martes, octubre 25, 2011

Mis propias elecciones

Nota que NO fue publicada en el Diario Alfil por ser "muy autoreferencial". Espero que mis palabras jamás dejen de ser "muy autoreferenciales". Acá la comparto. Abrazo!




“A vos te encantaría ir a votar”, me había dicho Paco en las Primarias pasadas. Es verdad. El es mi amigo, sabe cómo soy, conoce las cosas que me gustan, las pequeñas cosas que yo me encargo de hacer grandes.
Jamás en mis casi tres décadas de existencia he ido a votar. Los destinos paternos quisieron que yo naciera en un lugar tan lejos y tan distinto a Córdoba: Toronto, Canadá. Mi documento de identidad es morado (o bordó), el número empieza con 92 y la foto no está ni en la primera ni en la segunda página, está en la tercera. “Hola don, sáqueme una fotocopia de las TRES primeras páginas del Dni, por favor”. En la primaria todos me conocían pero siempre había alguno que me preguntaba cosas que no sabía o que jamás me había preguntado como si sabía hablar en canadiense, o si me acordaba de algo, o si tenía amigos allá, o si se desataba una guerra y me llamaban tenía que ir. Después, pasaba de grado y alguna señorita gritaba con tono aleccionador “¿quién se hizo el gracioso y puso el número de documento 92.541.248?”. Y de vuelta explicar el mismo versito: yo señorita, fui yo, lo que pasa es que nací en Canadá. Mis papás se fueron a vivir ahí en el ’77 y estuvieron seis años, hasta el ’83. Nació mi hermana (que sí se acuerda de algunas cosas) y nací yo, el 13 de junio del ’82. Llegué al país con un año y medio de edad. No me acuerdo de nada, no sé hablar en nada, no entiendo nada, señorita.
En el secundario lo mismo y en la facultad parecido. Haber nacido en otro país es un poco más y un poco menos que una anécdota. Yo me siento más cordobés que el vino con Prity y el choripán a la salida del Abasto, pero mi Dni dice otra cosa. Si jamás saqué la nacionalidad argentina (el documento verde) fue porque jamás arreglé el cuerito de la canilla del baño, o la humedad en la pieza, o bañé a los perros. Siempre ocupó un lugar despreocupado, junto con el resto de los deberes que nunca hice en mi vida.
Pero es raro. Nunca fui a votar. Tengo un recuerdo muy liviano de mi infancia en el que (creo) acompañé a mi viejo a la escuela donde antes votaban los varones. No sé nada de sufragios, de bocas de urnas, de presidentes de mesa, primer suplente, segundo suplente.
Todos los domingos vuelvo al barrio. Hace cinco años que me fui pero mis viejos siguen allí. Aprovecho para comer bien, recibir los mimos maternos, ver todos los partidos de fútbol habidos y por haber y tomar mate de mi viejo matecito de madera. Ayer, con todo esto en mi cabeza, decidí cortar mi virginidad, agarré mi libreta, una lapicera y me fui a la Escuela que me vio crecer, la Leopoldo Lugones.
Hacía casi 20 años que no entraba al “cole”. Ahí estaba el primer patio donde bailé en todos los actos de fin de año para que me pusieran un excelente en música y en cualquier otra materia. Los baños, el color de las puertas, la altura de los techos, la columna donde contábamos hasta veinte cuando jugábamos a la escondida en los recreos. En el segundo patio ya no estaban los aros de básquet que había donado el papá de Juanca, ahora hay otros, más nuevos, pintados y todo. Las dimensiones de mi niñez cambian asombrosamente. Siempre pasa, los recuerdos son así, pero no puedo impedir la emoción.
Deambulo por la escuela y me siento un sospechoso, tengo la sensación de que va a venir un cana y me va a decir “usted no tiene que estar acá, váyase”. Me cruzo con gente conocida, vecinos. Me preguntan si ya voté, les recuerdo mi vida y me dicen “ah, cierto”. Les explico lo que estoy haciendo, lo que quiero hacer, lo que estoy sintiendo. Ellos miran el colegio, asienten, pero no les significa una novedad. Reconozco algunas caras en las mesas, otros me miran y levantan una mano con una sonrisa, les devuelvo el saludo aunque no sepa quiénes son. Me quedo un rato largo paseando pero no me puedo sacar la sensación de saberme fuera de lugar. Otro vecino me ve salir y se ofrece llevarme a casa. Le digo que no, que voy a quedarme a dar una vuelta.
Es verdad, me encantaría votar. Para mucha gente es un trámite aburrido y engorroso que les roba tiempo al domingo. Yo, que lo vi siempre desde afuera, quisiera sentirlo alguna vez. Es que los días de elecciones se generan cosas distintas en las rutinas. Es difícil de explicar pero sucede lo mismo con esos grandes acontecimientos como los censos, los partidos del mundial, la navidad y el año nuevo. Es volver a reencontarte con miles de caras y verte en cada una de ellas. Es ver el tiempo detenido.
Esta es una columna de deportes. Generalmente, los fines de semana el deporte explota y sirve de alimento a las palabras de los lunes. En Argentina se paró la pelota y lo más importante fue que Messi erró un penal y el Barsa no ganó. Él nació acá y vive allá hace mucho. Me pregunto si habrá votado alguna vez…
Hasta la próxima. Abrazo de victoria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué texto tan gigante...Hermoso, enorme.

Sil.

la vito y el tincho dijo...

No te perdes de nada. Hay cosas mas chiquitas y mas emocionantes como el color del brocoli cuando apenas lo pones a hervir.
Que buenas las notas del diario, gringo, sos un groso.