lunes, junio 23, 2014

Diario Mundial: días 6, 7, 8 (epaaaa!!!, no, mentira ya no sé qué días vamos) Sábado, domingo y lunes.

Sábado.

El colectivo nos depositó en Juiz da Afora (o algo así) llegamos a la noche. El bondi hacia nuestro destino salía a las 6 de la mañana e hicimos noche una especie de Hotel/telo llamado Pepita.
Llegamos a Belo Horizonte a las 10:30 de la mañana. Nos cruzamos con un par de argentinos muy pelotudos, esa sería una constante durante todo el viaje.
Con Serginho y Fernanda ya íbamos 2 goles arriba. Ahora faltaba que Argentina hiciera el resto. Pusimos nuestras blancas piernas en Belo Horizonte. La ciudad nos pareció muy bonita y más real. Es diferente el Brasil costero al Brasil más profundo. Notamos qué éramos muy locales pero muy visitantes. Por primera vez nos bardeaban, nos hacían sentir que estábamos realmente en su casa. Nos tomamos el metro con destino al Fun Fest. Nos imaginábamos un lugar abierto, alegre y sin restricciones como el que vivimos en Copacabana. Fue todo lo contrario. Avanzamos hacia la entrada y notamos que nuevamente había controles y muy estrictos. Y nuevamente, nuestras caras de boludos y nuestra viveza nos hizo sortearlos. No sé cómo pero entré no una sino dos botellas de fernet. Era tan ridículo el control que hasta nos requisaron, nos palparon (que no se malinterprete, eh?) Tres a cero para nosotros.
                                                Fun Fest, antes que nos invitaran a irnos

Finito perdió el jarrito de metal en el control pero ingresamos. El lugar era una mierda. Faltaba una hora para el partido y en el lugar había como mil policías, guardias de seguridad y militares, y adentro había no más de doscientas personas. Era una especie de complejo Feriar, cerrado. Había stands de Coca Cola, de Sony, de Brahma, de Telefonía móvil, juegos de diversión, promotoras, un ambiente de lo más pelotudo y que no era lo que queríamos para ver un partido de Argentina. Antes de tomar la decisión de irnos o quedarnos, compré una coca y me metí en el baño a preparar un fernet que haría las veces de desayuno.
Dos minutos después, contento, llamé a mi madre para contarle lo feliz que estábamos por haber llegado a destino y por haber podido pasar un fernet. Mientras hablaba dos monos gigantes nos dijeron “abran las mochilas”. “Un momentito por favor”, dije levantando el dedito. “Chau, ma, nos vemos, saludos a todos”. Abrí la mochila y volví a apelar a mi cara de boludo, saqué todo, el estuche de la cámara, las ojotas, el repelente para mosquitos. “El otro bolsillo”, dijo el gigante. Cagamos. “Ah, perdón, no sabíamos que no se podía entrar con dos botellas de fernet”. En ese momento pensé que los patovicas nos iban a retorcer el brazo, moler a golpes, atar a una cama, picaneranos, decirnos en su extraño idioma “¡decime quién te manda, decime quién te manda!” Pero no. Por suerte nuestras caras de salames sirvieron. Nos propusieron ir a guardar las botellas al auto y volver, que no nos fuéramos, que estaba todo bien pero no se podía ingresar con eso”. Los huevos fueron descendiendo nuevamente a su lugar de origen, agradecimos, y nos fuimos. ¿Y ahora qué? Estamos en una ciudad que no conocemos, en una calle cualquiera, no entendemos un ocote y faltan 30 minutos para el partido. Parada estratégica en el puente para redefinir los planes. O nos vamos para el Mineiraõ para verlo en algún lugar cerca o nos vamos a no sé dónde. Un viejo nos sugirió que fuéramos a Savassi, el barrio donde viven los chetos universitarios, la burbuja donde la policía permite que el ciudadano bien pueda tomar alcohol en la calle, echar moco, hacer de las suyas. Clásico. Estábamos en Nueva Córdoba.
Ya era la una. Escuchamos el himno. El pecho se infló y corrimos hacia la música de todas nuestras edades. Cincuenta argentinos y brasileros y brasileras con la camiseta argentina tarareaban la música de un hermoso himno al que nunca le cantamos sus estrofas. Argentina alienta hasta a al himno. Eso dice cosas. ¿Será que a veces no escuchamos pero alentamos, hinchamos e inflamos algo por puro sentir? Me siento orgulloso de eso.
Vimos el partido con los chetos argentinos y brasileros. Había un bombo con redoblante. Le cantamos las canciones de nuestro renovado cancionero de selección a una pantalla de tv. Esta es la banda loca de la Argentina / la que de las Malvinas nunca se olvida / la que da la vida por los colores / la que le pide huevo a los jugadores / para ser campeones. Gracias a dios que renovamos nuestro aliento. El vamos, vamos Argentina y lo de la hinchada quilombera necesitaba un descanso.
                  Copando las calles de Savassi. De fondo, una publicidad con la cara de Nico Fassi.

No sé qué habrán dicho los Niembros, los Vignolos, los Latorres o los Apos (¡por D10s, Apo!) pero desde acá se vio lo mismo que desde allá: no jugamos bien. Irán metió jugadores, habitantes, terroristas, torres de petróleo, barricadas y armas químicas y de destrucción masiva en su área. No pudimos entrar. Las jugadas de peligro eran muy esforzadas o de pelota parada. Creo que Sabella hizo bien en sacar a Higuaín y Agüero. Generaron poco y no se movieron. Palacio y Lavezzi, en los pocos minutos en cancha, le dieron algo de refresco a la delantera. Golazo de Messi. Ganamos de pedo ¡pero qué lindo que es ganar sobre la hora! ¡Y en Brasil! Se gritó como nunca. En las calles y en el estadio. Tomen manga de putos. Se le gritaba a Brasil, en tu cara y en tus canchas. Creo que al equipo le falta alguien que pegue dos gritos adentro de la cancha. Me gustaría que lo hiciera Messi, no por la comparación con el Diego, porque el Diego es único, sino porque tiene la 10 en la espalda y porque es el capitán. Pero que alguien grite, por favor, Mascherano, Fernández, Romero o Marcos Rojo, pero que alguien haga reaccionar al equipo cuando juega como flogger.
El gol de Messi sería lo último bueno que nos pasaría de allí en adelante. Todo lo que seguiría iría en una curva descendente.
¿Y ahora qué mierda hacemos? No existen los locutorios y es muy difícil encontrar un cyber. Deambulamos por una hora esperando no sé qué. Fantaseamos con encontrar a algún argentino que nos llevara hasta Río, hacer noche en la playa y a la mañana volver a nuestra segunda casa. En un momento, con un dolor de cabeza y cuerpo horrible, cansados del trajín de mudar todos nuestros bolsos a pata, por subidas y bajadas, durmiendo para la mierda en los colectivos, nos sentamos en el cordón de la vereda como 20 minutos, casi sin pronunciar palabra. Decidimos ir a la terminal. Eso tampoco era tan sencillo. No es fácil comunicarte con la gente, por lo menos para nosotros. Una mina nos ayudó, se subió al bondi y nos hizo entender que ella iba para la Rodoviaria. Mortal. Viaje en bondi. La terminal estaba repleta de argentinos, tirados, durmiendo en cualquier lado, borrachos, hechos mierda, como nosotros. Sí, claro, hay pasaje para Río, sale a la una menos cuarto de la mañana. Son las seis de la tarde.
“¡¿A dónde están a dónde están, todos esos putos que alentaban por Irán?!” retumbó en toda la Terminal de bondis. Vimos el final del partido de Alemania con Gahna. Le dimos una mísera hamburguesa a nuestros cuerpos como para no desmayarnos y tratar de remontar el dolor de cabeza. Tipo 7, al no poder encontrar lugar para ver Nigeria-Bosnia, nos tiramos en el piso y dormimos más de cuatro horas. Parecíamos aquellos jóvenes de pelo largo en los primeros Cosquín Rock. Aquellas jornadas en las que le presté al Maxi $17 para su entrada; hoy estamos hablando, al cambio actual, no quiero exagerar, de unos 14 mil pesos. Sé que nunca cobraré aquella deuda.

El colectivo salió una hora más tarde, casi a las 2 de la mañana. Seguíamos en un tobogán sin final.

Domingo: volver a casa (Pity Álvarez)

Volvimos con un montón de argentinos en el colectivo. Los porteños siguen siendo igual de pelotudos que siempre.
Fuimos a la ventanilla de Costa Verde, la empresa que nos traería a Paraty. La negra nos miró y nos dijo que había bondi a las 9:30. Espectacular. Parecía que las cosas empezaban a mejorar. Eran las 8:30 y por primera vez podíamos meter un colectivo que nos calzara justo. “Si le mete pata capaz que llegamos a ver Bélgica-Rusia”, especulé.
Encontramos el único locutorio existente en Brasil y pude hablar con mi vieja y con la Alichu. Finito lo mismo. Bueno, vamos yendo a la plataforma. Eran las 9:15. Nos sentamos, esperamos. Se me ocurrió mirar el pasaje: tenía el numerito 9 impreso. No puede ser. Fuimos, preguntamos. “Noivi en punto” decía la mina. Se fue el bondi. Bueno, ubicame en el que sigue. “Noivi en puncho”, repetía. La puta madre. Ponele que no te entendí, pero tengo un pasaje que no usé, poneme en el que sigue. No, que no se puede, que el sistema no sé qué. La puta madre que te parió. Fui al mostrador de informaciones a quejarme, después al de la comisión de transporte de la concha de la lora. Todos se lavaron las manos. Tuvimos que pagar otro pasaje. No podía ser que algo nos saliera bien. El gol de Messi iba quedando cada vez más lejos.
Es increíble cómo el cuerpo se va acomodando a la situación. Cosas básicas como comer, cagar o mear pueden suspenderse mucho más tiempo del que uno cree. Ni qué hablar de bañarse o lavarse los dientes. Nos hubiera consolado sacarnos ese aliento horrible que cargábamos.
Cerca de las 2 de la tarde, heridos y maltrechos llegamos a Paraty. Fuimos a lo de Guada y Lisandro. “Vamos por acá”, dije. Nos confundimos de calle. Uff. Llegamos y, claro, no estaban. Volvimos al camping, ya nada podía seguir empeorando.
Nos cambiamos al camping de Ronaldo y su esposa. Inmediatamente nos trataron como reyes, nos ofrecieron café, y nos sentamos a ver Argelia-Corea del Sur en una pantalla hermosa.
Al terminar el partido encaramos hacia lo de Guada a buscar las cosas. Ronaldo corrió y nos preguntó si no queríamos ir en auto, que él nos llevaba. Qué maestro, Ronaldo. En eso, bocina, Guada con nuestros bolsos. Todo empezaba a mejorar. La curva se modificaba.
Hoy es lunes. Estamos donde queremos estar. Pudimos descansar, cocinar los fideos más ricos del mundo, tomar un vacito de fernet. Nos tratan ya demasiado bien. Escribo estas líneas entre árboles hermosos, insectos, pájaros y algún que otro monito que pasa entre las ramas. Todo vuelve a ser perfecto.
El sábado, con todo el cansancio a cuestas, Alichu me preguntaba via chat si estábamos contentos, porque me notaba mal. Y yo le respondí que había momentos en los que nos sentíamos inexplicablemente felices, como cuando la radio de Serginho nos aturdía, como cuando Fernanda nos llevó por un paisaje mágico, como el abrazo que nos dimos con el gol de Messi, como la sensación placentera de nuestras espaldas cuando nos pudimos acostar en un lugar cómodo, como estar acá, soñando con ser campeones, viviendo lo que soñé cuando era chico y leía mi librito de tapas amarillas, imaginando lo que sería estar en un Mundial. Somos felices de hacer lo que hacemos. Sí, negrita, soy feliz de poder compartir lo que vivimos. Vivimos un sueño y soñamos que vivimos.
Hasta la próxima. 

1 comentario:

Verónica Andrea dijo...

(14 mil pesos Gringo!!???!!??? ajajajjaaaaaaa!) va mi abrazo difónico desde el sábado, a los más felices de todos nosotros!