lunes, junio 23, 2014

Diario Mundial: día de 10.

Viernes: rumbo a Belo Horizonte.

El viernes nos encontró con una tenue llovizna, desarmando el campamento y tratando de cargar todos los bultos para llevarlos a lo de Guada y Lisandro. Dejamos el camping Caballo de Mar y a sus inquilinos: un montón de hippies que se la dan de no sé qué. En Paraty, todos los argentinos son cocineros, fotógrafos, expertos en coctelería y amantes de lo mísitico. Me pregunto que sería de nuestro país si todos los cocineros calificados volvieran a su patria (?) Leslie y Vale, dos hermanas que planificaron un viaje por Latinoamérica para vender su arte de Macramé. Decían que querían seguir viaje porque no les gustaba la cultura de Brasil y porque no estaban pudiendo hacer dinero como planeaban. Leslie le decía “medicinas naturales” (o aborígenes, no recuerdo) a las drogas alucinógenas como la ayahuasca o el san pedro. Las cosas por su nombre, Leslie, al pan pan y al vino Pritty. El único honesto en ese camping era Nicolás, alias Mar del Plata. El pibe la tenía clara: “a mi me chupa todo un huevo”. Tiene 20 años, quiere pasarla bien, drogarse y emborracharse en un paisaje paradisíaco. Para eso carga cajones de cerveza por un par de mangos y algo de comida en el bolsillo. Chau Caballito de Mar.
Salimos a la ruta cerca del mediodía. Camiseta de Belgrano para mí, chomba de Instituto para Fino. Vamos a hacer dedo hasta no sé dónde para tratar de llegar a Belo Horizonte. Faltan 24 horas para el partido. No tenemos mapa, no entendemos una mierda lo que nos hablan, pero la selección nos necesita. Los 40 millones nos necesitan. Cargamos una mochilita con un par de ojotas, dos botellas de fernet, repelente contra mosquitos y un jarrito de metal. Vamos bien preparados.

                                                     Con esa cara no te va a alzar nadie

Pasan los minutos y no pasa nada. Especulamos con un tráfico de patentes argentinas, con guasos de espíritu aventurero como nosotros que al ver nuestro pecho patrio nos van a alzar y llevar hasta Belo Horizonte, que van a parar a comprar coca para tomar unos fernandos. Corren, corren los minutos, dice La Mona, y la muerte se aproxima.
Siempre se inicia una suerte de competencia por ver quién consigue hacer dedo y ser alzado. Mientras Finito llenaba el ProDe, yo levanté mi pulgar con la misma convicción con la que Marcos Rojo tiró esa rabona hacia adentro del área, como mandan las fotocopias de los manuales, para despejar contra Bosnia. Y ahí vino, después de casi una hora, nuestro primer golpe de suerte. En una camionetita de esas bien chiquititas, tipo heladerita con ruedas, venía el bueno de Serginho. Un gordo bien piola. “¡Vamos para Angra dos Reis, o para Río de Janeiro para tratar de ir a Belo Horizonte!”, le dijimos. Él balbuceó algo en portugués. No entendimos nada, pero nos subimos.
                                            Adelante, en una de éstas viajamos un trecho del viaje

Apretadísimos, incómodos pero contentos como perro con dos colas, así estábamos. No podíamos parar de sonreír. Estábamos iniciando un recorrido del que no había vuelta atrás. “Serginho, Flores”, vende flores, claro. Es de San Pablo y vende en toda esa área costera. O por lo menos eso le entendimos. En ese momento estaban jugando Italia contra Costa Rica y le pregunté si podíamos escuchar el partido. La radio era una de esas viejas, con el dial manual, de las que da la sensación de que nunca se puede agarrar nada salvo Cadena 3. A todo volumen fue buscando algo parecido a un relato pero no había caso, estábamos en el medio de las montañas, con selva a los costados, atravesando un camino sinuoso hermoso. Fuimos escuchando durante media hora una fritura fuertísima. Ni nosotros, por respeto o por vergüenza, le pedimos bajar el volumen, y ni él, por respeto o por vergüenza, lo bajó. Cada tanto agarraba y escuchábamos algún pedazo de canción. Ahí, sentados tres donde apenas cabían dos, con la pierna izquierda completamente dormida y un ruido ensordecedor saliendo de los parlantes, me sentí feliz.

                                                    Piolaso el Gordo Casero

Serginho nos dijo “acá llego yo”. Le agradecimos y nos bajamos en algún pueblo de impronunciable nombre. Cuando me bajé casi me caigo porque no sentía la pierna. Como dos soldados en guerra, apoyé el peso de mi cuerpo en el hombro de mi amigo. Caminamos diez metros, me di vuelta y alcé el pulgar al aire. Y ahí, cuando no había pasado ni un minuto, frenó un autaso, nuevito, facheraso. “Vamooooo”, grité yo y corrimos como pudimos hacia nuestro nuevo golpe de suerte. Se abrieron las puertas y apareció Fernanda. Una brasilera hermosa que con una sonrisa nos dijo “suban”.
Lo que pasó en las siguientes 4 horas es difícil de contar. Son las limitaciones de mis palabras y del lenguaje en sí, para dar cuenta de sensaciones imposibles de traducir con su justa medida.
Fernanda es médica y bailarina. ¿De qué tipo?, pregunta Finito. Contemporánea. Vaya uno a saber qué es eso. No se puede creer lo piola que es esta mujer. ¿Por qué alzó de la ruta a estos dos crotos con camiseta de Belgrano e Instituto, con pantalones cortos y zapatillas con medias? Sí, zapatillas con medias. Nos habla todo el tiempo y va venciendo nuestra vergüenza de no saber qué decir o cómo decirlo. Por primera vez sentimos que podemos comunicarnos con alguien fluidamente, sin sentirnos unos idiotas por hablar con señas. Ella nos entiende y se hace entender. Nos pregunta qué hacemos, en qué trabajamos, qué nos gusta, de dónde somos. Yo voy sentado adelante y rápidamente comienzo a venderle a ella un Finito hermoso e inigualable. Él es así, sólo que nunca le gustó ese juego de la oferta y la demanda. Le cuento que es poeta, que hace serigrafía, que tiene una cooperativa. Oh, me encanta la serigrafía, dice ella. Me encanta la poesía, dice luego. ¿No me decís alguna?, pregunta. Luego de una rápida y refleja negativa, Finito le recita:

El agradecido soy yo
porque di porque tuve
porque puedo ser de nuevo
Memorizo con una importancia nacional
y escribo en serio de cosas escapadas
traigo conmigo
y a la luz de los hechos
quisiera reecontrarlas

A ver si se entiende
soy un coso que anota
e ignoro de donde estaremos regresados
cuando saquemos cuentas desnudamente
y pongamos en común ciertos estilos
de amar
mudar
dar quebrante.

Aplausos. Hermoso. Finito le recitó un poema y le hubiera recitado el prólogo de la Constitución Nacional si ella se lo pedía. Íbamos con rumbo a no sé dónde, con destino a Belo Horizonte.
A bordo de ese auto tuvimos la sensación compartida desde el sentir y sin decirlo, de que estábamos haciendo un viaje adentro de un viaje. Ella era de oriunda de Belo Horizonte y nos dijo que iba para un lugar que nos convenía para llegar a nuestro destino. Le dijimos que sí a todo, como apostadores sin retorno. El camino es hermoso, dijo, y hacia allá fuimos.
Empezamos a subir, aun más. El paisaje comenzó a venírsenos encima, la postal nos inundaba los ojos. No podíamos creer que estuviéramos ahí, en ese auto, con una persona así, viviendo lo que estábamos viviendo. Cada tanto nos acordábamos de que mañana jugaba Argentina.
Selva, árboles, montañas, animales, túneles, mil tonalidades de verde, los ojos se nos embellecían, la cabeza entraba en una hermosa calma. Íbamos como en una cápsula y adentro sonaba Bob Dylan. De repente ella sugirió hacer una parada técnica y ya no podíamos entender cómo podía ser que todo fuera tan perfecto. Anduvimos un rato y frenamos al costado de la ruta. Ella dijo que acá no, que mejor por acá. De repente nos estábamos metiendo en un camino de tierra, desolado. En ese momento sentí que si ella nos decía “bueno, muchachos, yo ahora les voy a meter un tiro en la espalda y luego robar sus pertenencias”, nosotros le hubiéramos dicho “apuntanos acá, así no salta tanta sangre”. Estábamos completamente entregados a un momento, a una persona.
Nos sentamos los tres en un puente de una via de tren abandonada. Estábamos a mil metros de altura sobre el nivel de nuestras expectativas.
                                               Fernanda, el Finito y un paisaje maomeno

Volvimos a la ruta, anduvimos por lugares que a nuestros ojos les costaba traducir lo que veían. La música de The Doors nos envolvió nuevamente durante una hora. Tanto fue así que en una curva cerrada y en subida, tuvo que clavar los frenos luego de un mal cálculo de la situación. Llamado de atención, aliento para que no se sintiera mal y seguir.
Luego, en algún momento, después de dos horas metidos en esa cápsula, entramos a una ciudad, así, de la nada. Nos llevó a la Rodoviaria (terminal de ómnibus), hizo de intérprete. No había pasajes a Belo Horizonte, nos sacó dos para Juiz do Afora. “Ahí van a conseguir después para Belo Horizonte”. Sí a todo. Después nos dijo que fuéramos a comer algo. Cierto, comer. Eran las 5 de la tarde y no le habíamos metido ningún argumento a nuestros estómagos desde la mañana. ¿Quieren un café? Sí. ¿Quieren algo para comer? Sí. No sé cómo pero terminamos comiendo Cachorro Quenchi, una especie de pancho riquísimo, con café con leche. Nada que ver. Le seguíamos diciendo que sí a todo, sin entender una mierda las consecuencias de nuestras afirmaciones. El colmo fue que se ofreció a pagar. Fino tuvo que imponerse para no permitir semejante cosa.

Finalmente nos dijo que nos iba a conseguir lugar en lo de unos amigos para hacer noche en Belo Horizonte. Ya era demasiado. En la terminal nos despedimos, un abrazo, suerte, nos vemos. La vimos irse, nos miramos y recién ahí pudimos empezar a entender y a charlar todo lo que había pasado. Era viernes. Es lunes, y todavía no entendemos. 

3 comentarios:

Dai García Cueto dijo...

que leeeendoooos!

Ana Müller dijo...

que grandes las fernandas de las rutas!

Ana Müller dijo...

que grandes las fernandas de las rutas!