, afuera de la cancha. Buena persona y buen compañero, mantenía un orden en la jerarquía de sus pasiones que iban en dirección contraria a lo normal en el ambiente del fútbol. Será por eso que el fútbol del ascenso era su lugar preferido. Lejos de los pastos bien cortados, de las líneas de cal, las mil cámaras y los análisis periodísticos, el Garrafa construyó su relación directa con la gente, sin intermediarios, sin micrófonos. Sus piernas, su pelada, el lenguaje de la cancha y los alambrados gastados.
José Luis Sánchez fue argentino al mango. Nunca se fue de los lugares que amaba, nunca dejó el abajo aun estando arriba. Dicen que se fue a probar a Ferro y no quedó. Luego arrancó jugando en el club del que era hincha: Laferrere. También pasó por El Porvenir y por Bella Vista, de Uruguay. Cuando había clasificado a la Copa Libertadores con el equipo uruguayo, Garrafa dejó el fútbol por ocho meses por la enfermedad y posterior muerte de su padre. Retornó al fútbol en Banfield. Allí consiguió el ascenso a primera división y brilló jugando ante los grandes del fútbol argentino. Pero el más grande era él, y en el 2005 a los 32 años decidió volver al barro, donde era feliz: fichó para Laferrere y completó el círculo que todo hincha desea con su ídolo.
Garrafa volvía a su club para devolver su magia a toda su gente, para dominar una pelota en esas canchas poceadas del ascenso porteño. Pero al tipo le gustaban las motos, la velocidad, las locuras. Así fue y así terminó. En la cuadra de su casa intentó hacer una de esas piruetas que hacía constantemente en todos los lugares de su vida. Esta vez no le salió y el resultado fue el peor de todos. No terminó en gol en contra, no se comió una puteada de tribuna, ni un reto paterno, no, la pagó con su vida. Perdió el control de su motocicleta y cayó directo al asfalto, sin casco.
Los testimonios de la gente que lo quiso son conmovedores. Todos sonríen, como hacía él; levantan los hombros, muestran los dientes con una mueca de felicidad en la que se lee un “bueno, así era él (así lo queríamos)”. Murió con la suya, la que hizo feliz a tantos.

“Muchas gracias, muchachos, por recordarme. Y bueno, aunque yo no esté presente ahí está mi bandera y eso me llena de orgullo”
José Luis “Garrafa” Sánchez. Zurdo, enganche, ídolo, argentino.

jueves, marzo 31, 2011

Hasta que la muerte

Funes se levanta, mira a la ventana.
Su compañero ceba un mate, se lo alcanza en silencio.
Toman. De a uno por vez.
Juntos.
El miedo era evidente, el salto parecía gigante y el precipicio los asustaba.
Funes devuelve el porongo y apenas cruza sus ojos con los de Fernández. El flaco lo recibe, hace una mueca de angustia y vuelve a cebar para él. Recuerda, con un sorbo corto, con una mirada perdida, los nerviosismos de las rupturas, de la ubicación por fuera de los lugares comunes:
- Cuando se enteren mis viejos –dice con desesperación Fernández.
- Tenés que decirles. Sos su hijo, si te quieren te van a entender –lo consolaba Funes.
No entendieron. Ni ellos ni tantos.
Apostaron juntos, hace muchos años, a una jugada difícil y poco ganadora en un tablero hostil. Vivieron el frenesí, la locura del amor, la real y única locura del amor. La ruleta giró sin parar para ellos.
- Hablame –suplica el Flaco a su compañero.
Funes no dice nada. Deja por un rato la falsa contemplación del paisaje de la ventana y lo mira. Sigue en su silencio y vuelve a la nada de la ventana.
Los minutos lastiman, la falta de palabras, la dificultad de tantos años, de todo lo dicho, lastima. El amor, a veces lastima.
- Dame otro –pide Funes.
- Tomá.
Fernández apoya su espalda en el sillón, resignado al silencio. Sabe que está a punto de llorar, pero no lo va a hacer; se está jurando, en sucesivos diálogos en su cabeza, que no va a derramar lágrima alguna, que esta vez no.
- ¿Para qué, decime vos, para qué querés…? –pregunta Funes en un arranque sorpresivo, como soltando un globo al aire.
El Flaco lo quema con su mirada y se levanta con violencia y lo agarra con ambas manos de los brazos:
- ¡Es ahora, Carlos, es ahora! ¡¿Cuántas veces hablamos esto, cuántas veces soñamos esto?!
Fernández lo sacudió con las palabras. Y siguió:
- No te digo que seamos los primeros, ni los segundos, pero esto es nuestro, Funes, es nuestro, somos vos y yo, vos y yo.
Funes empieza a quebrarse:
- Ya sé, ya sé –dice sollozando- Yo también quiero, Flaco, yo también… pero.
Fernández no deja que los miedos avancen y besa a su compañero.
Lloran.
Juntos.
Hasta que la muerte los separe.

viernes, febrero 11, 2011

Los años dorados

Dedicado al Drés.


Este país está hecho bosta. Si todo anduviera mejor, no te digo excelente, sólo un poco mejor, yo no tendría que hacer estas cosas que hago. No es que me disguste, no, no es eso; creo, inclusive, que ha sido un grato descubrimiento el de la escritura. Yo era un tipo común, un par de libros al año y ya. A veces una revista y el diario de los domingos. Pero cuando el negocio empezó a ir mal me encontré con mucho tiempo libre. Un amigo me recomendó un libro. Lo leí, me gustó y así empecé. Hasta encontré libros sobre mi rubro; muy interesantes la verdad. Y así fui leyendo hasta que un día me picó el bichito, me animé y me senté en la computadora a escribir. Cosas sencillas, cuentos, historias y esas cosas. Eso que odio las computadoras. No sé usarlas, no las entiendo y la Internet… la Internet es la culpable de tantas cosas. Las tecnologías nos cagaron la vida pibe. Por eso, a pesar de que me guste escribir, cambiaría todo por laburar como hace unos años. Las décadas de oro del cine. Arte puro, arte puro.
Toda esta zona estaba repleta de salas. Desde la Avenida Colón, hasta el río. Y desde General Paz hasta el Boulevard Perón, que en aquel entonces tenía otro nombre que ahora no recuerdo. Se había armado un grupo macanudo. Nos juntábamos los jueves a las siete, ocho de la tarde en el bar del Gallego, que quedaba acá a la vuelta. Ya no está más el bar. Una lástima. Cuando se murió el Gallego todo se fue a la mierda. Nos enteramos que no tenía hijos, y la mina con la que andaba, Sandra, se quedó en bolas. Convivieron unos diez años juntos, pero no había un solo papel firmado, nada. No había título de propiedad, recibos de sueldo, testamento ni hablar. Yo te estoy hablando de los ochentas. En aquel entonces las cosas eran distintas. Con los muchachos juntamos unos mangos, le conseguimos un abogado amigo para que la ayudara a pasar a su nombre el local del bar. Ahora se lo alquila a unos tipos que venden descartables, todo tipo de plásticos. Ella sigue viviendo en la piecita de arriba. Pobre. Después de eso la vimos muy poco a la Sandra.
Siento que la historia va toda pegada. Que las cosas empiezan a caerse todas juntas, como un dominó. Porque cuando se murió el Gallego nosotros estábamos bien, no te miento. El negocio funcionaba, habíamos pasado la etapa de los milicos, donde la mano se puso difícil, vivíamos una censura constante y gastábamos mucha guita pagando cometas. Algunos amigos se esfumaron, no se los vio más. Pero a pesar de eso pudimos seguir adelante. A mediados de los ochentas el negocio volvió a andar bien. Vino lo del Gallego, que nos pegó muy mal a toda la banda; lo lloramos, lo lamentamos, pero seguimos adelante. Cambiamos de bar y de día de juntada. Al poco tiempo, algunos dejaron de venir. No nos dimos cuenta, creeme, no nos dimos cuenta. Lo que fue una banda de más de quince personas terminó siendo cuatro o cinco. Uno piensa que somos todos amigos, pero con el tiempo te vas dando cuenta que solamente éramos compañeros de rubro, que no sabíamos casi nada de la vida del otro. Ojo, algunos de nosotros sí fuimos amigos. Al colorado Casas lo conozco hace una ponchada de años; conozco a la mujer y a los chicos, nos llamamos para los cumpleaños y esas cosas. Después están el Oso, el rulo Jiménez, el Polo. De ese grupo, esos se convirtieron en amigos. Me dieron una mano cuando la cosa se puso fea. Me prestaron guita y jamás, sentime, jamás me pidieron un centavo. Eso que en el ’89 la guita valía una cosa un día y al otro no era nada. No, si yo no te miento cuando te digo que este país no tiene remedio. Argentina es una mujer que te enamora, una mujer hermosa. A veces te abre la puerta, te la presta, te deja probar la miel y al año siguiente se esfuma, cambia de teléfono, de dirección y se te he visto no te conozco. Argentina es hija de puta. Pero la amo. Te darás cuenta que el uso de metáforas va siempre en una misma dirección. Y sí, son muchos años.
Uno de los primeros en abrir un cine, de animarse, fue el Gordo Salinas. Un hijo de españoles. Una leyenda en la ciudad y un manual en vida sobre cómo manejarse en el ambiente. Digamos que el Gordo Salinas inventó el ambiente en Córdoba. Abrir un cine condicionado en una ciudad tan católica, tan tradicional como es esta… Había que estar muy convencido y había que tener mucho coraje. No me acuerdo la verdad en qué año fue eso. Creo que… No, para qué te voy a mentir. Parece que el Gordo había visitado Estados Unidos y allá ya estaba muy de moda. Pero acá, nada. El cine porno, las películas, existen desde principio de siglo, eso lo saben todos. Y bueno, no conozco mucho los detalles, pero así fue como el Gordo Salinas abrió una puerta, corrió la cortinita, y empezó todo.
Yo entré al rubro de casualidad, como tantos otros. Había venido a la Córdoba a estudiar Medicina. En aquel entonces todos, o casi todos, los que venían a la Universidad tenían que trabajar, no es como ahora, ahora es más fácil. Entonces me puse a buscar laburo. Estuve unos meses en una zapatería, en el centro. Después probé repartiendo diarios: muy cansador y te pagaban muy poco. A finales de los sesentas, habrá sido en el ’69, sí, porque yo entré a laburar después del quilombo del cordobazo. Bueno, justo había dejado lo de los diarios y me salió una posibilidad de entrar a una de las automotrices que se estaban instalando en Córdoba. Hice la prueba y todo pero no me llamaban. Pasaban los días y nada. Y yo no tenía un mango. Deambulaba en lo de algunos conocidos de mi pueblo. Me daban de comer y nada más porque ninguno era millonario, todos laburantes. Un día caigo a la casa de Enrique, un chango que vivía a unas cuadras de la casa de mis viejos, que también había venido a estudiar a Córdoba. Me cuenta que había visto un cartel en un cine, necesitaban boletero para el turno de la noche. Yo pensé “bueno, agarro esto y cuando me salga lo de la fábrica lo dejo”. Resulta que era para un cine condicionado. No pagaban mal y el horario me venía bien para seguir estudiando. Acepté. De la fábrica nunca me llamaron, terminé dejando la carrera en tercer año y acá estoy.
Hice muchos conocidos, gente bien. Conocí muchas mujeres. En los ochentas, como te contaba, esto era increíble. Había más de 50 salas. Algunos tipos eran unos comerciantes; vieron la veta del negocio y se mandaron, y bueno, así terminaron. Se pensaban que esto era fácil, que vos ponías una película con un par de minas en bolas y ya estaba. Y no, esto es un arte, hermano. Nosotros, los que lo sentíamos así nos juntábamos siempre para darnos una mano, recomendarnos películas, pedir todos juntos las cintas así nos salía más barato; porque la mayoría de los rollos venían desde afuera, desde Estados Unidos. Entonces nos poníamos de acuerdo entre los muchachos y pedíamos una que nos interesara mucho y nos la íbamos prestando una semana cada uno. O sino, cuando se podía, se la dábamos a un tipo que nos hacía unas copias truchas. Eran de menor calidad pero cuando la mano se ponía fulera recurríamos a ese tipo de cosas.
Nunca me casé. Creo que mi estilo de vida no iba con el matrimonio. Al contrario de lo que muchos piensan la mayoría se calzó el anillo. En un mundo como este se habla mucho y se conoce poco. Se piensan que porque uno está en este rubro es un enfermo o un maniático del sexo. Dicen demasiadas cosas. Yo puedo poner las manos en el fuego por muchos de estos muchachos, toda gente de familia, gente bien. Lo que pasa es que acá son católicos los domingos a la mañana y los sábados a la noche tienen la cola más larga que el diablo. Y no hablo sólo de los hombres.
Estuve, eso sí, con muchas mujeres. Conviví con dos nomás. Norma, la primera, vivió conmigo los primeros años, a mediados de los setentas cuando pude juntar unos mangos y abrir mi propia sala. Estuvimos siete años y medio. Tuvimos un hijo, Manuel, y nos separamos. Ahora viven en Corrientes. Ella se casó un tipo de allá. A Manuel lo veo muy poco, las veces que viene a Córdoba de visita o cuando necesita plata, para eso sí. Un par de años después estuve con Alicia. Una piba que era más chica que yo. Empezó como secretaría, aunque hacía de todo, desde limpiar los baños hasta cobrar entradas. Anduvimos un tiempo juntos, me la llevé a vivir a mi departamento. Después la cosa se enfrió y nos separamos. No sé, creo que al final pesó mucho la diferencia de edad.
Cada vez que me siento a escribir termino hablando de tiempos pasados. No hay caso. Con Menem empezó la debacle. No fue el culpable directo, pero con eso del uno a uno empezaron a venir tipos de todos lados, con ideas nuevas y nos reventaron. Muchos se fundieron y se tuvieron que dedicar a otra cosa.
Y lo de la Internet fue el golpe de gracia. Por culpa de esa mierda perdimos muchísimos clientes. En Internet no hay arte, viejo. Acá nosotros te traemos lo mejor de lo mejor. Las mejores producciones de la industria. Gastamos un dineral. Cuando viene la gente y le cobrás quince pesos de entrada algunos te miran con cara de orto, otros pegan la vuelta y se van. Claro, pero para ver una película de Stallone pagan como veinticinco mangos en cualquiera de esos cines yanquis. Hoy por hoy cualquier pendejo se sienta en una máquina, aprende a usarla y a los quince minutos está bajando un video porno que subió otro pendejo en Noruega. ¡No hay control! Esa es una ventaja de los cines; hoy los pibes reciben influencias de todos lados y nadie lo puede controlar. No, si yo te digo, con este país…
Pero por suerte, a pesar de todo, sigo acá. La cartelera no será del mismo nivel que hace una década; ya no se pasan películas a sala llena y sólo abro desde las seis de la tarde hasta las cuatro de la mañana. Sin embargo no paso hambre, vivo bien e incluso me sobra un poquito de tiempo para escribir estas historias.
Creo que estoy en uno de esos años en los que Argentina me abre las piernas y me acepta como soy.

miércoles, enero 26, 2011

Convivencias





Camino
cuento las rayitas de las baldosas de casa
riego las plantas
apoyo los codos en la mesa
sostengo mi pera con ambas manos
alimento a los perros
miro por la ventana
veo la tele apagada
escribo
cuando tengo fuerzas me cocino
cuando no
me cocino
Es lo mismo que hago
cuando están ustedes
sólo que ahora
estoy solo.



domingo, enero 23, 2011

Poemita II

La vuelta de tuerca


Yo trabajo.

Transpiro, me canso.

Pero la inspiración

existe.

martes, enero 18, 2011

Poemita

Tuve una imagen de caballos sueltos
de ríos duros
de algunas libertades de viento.
Eran brazos abiertos al estallido de una red,
eran abrazos cerrados
eran corazones sueltos.

Tuve un sueño
y luego desperté.

sábado, enero 01, 2011

Comportamientos en lluvia


Al salir de casa me aferré al picaporte con fuerza, lo acaricié como lámpara mágica para que me diera respuestas. En la mano izquierda tenía el manojo de llaves. Lo hice girar un par de veces con mi dedo índice en una de las argollas. Dudé. Levanté los hombros, cerré y me fui.

Caminando por el barrio, auriculares en los oídos, las cuatro cuadras que me separan de la parada, el cielo celeste por un lado, más blanco por otro, más gris más allá. Córdoba arde y se podrían cocinar huevos fritos en el asfalto. En el colectivo hace unos 50 grados y se me pega la camisa al cuerpo.

Hay situaciones con las que (casi siempre) uno queda en off-side. Mal parado, por no saber cómo jugar, por no prestar atención, por simple boludo o vago. La misma sensación de elegir entre esta o la otra caja en el supermercado. Uno ya se la jugó y se va a aferrar a muerte. Parados, con cara de embole, vemos cómo, mágicamente, la cola de al lado empieza a avanzar y avanzar y avanzar y ese que tenía las cocas llegó después que yo y ya está pagando. Lo mismo con la decisión (generalmente económica) de optar por el colectivo y no por el taxi. Uno se sienta a ver el desfile de coches amarillos y de todas las otras líneas de bondis. Y yo a cinco metros de un paraguas, aferrado al picaporte, pensando en que no, qué va a llover justo hoy.

En el centro, con apenas la mitad de los trámites hechos, se larga la lluvia. Corro (no sé porqué, pero corro). Voy haciendo rayuela en las veredas rotísimas de la peatonal. Las viejas avanzan lentas con sus paraguas, esas potenciales armas punzantes que pegan a la altura de la cara. La gente pide bolsas y se las pone en la cabeza o haciendo pecheras, o guardan carteras, bolsos, el bulto importante que no se debe mojar. En los portales de los edificios se acodan como pueden, tratando de no pisarle la cola al perro, porque él llegó antes de la lluvia. Fuman, acurrucados. El clima les sirve para olvidarse de la ciudad por un rato y charlar entre desconocidos.

La ciudad llueve. El centro y la periferia, las mujeres y los hombres, los viejos y los niños, todos son regados por las mismas gotas. Todos iguales, todos mojados. Hay un par de nenes corren desesperados y sonrientes y una madre grita, grita y grita, que esperen, no se mojen, esperen o sino… Un caminador sereno resalta entre tanto trote. Ahí va el tipo, sin ninguna protección, caminando lentamente, dejando que la lluvia lo moje todo. Es la imagen de la libertad. Un pibe con uniforme de colegio abre su paraguas y le dice a la chica que le gusta vení, no te mojes, compartamos. La piba duda un segundo, alimenta el ruego y va. Antes que los pierda de vista alcanzo a ver que ella pasa su brazo por la espalda y lo abraza. No lo veo, pero seguro que ese pibe ya está sonriendo. Unas viejas tardan media hora en subirse a un remis. Les cuesta meterse sin mandar la pata al charco; el colectivo que viene atrás, siempre comprensivo, empieza a tocar bocinazos. Dele doña que se me moja el tapizado. Salen vendedores de paraguas por cualquier lado; juntan la moneda, paran la olla, quizás así el año nuevo les arranque mejor.

Córdoba y su gente bailan, como las gotas con el viento.

Corro el colectivo y me subo. Adentro es un sauna. Algunos vamos mojados otros secos. Empiezo a alejarme del centro y queda claro que Córdoba es una ciudad parejita: todo se inunda. Pero los barrios un poco más.

Me acerco al colectivero, me burlo del “prohibido hablar –distraer- al chofer”. El bólido atraviesa el río generando olas gigantes. El año pasado llegaba hasta acá, le digo al guaso y me señalo las rodillas. El tipo me contesta algo de la falta de desagües.

Me bajo del colectivo, cruzo el río con el agua arriba de los tobillos. Finalmente llego a casa, a salvo.

La imagen se completa conmigo fumando un cigarro, calentando la garganta con el humo del tabaco, sentado en la ventana enorme, viendo el transcurrir del agua por las calles. Pero como no fumo mi ideal se queda en esa imagen de cine, con un actor que no soy yo. Me quedan, eso sí, las palabras y las lluvias que vendrán.